XII. Caminata matutina

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XII.          Caminata matutina

Miro hacia arriba antes de comenzar a subir las escaleras.  Sí, sé que habíamos acordado encontrarnos en un punto intermedio, pero esa noche casi no había podido dormir y me había levantado muy temprano.  Me había asomado por las ventanas y había subido al techo de la casa a inspeccionar los alrededores: Había muy pocos zombies dando vuelta.  Estaba con suerte.  Después del escándalo, los muertos vivientes se habían demorado poco en dispersarse. 

De todas maneras había salido con mucho cuidado.  Había cerrado mi refugio con suma cautela, revisando varias veces que los candados estuviesen bien puestos y que de afuera no llamara la atención.  Bajé a la calle y caminé hasta el edificio en el que estaban mis nuevos amigos.  Antes de subir le di un par de vueltas.  Después me quedé parado un rato frente a la entrada por un rato.  Y es que tenía que tomar una decisión. 

Se trata de un edificio de departamentos, relativamente elegante.  En su momento, antes de la plaga, debió de haber sido moderno y caro.  El hall de recibimiento es amplio.  No obstante, ahí reside el problema.  En ese lugar, en el que alguna vez había habido un portero recibiendo a los visitantes, hay ahora un pequeño grupo de zombies de entre 10 y 15 cabezas.

Si quiero subir a ver a estos muchachos e inspeccionar el lugar que están usando de refugio (quizás tienen algo útil y vale la pena volver otro día a robarlo), debo pasar por esos cadáveres andantes.  O sacarlos de ahí de alguna manera.  Evaluo mis opciones.  Mi arma de arpones tiene suficiente rango como para eliminarlos uno por uno a distancia.  No obstante, en el proceso puedo dañar mis arpones y eso no me gusta.  Si es que puedo evitarlo, prefiero no hacerlo.

Así que decido sacar a los zombies de ahí.  Me saco mi mochila, empuño mi arma por si acaso y camino hasta el hall del edificio.  Ahí, sin hacer bulla, llamo la atención de los muertos vivientes moviendo mis brazos y haciendo sonidos leves.  Los doce apestosos se voltean hacia mí (los cuento rápidamente) y comienzan a avanzar gruñiendo y poniendo sus brazos por delante. 

Retrocedo lentamente y los guio hacia la calle.  Ellos van detrás de mí, pero por suerte van lento.  Esto me da tiempo para revisar que no estuviese además atrayendo cadáveres de otros lados.

Llego a un cruce de calles y entonces corro para darle la vuelta a la cuadra.  Los zombies me siguen, pero con su lentitud me pierden y seguramente se terminarán dispersando.  Si es que tengo suerte.

Vuelvo al hall del edificio.  Tomo mi mochila y comienzo a subir las escaleras.  Lentamente, por supuesto.  No tiene sentido cansarse aún.

Ya me había pasado antes que por apresurarme me cansaba demasiado.  Y luego podía aparecer un zombie en alguno de los pisos intermedios.  Si estaba muy cansado, estaría en problemas, no podría reaccionar a tiempo.  Así que me tomé mi tiempo.

Cuando llego al sétimo piso comienzan los problemas.  Ahí hay un grupo de tres zombies, que me están esperando.  El sonido de mí subiendo las escaleras los ha alertado.  Yo estoy listo con mi arma y disparo contra el primero.  Retrocedo varias escaleras hasta que cargo el siguiente arpón y pretendo disparar contra el siguiente, pero ya es muy tarde.  Éste se ha tropezado y ha rodado las escaleras, colocándose demasiado cerca a mí.  Desenfundo mi cuchilla y con ésta lo atraviezo por un ojo.  Ése es el final de ese apestoso.

Luego disparo contra el tercero.  Éste cae definitivamente muerto, pero no sin antes emitir un fuerte gruñido.  Odio cuando hacen eso.  Un sonido como éste puede atraer más zombies.  Maldigo y deseo que no hubiese muertos por ahí andando que lo puedan haber escuchado.

Recojo los dos arpones que había usado.  Los meto a una bolsa para limpiarlos y desinfectarlos luego y así usarlos nuevamente otro día.  Después sigo mi ascenso.  Aún es media hora antes de la hora acordada para encontrarnos en la calle.  Esos muchachos seguramente aún están ahí, preparándose.

Sigo subiendo lentamente.  Conforme me acerco al último piso escucho gruñidos y golpes.  No muchos, así que sigo subiendo.  Estoy preparado con mi arma lista.  Cuando finalmente llego al último piso entiendo lo que pasa.

Ahí, golpeando y rascando la puerta, hay unos cuatro zombies.  Perciben de alguna manera que detrás de esa puerta hay humanos vivos y se han estacionado ahí tratando de entrar.  No se irán en un buen rato.  Seguramente han llegado hasta el último piso durante la noche y los muchachos aún no se toman la molestia de eliminarlos.  Pero si yo quiero entrar a ver lo que hay dentro, tengo que eliminarlos yo mismo.  Ni modo.

Disparo contra el primero.  Cae al suelo.  La atención de los otros cuatro está lo suficientemente enfocada en la puerta, como para no darse cuenta.  Recargo, apunto y disparo contra el segundo.  Cae contra la pared y después al suelo, empujando a dos de los que quedan vivos. 

Esto sí llama su atención.  Uno de ellos se voltea lentamente y me ve.  Gruñe fuerte y comienza a  caminar hacia mí.  Yo retrocedo mientras recargo, pero cuando levanto mi arma para apuntar, me quedo helado.

A esa distancia lo reconozco.  Este zombie que se me acerca es uno de los chicos que había visto en el techo.  Está ahí, infectado y transformado.  Mientras retrocedo lo sigo analizando: Está con ropa limpia (a diferencia de la mayoría de zombies que da la vuelta a la ciudad, que visten harapos viejos y sucios).  Está aún con coloración en la piel.  No tiene sangre alrededor de la boca.  Aún puedo reconocer las pupilas en sus ojos.  Se ve claramente que había sido mordido en el brazo derecho.  Por ahí había ingresado la infección.  Ésa había sido la mordida fatal.

Cuando ya está casi sobre mí, disparo.  Quedan dos, los cuales avanzan lentamente.  Suelto mi arma y la dejo caer al suelo.  Rápidamente desenfundo mi cuchillo y me encargo de ellos. 

No he tenido tiempo aún de levantar mi arma y escucho el sonido un arma de fuego siendo preparada.  Levanto la mirada.  La puerta está abierta.  Delante de ella se encuentra la muchacha que había visto en el techo el día anterior.

“Pon tu cuchillo en el suelo”, me dice mientras apunta su pistola a mi cabeza.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora