XXXV. Otro encuentro inesperado

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XXXV.          Otro encuentro inesperado

Doy la vuelta al cerco que marca el límite del club por el lado de la playa.  Esto implica trepar un muro, pero no es muy complicado, aún con la pesada mochila al hombro.  Cuando llego al otro lado, se inmediato llamo la atención de un zombie solitario que estaba dando vueltas por la arena a ese lado del muro.

Me acerco a él y le disparo un arpón a la cabeza.  Recargo el arma rápidamente y no me preocupo en recuperar el arpón.  Si es que subiré al velero usando ese bote, tendré que subir con todo mi equipo a la embarcación de regreso a casa.  Eso quiere decir que allá podré encargar más arpones.  Además, saldré de la ciudad en unas horas.  No es una prioridad mantenerme provisionado de municiones.  La prioridad es salir de aquí.  Y estoy bastante cerca de lograrlo.  Estoy al comienzo de un muelle, al final del cual está el bote a remos que me podría sacar de Lima.  Pero no es completamente seguro aún.  Tengo que asegurarme de que es una opción y luego pensar en lo demás.

Doy unos pasos inseguros encima del muelle.  La madera gime cuando la piso.  Mucho tiempo en un ambiente húmedo.  Debo tener cuidado de que uno de los tablones no se rompa.  Avanzo con cuidado.  Cuando estoy en la mitad del camino, hay otra explosión al norte.  Me volteo para ver de qué se trata.  En el medio mismo de Miraflores puedo ver otra columna de humo.  Ahí se está dando una batalla.  Lo más probable es que haya perdido todos mis refugios y mis almacenes.  El próximo mes que venga a Lima tendré que evaluar el daño y quizás deba empezar de cero.  Qué lata.

Me sorprende que no me deprima ese prospecto.  Estamos hablando de volver a hacer una labor que me tomó varios años completar.  Buscar los lugares adecuados para instalar mis escondites me tomó meses.  Ni qué decir de mover toda la mercancía de sus lugares originales -tiendas, casas, almacenes, etc.- a mis locaciones ocultas.  Todo eso fue mucho trabajo y tener que hacer todo eso de nuevo debería ponerme de mal humor.  Pero no lo hace.

Y es que en el fondo me gusta la idea de comenzar de nuevo.  Venir a Lima a conseguir artículos para mis clientes se había vuelto monótono desde hacía ya un buen tiempo.  Incluso aburrido.  Rutinario.  En cierto sentido me alegra tener que volver al inicio.  A pensar de nuevo cómo hacerlo, pero mejor.  A buscar ubicaciones seguras.  A estudiar los mapas.  A recorrer los lugares seleccionados y limpiarlos de zombies.  Todo eso haría mi labor de Caminante emocionante otra vez.  Interesante.

Estoy un buen rato mirando al norte.  Veo las columnas de humo y temo lo peor.  Debe de estar muriendo gente allá. ¿Eso es bueno o malo para mí? No me queda claro, pero estoy seguro de que es una pregunta que me estará dando vueltas por la cabeza por muchos días.

De pronto estornudo.  Es un reflejo y no puedo evitarlo.  De inmediato me agacho y miro alrededor para asegurarme de que no haya un muerto viviente cerca que me haya escuchado.  Que mi estornudo no haya atraído su atención.

Es la humedad.  El aire ahí, en un muelle por encima del mar, está bien húmedo y eso me ha hecho estornudar.  Sonrío.  Parece que no he llamado la atención de nadie.  Bien.  Me limpio la mucosidad de la nariz con la manga de mi casaca.  Sé que es algo poco civilizado y que se ve mal, pero me importa poco.  Cuando esté de regreso en casa me preocuparé por la etiqueta.  Por el momento lo importante es salir de ahí.

No todos los meses es igual.  Lo usual es que deje mi ropa en mi refugio cero, para luego bajar a la Costa Verde preparado para nadar mar adentro hasta ser recogido por un bote a remos que nos llevará al velero.  Esto quiere decir que cuando subo a la embarcación no estoy mugroso como estoy ahora, porque en el agua del mar me limpio en cierta manera.  Además, la ropa apestosa que uso durante una semana entera se queda en Lima.  A veces la boto y no la vuelvo a usar nunca más.  A veces la lavo.  Depende de cuánto tiempo disponible tenga la siguiente vez que venga a la ciudad.

Pero esta vez es distinto.  Si todo sale bien subiré al velero como estoy vestido ahora: Sucio, mugroso y apestando.  Sé perfectamente la cara que pondra Luis.  Y cuando llegue a casa no me dejarán bajar del velero sin antes quitarme toda la ropa y quemarla frente a las autoridades para asegurarse de que no esté trayendo la infección a casa.  Tiene sentido.  Ya lo he visto suceder un par de veces.  No conmigo, pero con otros de los Caminantes.

Avanzo lentamente hasta el final del muelle.  Ahí puedo ver el bote pequeño abandonado moviéndose lentamente al compás de las olas.  Sospechosamente disponible.  En ningún momento se me cruza por la cabeza que puede ser una trampa.  Tan sólo estoy desesperado por encontrar un medio de interceptar al velero y ahí está lo que necesito.  Tan simple como eso.

Cuando estoy a unos metros del bote paro de golpe.  Algo está mal.  Algo no cuadra.  No solamente el bote a remos parece estar en perfectas condiciones, con dos remos que parecen limpios y cuidados, sino que además dentro hay dos bultos.  Parecen ser dos maletines negros de material acrílico.  Esto no fue abandonado aquí hace mucho.  Esto fue dejado aquí recientemente.  Hace horas.

Me volteo buscando al dueño de estas cosas y lo veo llegando del club al inicio del muelle.  Está caminando hacia mí con un rifle listo.  Me está apuntando mientras avanza con pasos lentos y seguros.  

En ese momento cometo el peor error que pude haber cometido: Levanto las manos y me dispongo a razonar con él.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora