XI. Un día perdido

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XI.          Un día perdido

Hacía un tiempo, cuando comencé a ser Caminante, un encierro como ése me habría vuelto loco.  Esperar un día entero a que una turba de zombies se disipe podía resultar problemático.  Por suerte ya había pasado por esto varias veces y sabía lo que debía hacer.

Primero, repasar mis listas.  Volver a ver los mapas y los lugares a los que tendría que ir.  Eso me tranquiliza un poco.  Es crucial mantenerse ocupado.

Segundo, hacer ejercicio.  Si voy a estar un día entero encerrado, puedo darme el lujo de hacer un poco de deporte para cansarme, de tal manera que luego esté más predispuesto a descansar. 

Tercero, repasar la razón por la que estoy un día: Esos malditos militares.  Me desconcierta cómo cada día sus cadetes eran más y más jóvenes.  Claro, estoy consciente de que es difícil conseguir reclutas hoy en día, con la población decimada y con un conflicto –la epidemia– que está durando más de una generación.  Pero aún así los militares deberían ser más responsables.  Lo que han hecho esos chicos es terrible.  Eso no se hace.  Es un error de principiante.  Deberían de haberles enseñado eso en la base que tenían en El Frontón.

Yo odio cruzarme con esos niños.  Siempre con sus armas potentes y sus uniformes.  Creyéndose más que todos los demás.  Y la verdad es que cualquier Caminante tiene más experiencia en sobrevivir en la ciudad que cualquiera que esos niños.  O cualquiera de los sobrevivientes que persisten en vivir en Lima, como esos tres que había contactado en el otro techo.

No, la verdad es que a esos hay que evitarlos.  Es lo mejor.  Es lo que le recomiendo a los que pretenden regresar a la ciudad para lo que sea.

Por otro lado, no estoy seguro de qué le diría a los chicos que encontraría mañana.  No creo que sean militares.  No me causaron esa impresión.  Seguramente son de alguna de las Colonias que aún hay dentro de la ciudad.  Por loco que fuese, aún hay grupos de sobrevivientes que prefieren vivir en Lima, cerca de los recursos para los cuales los míos me mandaban a arriesgar mi vida.

Esto último también trae sus complicaciones.  Esos sobrevivientes suelen tener rutas.  Se trata de recorridos relativamente seguros dentro de la ciudad.  Caminos que toman cada cierto tiempo para asegurar recursos para seguir sobreviviendo: Comida, agua, medicinas, etc.

Si este refugio mío está cerca a una de esas rutas, puede haber problemas.

Eso quiere decir que hay más posibilidades de que descubran mi almacén.  Y que en otra ocasión en que venga aquí a recoger artefactos tecnológicos, podría encontrar el lugar vacío.  Eso no me conviene.  Debía averiguar más sobre estos chicos.  Saber de dónde vienen y, de ser posible, convencerlos de no venir en esta dirección.  No se me ocurre cómo./

Esto último puede hacerse de distintas maneras.  Pero para saber cuál aplicar debo hablar con ellos y entender qué tipo de personas son.  Por ejemplo, si son supersticiosos, debo decir algo así como que por esta parte del distrito penan.

Una razón más para ir y verlos en persona.  Pero debo estar preparado para cualquier eventualidad.  Ya me había pasado antes que personas que me encuentro en la ciudad están básicamente locos.  Y que se tornan violentos luego de un par de palabras.  De eso también debo estar atento.

Entreno por un par de horas.  Luego subo al techo y pienso en hacer contacto por un rato.  Estoy con la linterna en la mano.  Me fijo en el techo en el que he visto a los muchachos, pero esta vez no veo a nadie.  A lo mejor están descansando.  O quizás sus defensas se habían caído y habían sido invadidos por zombies.  Siempre hay que considerar esa posibilidad.

De pronto se asoma la cabeza de uno de ellos.  Es la mujer.  La muchacha.  Ella se queda mirando en mi dirección.  Está esperando a que establezca contacto.

Sin embargo, no se me ocurre qué decirle, así que bajo la linterna y no mando ningún mensaje.  Ya tendremos tiempo para conversar en mejores condiciones.  Además, recién va la mitad del día. 

Pienso en cómo puedo aprovechar lo que queda del día y se me ocurre que a lo mejor puedo hacer un nuevo inventario completo de lo que tengo en ese almacén.  Así que bajo y comienzo a revisar las cajas.

Sé que es algo que debía de haber hecho hacía mucho tiempo, pero que siempre postergo.  Y es que cada vez que vengo a Lima y visito mis almacenes lo hago en un apuro.  Solamente hoy estoy contenido aquí y no puedo salir, así que es una buena forma de matar el tiempo.

En el medio día que me queda no puedo terminar ni la mitad del inventario.  Anoto lo que puedo y me propongo volver si es que me sobra tiempo durante la semana para terminar. 

Cuando ya no hay luz natural, dejo de hacer el inventario.  No tiene sentido gastar baterías en esto, que no es una emergencia.  Además, si prendo una luz dentro de este segundo piso, puedo atraer la atención de alguien afuera.  Es más, esos muchachos que están en ese techo podrían identificar mejor en cuál casa es que estoy.  Y eso no me conviene.

Así que en cuanto el sol se oculta, me retiro al cuarto que estoy usando para descansar y me echo en la colchoneta de plástico que aquí mantengo.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora