Capítulo VIII.En la guarida

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Lo primero que tenía pensado hacer era buscar a David pues no conocía a nadie más. Segundo comer algo para saciar los rugidos de mi estómago y por último y no menos importante preguntar sobre las rutas que debería seguir para ir hacia Madrid.

Sin Carlos iba a ser muy difícil.

Sólo había conducido en mi vida dos veces el coche de mi madre y no tenía muy buenos recuerdos que digamos. Sumémosle que no tenía ni idea de como llegar a Madrid y no podría fiarme de la señalización pues con todo este caos no era seguro ni que siguieran las señales debidamente colocadas.

Por supuesto lo que más daba vueltas en mi cabeza era que iba a estar sin Carlos.

Sólo había pasado una semana desde que nos conocimos y ya formaba parte de mi día a día, aunque no quisiera entrar más en detalles ni pensar demasiado en el tema, tenía bien claro que mis sentimientos hacia Carlos no eran como los que pudiera tener con un amigo.

Lo bueno de todo es que sabría que él se quedaría a salvo y no estaría solo. Aunque no estuviera conmigo.

Mientras pensaba en todo iba andando por un largo pasillo con varias puertas que imaginé que serían las habitaciones. Una vez que salí del pasillo llegué a un enorme salón, lleno de mesas y gente hablando, o por lo menos eso estaban haciendo antes de que se dieran cuenta de mi presencia. 

Las conversaciones se paralizaron y en menos de un segundo todos me estaban observando descaradamente.

Había gente de todas las edades o eso parecía a simple vista. Algunos chicos jovenes de unos diecisiete años me analizaban más detenidamente. Menos mal que no pasó demasiado tiempo hasta que David vino a mi busca pues empezaba a sentirme algo incómoda.

—Ey, Laura. Ven sígueme —me dijo David agarrándome suavemente del codo y dirigiéndome hacia delante.

Pasamos el comedor de largo y entramos por un hueco que daba a la cocina.

—Sírvete tu misma —me dijo con total confianza.

—Guau, cuanta comida —comenté mientras observaba los grandes armarios que se hallaban en la cocina, repletos de comida de todo tipo. Lo que más me llamó la atención fue la barra americana, toda llena de bollería industrial empaquetada, tostadas, mermelada, etc.

Parecía todo una especie de buffet de hotel aun que en este caso la comida se encontraba envasada y no era tan apetitoso. Aun siendo así no pude evitar emocionarme.

—¿De dónde habéis sacado todo? —pregunté con curiosidad por lo bien preparado que estaban en todos los sentidos. Mi estómago en cambio no estaba de acuerdo con que hiciera preguntas en ese preciso instante y alargara más el momento hasta que pudiera ingerir algún alimento.

—Bueno, hemos saqueado bastantes casas, nadie lo iba a reclamar igualmente —me contestó finalizando con un guiño de ojo.

Cogí un par de paquetes con pequeñas napolitanas de chocolate, otro envase con un par de magdalenas y un batido de vainilla. 

Con una sonrisa en la cara al saber que dentro de unos instantes estaría comiendo seguí a David hacia una de las mesas libres del comedor. 

Esta vez me miraron solo unos pocos y de manera más discreta. O eso parecía.

Nos sentamos y mientras comía observaba a la gente que estaba allí con más detalle.

En la mesa que estaba junto a la nuestra habían dos mujeres y tres niños pequeños. En otra estaban tres mujeres mas mayores de unos cuarenta y tantos años y en la de enfrente nuestro estaban dos chicas de más o menos mi edad y los chicos que ya había visto antes. Uno de ellos me seguía mirando.

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