V. El refugio central

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V.          El refugio central

El refugio central tampoco daba directamente a la calle.  De hecho, ninguno de mis refugios daba directamente a la calle.  Ésa era una lección que había aprendido hacía mucho tiempo.  Éste se encontraba detrás de un portón de madera, el cual estaba asegurado con un candado grande.

Me aseguré de que nadie me estuviera siguiendo y de que no hubiese zombies en la calle.  No quería que ningún ser humano vivo sepa en dónde era que descansaba.  Y si había un zombie, tendría que matarlo antes de ingresar al refugio.  De lo contrario se pararía frente al portón y gruñiría, llamando la atención de otros muertos vivientes que pasen por ahí.  Al cabo de unas horas habría un buen grupo ahí, que podría poner en peligro todo.

Por suerte no había ninguno de los dos, así que abrí el candado, abrí el portón, ingresé y lo cerré tan rápido como pude.  Todo esto haciendo el menor sonido posible.

Lo primero que se ve cuando uno pasa el portón de madera es un camino angosto que recorre una media cuadra, al final del cual hay una pequeña casa.  Conforme uno recorre ese camino a la izquierda puede ver casitas similares. Cada una de esas casitas tiene una sala comedor, un patio pequeño, dos cuartos y dos baños.  Y nada más.

La mayoría de esos cuartos están vacíos.  Algunos otros contienen artículos u objetos que podría necesitar para mis correrías por Lima, dependiendo de lo que la gente me pida que les consiga cada vez que vengo a la ciudad.  No obstante, la mayoría de los cuartos están vacíos.

En la casita del fondo era que paso la mayoría del tiempo.  Se trata del espacio que había preparado para dormir y descansar cuando hace falta.  Le había instalado cuanta seguridad había podido pensar para que dormir ahí sea relativamente seguro.  No obstante, yo sé que siempre puede fallar algo.  Por eso además de esa casita me había asegurado que hubiese varias rutas de escape por los techos de las casas posteriores.  Ante cualquier problema, puedo estar en otro refugio en menos de quince minutos corriendo.  Un refugio adicional que también está preparado para eventualidades.

Sí, yo sé que suena paranoico.  Pero tienen que tomar en cuenta que en mis años de venir a Lima a conseguir artículos para los demás lo he visto todo y he pasado por muchos aprietos.  Y he perdido a muchos amigos y conocidos.  Prefiero ser paranoico y a ser uno de esos cadáveres que caminan ahí afuera.

La entrada a cada una de las casitas tiene un candado distinto.  Cada una de las ventanas tiene además rejas que impide la entrada por ahí.  Una de las ventajas de que Lima fuese una ciudad tan insegura incluso antes de la epidemia.

El llavero con estas llaves lo había recogido del Refugio Cero.

Antes de abrir ese candado y entrar a esa casita para descansar por unas horas, me quedé parado en la pista central y respiré hondo por unas cuantas veces.

Recién ahí es que podía detenerme para respirar y relajarme por un momento.  Y es que el olor de Lima es tan peculiar y me hace recordar una época distinta.  Un tiempo en el que uno podía vivir y trabajar y conocer a una chica y casarse y tener hijos.  Todo eso se había ido y lo que nos quedaba a los seres humanos era sobrevivir como se pudiese en alguna de las opciones que el destino nos había dejado.

No obstante, cada vez que vengo a Lima y respiro el aire de esta ciudad de nuevo, recuerdo esas épocas y por un momento sonrío recordando a mis amigos, a la vida que tenía, a mis compañeros de trabajo y todo lo demás.

Por supuesto que ese estado de tranquilidad y nostalgia me dura unos minutos apenas.  Siempre algo me devuelve a la realidad.  A esa Lima abandonada y dejada a su suerte.  A la seguridad de que afuera, más allá de ese portón de madera, hay cadáveres reanimados que lo único que quieren es acceder a mi cuerpo para consumir mi carne. 

Peor aún: Al reconocimiento de que tengo que ir a descansar, porque al día siguiente tengo un trabajo que hacer.  Tengo que ir a recorrer la ciudad y así conseguir lo que me habían encargado que consiguiese.  Si no encontraba todos los objetos en la lista, no podría regresar.  O en todo caso, podría regresar, pero no me pagarían y eso, a su vez, podía resultar fatal en el estado actual de las cosas.  Necesito comer bien si es que quiero mantener mi estado físico para estas visitas a Lima.  Debo mantener un régimen impecable o sufrir las consecuencias.

Es curioso.  Cuando estaba fuera de Lima, más seguro y resguardado por otros, ese sentimiento y esa nostalgia no se presentaban.  Es cuando estoy aquí, en la ciudad, en un refugio que puede caer en cualquier momento y que si cae me veré perdido, sin posibilidad alguna de que alguien más salve.  Solamente aquí.

Por suerte era algo que no suele prolongarse por mucho.  Apenas unos segundos.

Luego vuelvo a fijar mis ojos en mi objetivo: La puerta de la última casita al final del camino.  Saco la llave que abría ese candado y la uso.  Doy unos cuantos golpes leves en la puerta, por si hubiese un zombie adentro.  Luego abro la puerta y entro.  Estoy muy cansado y necesito descansar.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora