XXX. La caída de un refugio

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XXX.     La caída de un refugio

Todo está tirado.  Me siento mal.  No puedo creerlo.  Han venido, me han buscado, no me han encontrado.  Luego han ido por mis cosas.  Seguramente se han llevado lo que les ha parecido útil y han podido cargar.  Lo demás lo han arrojado o lo han destruido.  Reponer todo esto va a ser mucho trabajo.  Pero por supuesto que no lo volveré a hacer aquí.  Me buscaré un lugar mucho más seguro.  Cerrado y fuerte.

Pero ahora no hay tiempo para nada de esto.  Debo prepararme para salir de aquí.  Entro a una de las casas a buscar más balas para mi pistola.  No las encuentro.  Se han llevado mis armas.  Mis municiones.  Eso puede ser un problema.  También se han llevado las varas que uso como arpones.  Eso también puede ser un problema.  De todas maneras, no puedo seguir andando con los arpones usados que tengo en mi mochila.  Debo aligerar el peso.  Las saco de la bolsa en las que las guardo y las dejo en el cajón en el que suelo almacenarlas.  Ya cuando regrese en un mes las buscaré y las limpiaré.

Dejo todo lo esencial de mi mochila.  Solo me estoy llevando lo que necesitaré para salir de aquí y lo que estaba en la lista.  Lo que debo regresar para pagar las cuentas.  Ahora debo ir a lo que llamo el refugio cero.  El primer lugar al que siempre voy cuando llego a Lima.  Ahí es donde guardo lo que uso cuando llego nadando a la Costa Verde.  Sospecho que lo voy a necesitar.

Cierro mi mochila, miro todo alrededor, maldigo a los Halcones que tan bien me trataron al comienzo y luego utilizo la salida trasera para llegar a las calles.  Cuando regrese en tres semanas me preocuparé de esto.

Para cuando salgo a la calle nuevamente reconsidero mi plan original de ir al refugio cero.  Ése está más escondido que éste y no creo que los Halcones lo hayan encontrado.  Es más pequeño y llama menos la atención.  Además, ahí no tengo nada esencial.  Si en el Club Regatas encuentro lo que necesito, no hará falta que vaya a ese lugar.  Me siento extraño por estar alternado mis habitos, pero no me queda otra opción.  Si es que me están siguiendo, podría conducirlos hasta ahí y no quiero que lo descubran. 

Así que una vez en la calle comienzo a caminar a paso veloz hacia el sur.  En dirección a Chorrillos.  Deberé avanzar por las calles de la ciudad hasta estar a la altura del Club Regatas y luego bajar a la Costa Verde.  Esto va a resultar un reto por varias razones.  La más urgente es que es un tramo bastante largo.  La segunda más urgente porque en el camino habrá mucho zombie.

Ni modo.  Un día más en la vida de un Caminante.  Solo espero que los demás que vinieron conmigo a Lima la estén pasando mejor que yo.  De hecho, era curioso, pero nunca comentábamos entre nosotros lo que nos pasaba en la semana que pasábamos en la ciudad.  En parte era porque solían ser experiencias negativas que no queríamos revivir.  En parte porque cada uno de nosotros tenemos nuestros secretos.  O quizás porque simplemente terminamos la semana muy cansados y el resto del viaje en el velero lo pasamos tirados en donde podamos, durmiendo y descansando.

Es más, de vez en cuando uno de nosotros no regresa.  En esas ocasiones simplemente el velero espera un poco más y luego se va, sin hacer preguntas.  Nadie cuestiona nada y nadie presiona para esperar una hora más.  Sencillamente nos vamos y todos aceptamos que somos uno menos.  Llegando a casa Luis avisará que hay sitio para uno más y éste sería llenado sin problema alguno.  Nunca faltan voluntarios para ir a la ciudad.  Siempre hay alguien que alguna vez fue Caminante y que quiere volverlo a intentar o alguien que quiere probar la experiencia.

Es mera naturaleza humana el que los Caminantes que llegamos a Lima no nos preocupemos unos por los otros.  Y es que la velocidad a la que caemos es bastante alta.  Al final somos apenas unos cuantos los que hemos estado sobreviviendo todo este tiempo.  Encariñarse con algún otro es exponerse a después deprimirse cuando lo más probable suceda: No regrese de la ciudad.

Avanzo por la ciudad con una sola prioridad: Salir de Miraflores cuanto antes.  Si ahí es que me están buscando los Halcones, pasar a Barranco debe ser lo más importante.  Pues bien, en todos mis años como Caminante he aprendido a conocer cada rincón de Miraflores.  No obstante, Barranco es un misterio para mí.  Siempre lo he evitado por varias razones.  Así que estaré volando en autopiloto.  Ni siquiera sé si ahí hay algún grupo de Nativos sobreviviendo.  Espero que no.  Aunque es una posibilidad.  Debo estar atento.

Y por supuesto, estar también atento a los zombies.  De noche están más activos de lo normal, lo que me pone en una posición más peligrosa de lo normal.  Pero prefiero eso a ser blanco de los Halcones de día.

Mi primer obstáculo concreto es que para pasar de Miraflores a Barranco debo cruzar un puente.  Se trataba del puente que llevaba de un distrito a otro la avenida Miguel Grau.  Tenía dos alternativas: Bajar a la Costa Verde y subir apenas llegue a Barranco o retroceder hasta la avenida República de Panamá (en la que los Halcones pretendían asesinarme).

Cruzar puentes es algo que siempre me ha causado reparo.  Uno se expone a quedarse atrapado.  A ser acorralado.  Nunca me ha pasado a mí.  Y de hecho, nunca he escuchado que le pasada a alguien, pero aún así es algo que me preocupa.  Si yo quisiera emboscar a alguien lo haría en un puente.  Y eso me pone nervioso.

No obstante, en esta ocasión no me queda opción.  Si quiero apresurarme en salir de Miraflores, tenía que hacerlo usando ese puente.  Así que atravieso el parque y luego la calle que me lleva a este lado del puente en cuestión.  Y cuando llego a la esquina desde la cual tendré que correr al otro lado, me quedo paralizado y me arrodillo instantáneamente.  Agradezco que es de noche.  Si hubiera sido de día me habrían visto.

Sinceramente no sé si es casualidad o si tiene algo que ver con todo lo que me está pasando esa noche.  Se trata de una camioneta llena de soldados armados con rifles.  Y estos no se ven como los soldados novatos de los que me he estado burlando estos días.  Parecieran soldados de verdad, entrenados y preparados para matar.  Esa camioneta debe de estar llevando unos doce soldados en total.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora