XVIII. A correr

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XVIII.          A correr

En el camino nos cruzamos con un grupo de seis zombies.  Yo los habría rodeado por una calle paralela para ahorrarme la molestia de un enfrentamiento, pero ella insiste en que nos mantengamos en esa recta.  Así que entre los cuatro nos encargamos de ellos.  Lo que me preocupa es que en cuanto nos ven gruñen fuertemente, lo cual puede haber atraído otros zombies.  Ojalá que no lo haya hecho.

Luego de eso avanzamos un par de cuadras y entiendo por qué no quiso que nos desviemos.  A lo lejos puedo divisar la plataforma elevada por la que alguna vez corría el tren eléctrico, atravesando la ciudad por la mitad.  Ahora alberga a humanos que viven ahí arriba buscando seguridad.  Puedo ver casas improvisadas hechas con madera o con esteras.  Incluso hay banderas del Perú.  No sabía que aún había gente que consideraba a esta nación como algo válido.  Después de todo, apenas comenzó la plaga el gobierno colapsó y lo único que quedó del régimen fue el ejército, que se refugió en El Frontón y que falló en proteger a la población de la amenaza zombie.  Ellos usan la bandera del Perú en sus uniformes y en sus transportes.  Pero no sabía que hubiese sobrevivientes en Lima que aún pensase en que había una nación de la que éramos todos parte.  Me sorprende.

Ella nota que estaba examinando la escena, por lo que siente la necesidad de intervenir.

“¿Nunca habías venido por aquí?”

“Trato de evitarlo”, respondo. “Hacía tiempo que no veía esas banderas”

“Hace poco han comenzado a aparecer nuevamente.  Por alguna razón los Halcones las están utilizando de nuevo”

“¿Sólo ellos?”, pregunto curioso.

“O sea, está la bandera por ahí y la usan otros Nativos a veces.  Pero no como los Halcones.  Será que antes de la plaga no había una identificación muy fuerte por la bandera, tampoco”

“¿Y los Halcones sí?”

“No lo sé”, responde y no tengo tiempo de seguir con el interrogatorio.  De pronto los dos jóvenes que nos acompañan buscan refugio.  Algo anda mal.  Yo de inmediato corro detrás de un carro viejo y abandonado.  No arrancará nunca más, pero me brinda cobertura.  Ella se cubre junto a mí.  Desenfunda su ballesta.  Yo saco mi arma de arpón sin saber bien qué es lo que pasa. Ella me señala hacia un lado.  Me asomo ligeramente y veo a lo lejos un camión militar.  Inconfundible con su color verde y su diseño tosco.  Y su banderita a un lado.  Se para a una cuantas cuadras y de él salen varios soldados que se dispersan por la zona.

“Malas noticias”, susurra ella.  No necesito que me lo diga.  Yo siempre desconfío de los militares.  No solo nos abandonaron a nuestra suerte cuando las cosas se pusieron feas, sino que cada vez mandan a misiones a chicos más inexpertos.  Razonar con ellos es imposible.  No me queda otra opción más que evitarlos.  No necesito que me diga que un camión lleno de ellos son malas noticias. 

“¿Qué hacen por aquí?”, pregunto.

“No tengo idea.  Pero no creo que sea algo bueno, porque...”

No llega a terminar su oración.  El sonido de un disparo la interrumpe.  Un sonido que debe de haber sido escuchado en todo el distrito.  Los zombies vendrán atraídos por él.  Era el momento de salir de ahí.

“Tenemos que irnos”, le digo preocupado.  Ella no me responde.  Se queda mirando en dirección al transporte. “¡Tenemos que salir de aquí!”, le insisto.

Ella asiente y me indica una calle lateral.  Los dos jóvenes que nos acompañan nos siguen.  No bien hemos entrado a la calle, escuchamos más disparos.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora