XIV. La negociación

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XIV.          La negociación

Ella baja la guardia mientras estudia la lista que le he dado. La lista que muestra todo lo que he venido a la ciudad a buscar. Mientras tanto, su compañero me sigue apuntando con su bayesta. Después de unos minutos me devuelve la lista y me habla.

“Tenemos todo lo que está ahí”

Yo no le respondo de inmediato. Necesita mi ayuda y es capaz de decir lo que sea para que la asista en cargar su equipo de regreso a su base. No tengo razón alguna para creerle. Considero mis opciones.

Estos son muchachos mal armados. Si me paro en ese momento, podría desarmar rápidamente al muchacho que me está apuntando. Antes de que la chica pueda hacer algo, podría darle un golpe en la cabeza. La bulla de la pelea atraería al tercer muchacho, al que estaba empaquetando la radio. Para cuando llegue a la sala, ya habría desenfundado mi arma y lo esperaría listo para dispararle en la cabeza. Un arpón a través del ojo y dejaría de ser una amenaza.  Ni siquiera tendría la necesidad de desenfundar mi revolver y dispararle una bala, lo cual podría ser más efectivo, pero haría ruido y pondría más inquietos a los zombies que están al otro lado de la puerta.

No obstante, no me gusta matar humanos que no estén infectados. Lo siento incorrecto. Como si fuese una violación a mi especie. Después de todo, quedamos muy pocos humanos vivos. No tiene sentido que nos andásemos matando los unos a los otros.

Ella supone lo que estaba pensando.

“Tú eres un Caminante”, dice. “Tienen fama de ser rudos. De ser duros. Seguramente podrías atacarnos ahora mismo y deshacerte de nosotros. Lo sé. Por eso te estoy pidiendo ayuda. Por favor. Necesitamos que nos ayudes. No podemos dejar la radio aquí”

“¿Por qué no?”, pregunto. “Déjenla aquí, vayan a su base y regresen con refuerzos”

“Es demasiado valiosa. Nos costó demasiado ensamblarla. No somos muy tecnológicos. No como la gente en la colonia de la que vienes”

“Así que ustedes no son muy tecnológicos. ¿Cómo es que tienen lo que busco, entonces?”, le pregunto levantando la lista.

“Hemos estado acumulando cosas. Creeme. Tenemos todo lo que está en esa lista. Si no lo está, te lo conseguiremos”

“No tengo mucho tiempo. En cuatro días me van a recoger”

“No te preocupes. Nos tomará un día llegar a la base. Incluso menos, pero tendremos que quedarnos ahí la noche. No es seguro de noche en la ciudad, ya lo sabes. Si salimos ahora, llegaremos con tiempo de sobra. Durante la noche buscamos lo que necesitas en nuestros almacenes. Mañana podrías estar saliendo de regreso a tu escondite y esperar a que vengan por ti. Todos salimos ganando”

Me paro lentamente y me acerco a la ventana. Desde donde estamos se ve buena parte de Miraflores, el distrito en el que nos encontramos. El distrito en el que están todos mis refugios y mis escondites. No me gusta la idea de alejarme de ahí y adentrarme en la ciudad.

“¿En dónde está la base?”

“En San Borja”, responde. “Nos tomará menos de un día llegar ahí”

Me lo temía. Para llegar a San Borja tendremos que atravesar Surquillo, un distrito que antes de la plaga era bastante denso y que ahora es peligroso visitar. Aún hay zombies que se niegan a abandonar la zona a pesar de la horda que pasa por ahí cada cierto tiempo.  Además, dudo mucho que el trayecto tome menos de un día, como ella asegura.  Aún así, me llama la atención poder darle un vistazo a lo que sea que han estado acumulando, como ella dice.

“Está bien, te voy a ayudar. Pero quiero lo que está en la lista no va a ser suficiente. También quiero información”

“¿Información?”, pregunta ella sonriendo. “¿Qué clase de información? Tú eres Caminante. Seguramente sabes mejor lo que pasa en la ciudad que nosotros”

“Quizás. Pero eso es porque cada vez que puedo levanto un poco más de información. Y si voy a ir a tu base, es una oportunidad para enterarme mejor de cómo va las cosas. ¿Tenemos un trato?”

Ella duda por un instante. En ese momento aparece Carlos. Lleva consigo una mochila. Luego entra a la cocina y sale con otro paquete y luego con otro y otro. Ha desarmado la radio en cuatro partes. Yo debo cargar uno de esos.

“Era una radio grande, ¿no? ¿Necesitan tanto equipo para comunicarse con una base a dos distritos de distancia?”, pregunto.

“Ya te he dicho.  Nosotros no somos muy tecnológicos”, responde ella. En ese momento recuerdo que cuando vi por primera vez a estos muchachos, estos estaban trabajando en el techo del edificio. No habían escogido instalarse ahí porque creyesen que era seguro. Se habían instalado ahí porque era un edificio alto. Un edificio sobre el cuál pudiesen colocar una antena. Éste era un radio para hablar con gente en puntos más alejados, no con su base.

“¿Ya han hecho contacto con gente en otros lados?”, pregunto interesado. Comunicarse con colonias puede ser un gran avance. Ella se me queda mirando un instante y luego responde asintiendo con la cabeza. Esto es increíble. Hace años que no sé nada de gente en otros lados. “¿Qué tan lejos?”

“No lo sé. Miguel era el que estaba encargado de eso. Mi misión era solamente traerlo aquí y mantenerlo seguro”

No importa. Hoy en la noche estaría en su base y podría saber con quiénes se habían comunicado. Ése era el trato.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora