XX. Perdiendo amistades

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XX.     Perdiendo amistades

“No te muevas y no habrá problemas”, me dice una voz ronca.  Yo no puedo evitar levantar la vista.  Lo que veo no es preocupante en lo más mínimo.  Unas seis personas nos están apuntando con rifles viejos.  Son seis personas que se ven como el opuesto diametral de los soldados que tan mal me caen.  Estos parecen ser más bien ciudadanos comunes y corrientes que decidieron defenderse ellos mismos.  Que dejaron de confiar en el gobierno que los abandonó y en el ejército que falló en protegerlos.  Son padres de familia, tíos, esposos e hijos mayores.  Personas que tuvieron que aprender a usar armas para no ser devorados por los zombies que estaban tomando la ciudad.  De alguna manera se habían organizado y habían sobrevivido aquí arriba, en lo que alguna vez había sido la plataforma por las que corrían los rieles que iban de un lado de la ciudad a otra.  Una superficie elevada que estaba por encima de la ciudad.  Un espacio que reclamaron como suyo y en donde estaban aprendiendo a esperar a que los muertos vivientes se consumieran solos y los dejaran en paz.

Esos seis tipos claramente no tenían entrenamiento militar.  Apenas sabían cómo sostener un rifle.  Me tenían miedo.  No sabían qué esperar de mí.  Me habían salvado a mí y a mis tres acompañantes porque consideron que era lo decente.  Al salvarnos se habían arriesgado a varios niveles, pero aun así lo habían hecho.  BIen por ellos.

“Por favor, no se muevan”, repite la voz ronca.  Busco con la mirada la fuente de la voz.  Se trata de una mujer de edad avanzada, pelo canoso y buena condición física.  Esta mujer no me apunta con un rifle, sino con una pistola. “Mientras decidamos qué hacer con ustedes necesitamos que no se muevan”

Uno de los otros cinco se acerca y me quita mi mochila.  La abre para revisarla y de inmediato levanta la vista hacia la mujer.  Mi acompañante interviene rápidamente.

“Ése es nuestro radio”, grita ella. “¡Nuestro!”

La señora se acerca y ve el contenido de mi mochila.  Busca con la mirada las mochilas de ellos.  Le indica a otros de sus hombres que las revisen.  Se las quitan a los tres Nativos que me acompañaban y se las traen.  Ella las revisa y al final no sabe qué hacer.

“Éste es el radio que fue robado hace unas semanas”, concluye.  Se dirige a mí. “Tú no eres parte de esto.  Tú eres un Caminante, ¿no es cierto?”

Yo asiento.  No soy parte de esta disputa.  Pero por encima de eso, no quiero que lo sea tampoco.  No obstante, siento cierta lealtad hacia los tres Nativos con los que me comprometí.  Sí, sé que el trato era que llevaría mi parte del radio y a cambio ellos me darían artículos que están en mi lista.  Y que ellos no me han pagado ni un adelanto aún.  Pero tengo un compromiso con ellos.

“Tú eres Caminante”, insiste la señora.  Yo la miro y no respondo.  No por soberbia, sino porque realmente no sé qué debo responderle. “¿Por qué los ayudas?”

“Me los crucé por casualidad.  Necesitaban ayuda.  En ese momento me pareció lo correcto”

Ella me mira por un instante.  Justo en ese momento los disparos de los militares a lo lejos dejan de sonar.  Por fin había sucedido lo inevitable.  Los zombies habían sido demasiado para ellos.  Lo peor de todo es que no habría quedado ninguno para que aprenda la lección.  En un par de días otra patrulla de soldados cometería el mismo error y nuevamente sería devorada.  

Ambos notamos que el otro se ha dado cuenta de lo que ha pasado.  Ella siente la necesidad de comentarlo.

“Ellos nos atacaron”, explica. “Siempre nos atacan.  Por alguna razón no les simpatizamos.  Siempre vienen a exigir que los dejemos subir para inspeccionarnos.  Si nos lo hubieran pedido bonito alguna vez, quizás lo habríamos hecho.  Pero no tenemos por qué hacerlo”

“A mí tampoco me caen bien”, le digo. “Primero nos abandonan a nuestra suerte y después pasean por la ciudad como si fuera suya”

Ella me observa por un instante y luego sonríe.

“Son unos imbéciles, ¿no es cierto?”, ríe.

Yo no puedo evitar reír.  Sí, pues.  Son unos imbéciles.  Quizás alguna vez las Fuerzas Armadas que tuvimos fueron un orgullo.  No lo sé.  Pero hoy en día son una desgracia.  Lo mejor es evitarlos.  Y si te buscan pelea, defenderse.  Con lo inútiles que son, es la opción obvia.

“¿Por qué los ayudas?”, me insiste la señora.  Yo me tomo un respiro antes de responder.

Miro alrededor y aprecio la vista.  Desde donde estamos, desde esa altura, se puede inspeccionar los techos de las casas.  Algunas de ellas parecen habitadas e interconectadas.  Los Halcones se han estado expandiendo.  Ya no solamente ocupan la plataforma del tren eléctrico.  Ella nota lo que estoy observando.

“Es un experimento que tenemos desde hace unos meses.  Verás, sobre lo que alguna vez fue el tren eléctrico hemos construido nuestro hogar.  Aquí vivimos y aquí cultivamos comida.  Más allá podrás ver.  Hemos subido tierra y hemos construido unas superficies en las cuales sembramos y crecemos comida.  Podemos sobrevivir aquí arriba.  Pero estamos muy expuestos.  Por eso nos enfrentamos tanto a esos idiotas.  Porque no les gusta que estemos aquí arriba dominando la ciudad.  Así que a uno de nosotros se le ocurrió expandirnos a los techos de las casas cercanas”

“¿Los zombies no los alcanzan ahí?”

“No.  Lo primero que hacemos es destruir el acceso al segundo piso.  Rompemos las escaleras.  Así los apestosos no pueden subir.  Tomar una casa es toda una operación, no te imaginas.  Pero está funcionando.  Es un experimento que está dando resultados”

“Me alegro”, le digo y sigo mirando.  Cada casa tiene un techo con algo encima: Una cabaña de madera o de material prefabricado o un espacio sembrado o un corral.  Es sorprendente cómo desde el suelo no se note nada.  Y cada techo es independiente.  Está unido a los demás por unos puentes de madera que me imagino que de noche los retiran por seguridad, de tal manera que si uno es tomado por un enemigo o por zombies que encuentran la manera de subir, no se pierde toda la red de techos, solamente uno. “Muy impresionante trabajo”

“Y ahora respóndeme la pregunta. ¿Por qué los estás ayudando?”

Mi primer impulso es decirle la verdad.  Después de todo, se le ve como una mujer sincera, honestamente preocupada por la seguridad de su gente.  No obstante, eso me termina pareciendo como una traición a quienes me han acompañado por la ciudad por el último medio día.  Respiro profundo y reconozco que no tengo ni idea de qué es lo que debo hacer.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora