XXIII. Esperando al comandante

531 19 0
                                    

XXIII.     Esperando al comandante

Mi mochila pesa más de lo normal, pero mucho menos de lo que pesaba cuando llevaba partes de el radio.  Me ajusto las correas y no me detengo a colocar todas las cosas en bolsas de plástico por separado, por si la mochila se moja, como suelo hacer.  No tengo tiempo.  Quiero salir de ahí cuanto antes.  Volver a mis dominios: Las calles de la ciudad de Lima.  Sí, sé que allá abajo hay zombies y que aquí arriba no hay forma que me alcancen.  Pero no termino de entender esta sociedad y sus reglas.  No termino de comprender por qué me están ayudando.  Comienzo a sospechar que me conviene salir de ahí cuanto antes.

No obstante, aún no quedan claras las condiciones de mi liberación.  Max aún me está apuntando con un rifle.  Y aún estoy en esa instalación con el anciano y la chica de pelo castaño.  Estamos esperando una llamada o algo. 

“Se está haciendo tarde”, vuelvo a insistir. “Si me van a soltar, tienen que hacerlo durante el día.  En la noche son más agresivos.  Lo saben, ¿no?”

“Sí lo sabemos”, responde Max. “Pero no te podemos soltar sin que lo apruebe el jefe”

“La señora”, comento. “Marion.  Ella dijo que me dejen ir. ¿No es suficiente?”

Max niega con la cabeza.  Y ahí termina la conversación.  Nadie más dice nada.  Hasta que yo insisto nuevamente.

“¿Puedes llamar por tu comunicador a alguien? Realmente me estoy preocupando.  Si no me van a dejar ir pronto, me van a tener que dar alojamiento por la noche.  No pienso correr por las calles de Lima de noche.  No después de todo lo que ha pasado en los últimos dos días”

Max no mueve un músculo.

Eventualmente encuentro la mirada de la joven de pelo castaño.  La chica que ha estado fascinada con mi mera llegada.

“¿Y tú? ¿No deberías estar jugando con tus amigos?”, le pregunto para iniciar conversación.  Ella sonríe y niega con la cabeza, pero no dice nada.

“Cuando acabe su turno irá y se reunirá con su familia.  La ayudará en los quehaceres de su casa”, responde por ella el anciano. “Aquí arriba todos tenemos que ayudar o no sobreviviremos.  Supongo que no es así de donde vienes”

La verdad es que no.  De donde yo vengo no hay cadáveres de muertos que se levantaron de sus tumbas para comerse a los vivos.  Lamentablemente ese mundo ya no existe.  Se acabó en unos pocos meses hace ya muchos años. Los que quedamos sobrevivimos como podemos.  Pero no le voy a dar la satisfacción de una respuesta.  Simplemente le sonrío y encojo los hombros.

De pronto el intercomunicador de Max se activa.  Él lo toma.

“Aquí Max.  Estoy con el Caminante esperando instrucciones. ¿Debo liberarlo a las calles?”

“Espera en donde estás, Max.  El comandante va hacia ti.  Quiere conocerlo”, se escucha una voz lejana y difícil de identificar.

Max y el anciano se miran entre ellos sorprendidos.  Yo noto esto y me preocupo.  Eso de un comandante yendo hacia mí no me sonaba nada atractivo.  De pronto siento ansiedad.  No sé nada de este personaje y podría significar serios problemas.  O no podría significar nada.  Por el momento no hay forma de saberlo.

O sí la hay.  Le sonrío a la chica.

“¿Quién es este comandante? ¿Es algo así como el jefe?”, le pregunto.  Ella niega con la cabeza, pero no dice más. 

“No es nuestro jefe, si a eso te refieres”, ofrece el anciano. “En la división de labor que tenemos aquí arriba, él es el encargado de la seguridad.  No más, no menos”

“Es mi jefe, en todo caso”, agrega Max, más por lealtad que por compromiso a la verdad. “No sabía que estaba cerca.  Pensé que estaba en el extremo norte.  Viendo lo de la expansión a...”, se percata de que hablar frente a mí de eso no es seguro. “En fin.  Pensé que estaba por ahí, ocupado”

“Aparentemente no estaba tan ocupado”

“¿Y quién decidió que él fuese comandante?”, pregunto por puro aburrido. “¿Hubo elecciones? ¿Hay un consejo de ascensos o algo así?”

“No te hagas el sabiondo”, responde el anciano. “Caminante”

Decido no insistir.  Después de todo, estoy con mi mochila llena.  Si todo sale bien, estaré de regreso en las calles de mi ciudad con tiempo de sobra para hacer refacciones o para revisar mis distintos refugios.  Si todo sale bien y este comandante no me perjudica en ninguna manera, ésta será una de mis visitas a Lima más provechosas.

Sin decir más me quito la mochila, la dejo a un lado y me siento en el suelo apoyando la espalda a una pared.  Agacho la cabeza e intento dormir.  Me olvido de todo.  Total, estoy en un ambiente seguro.  Se supone que estas alturas están más allá del alcance de los zombies.  Por eso no tengo que preocuparme.  Y los Halcones, por más que me vean con desconfianza, parecen bien intencionados.  Me relajo y antes de que me dé cuenta, estoy dormido.

De pronto, me despierta una sacudida.  Me paro de un salto.  Busco instintivamente mi pistola y no la encuentro.  Me demoro unos segundos en recordar que Max tiene mis armas y que me las devolverá cuando abandone territorio Halcón.

Entonces me doy cuenta de lo que ha pasado.  El tal comandante ha llegado y me han despertado de un golpe para que lo reciba como lo merece.  Aparentemente es alguien respetado por su gente, algo que me intriga.

El cuarto está lleno de gente.  El anciano y la muchacha ya no están.  Max sí está ahí.  También un grupo de personas de unas diez a quince cabezas.  Y en el medio de la comitiva, el tal comandante.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora