XXXIII. Contacto en Barranco

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XXXIII.          Contacto en Barranco

La explosión en Miraflores realmente parece haber jugado a mi favor.  Los pocos zombies que me cruzo en mi camino están tan concentrados en llegar a su fuente y al lugar en el cual se escuchan disparos que casi ni me perciben.  Los dos o tres que noto que sí paran de caminar hacia el norte para comenzar a seguirme son eliminados fácilmente con mi machete.  Esto está resultando más fácil de lo que pensaba.

No es medio día y ya estoy en el límite con Chorrillos.  Entonces los problemas comienzan de nuevo.  Escucho un murmullo fuerte adelante.  Puede ser agua corriendo o cualquier cosa en realidad.  Pero después de avanzar un par de cuadras me queda claro que no es otra cosa que una masa de zombies gruñiendo y caminando en mi dirección.  Los veo al dar la vuelta en una esquina y pretender entrar a una avenida.  Ahí están a lo lejos.  Tantos que no los puedo ni contar.  Si no tuviese el dato de que la Horda está aun a unos días de distancia habría creído que es esa fuerza imparable que pasa por aquí por lo menos una vez al mes.

Claramente están yendo a Miraflores.  Y eso me conviene.  Pero si no me resguardo mientras pasan, podrían capturarme en su camino.  Retrocedo un poco buscando una solución.  Necesito meterme a algún lado mientras pasan.  O si no, correr a la derecha, en dirección al mar.  Apelar a que no estoy tan lejos de mi objetivo y bajar a la Costa Verde.  Con suerte puedo salirme de su camino lo suficiente como para que me dejen en paz y yo, a su vez, no perder tiempo.

Si me encierro en alguna casa de Chorrillos en este momento a esperar a que pasen esta masa de zombies, podría demorarme demasiado.  No, debo evitar esa opción.  Así que ni modo.  Me aprieto las correas de mi mochila, sujeto con fuerza mi machete y corro en dirección al mar.

Si me ven o me perciben o me están siguiendo, no lo sé en ese momento, porque no me volteo a averiguarlo.  Solo estoy con la vista puesta fija en mi objetivo y corro tan rápido como puedo.  De pronto pasa lo improbable.

De una calle lateral sale otra masa de zombies.  De menor número, pero igual de impactante.  Por alguna razón no los había oído.  Quizás el sonido de las olas, que ya estaba cercano, lo había cubierto.  Quizás el estar concentrado en llegar al boulevar me distrajo.  El caso es que de pronto estoy frente a frente con un grupo grande de cadáveres andantes que claramente me han notado.  Estiran las manos de inmediato y comienzan a arrastrarse con mayor determinación hacia mí.  Yo me demoro un par de segundos en darme cuenta de que tengo que alejarme de ahí.  Tan rápido como pueda.

El primer problema es que ya he estado corriendo por varios minutos antes de llegar a esa esquina.  Eso quiere decir que ya estoy un poco cansado.  Ni qué decir del hecho de que llevo seis días caminando de un lado para otro.  Mi cuerpo está pidiendo descanso desesperadamente.

El segundo problema es que no tengo hacia dónde ir.  No puedo regresar, porque allá atrás hay una masa aún mayor de zombies.  No puedo ir al norte, porque hacia allá es que están yendo.  Y si corro en dirección al mar los estaré acercando a mi destino.  Y la verdad era que en el Club Regatas necesitaba tiempo para buscar lo que necesitaba para salir de la ciudad.  No podría estar revisando sus almacenes si tenía detrás de mí a un grupo de zombies del cual preocuparme.

Me acuerdo entonces del ermitaño.  Del viejo que vivía en el último piso de un edificio en San Borja.  A donde me llevaron a comer y descansar los tres muchachos que estaba acompañando.  Su plan de hacerle dar vueltas a los zombies.  Que su disposición a seguir un sonido podía servir a tu favor.  Corro entonces dos cuadras en dirección a Miraflores.  Espero a que ese grupo de 30 ó 50 muertos vivientes me sigan.

En cuanto están a media cuadra de distancia, doblo en dirección al mar y corro por dos cuadras.  Espero a que me sigan.  Algunos de ellos pierden el interés y siguen su camino hacia Miraflores.  Unos cinco o diez.  Por lo menos.  Algo es algo.

Luego de correr dos cuadras, giro nuevamente.  Y otra vez y otra vez.  Para entonces la bulla del grupo más grande de zombies que venía por la avenida se escucha con más fuerza.  Entonces corro hacia un lado varias cuadras y después hacia el mar.  Paro brevemente para asegurarme de que los 30 que me seguían se han unido al grupo grande y me han dejado en paz.

Me pego a una pared esperando unos momentos.  Primero porque estoy cansado.  Segundo para esperar un poco a que los cadáveres andantes se alejen de mí.  Su hedor lamentablemente se quedará conmigo un buen tiempo.  Ni qué decir de la imagen que me acompañará por varios días de un grupo de 30 a 50 zombies que casi estaban encima de mí.  Debo tener más cuidado o seré cena de un muerto viviente.

Me acerco al borde del malecón, desde donde se ve la Costa Verde.  Y al borde de esa franja de playa, el Club Regatas, mi destino.  Entre donde estoy y ese objetivo hay una bajada y luego una plaza.  No debería haber mayor problema.

De pronto, una segunda explosión se escucha a lo lejos.  Me volteo y veo otra nube gris encima de Miraflores.  Estaban convirtiendo mi distrito en un capo de guerra.  Si sigue así, la próxima vez que venga a Lima no encontraré nada.  Habrán destruído mis almacenes, mis refugios y todo lo demás.  Salvajes.

Siento cólera.  No tienen derecho a hacerme esto.  Años de trabajo acumulando objetos y levantando refugios y pensando en rutas para que vengan ellos y lo echen todo a perder.  Tengo ganas de regresar a Miraflores solo para asegurarme de que todos mueran.

Pero no, tengo que salir de ahí.  El plan era llegar al Club Regatas, encontrar la manera de interceptar el velero y salir de Lima.  Ya tendría tiempo en un mes de regresar a evaluar los destrosos.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora