VI. Un lugar en el cual dormir

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VI.          Un lugar en el cual dormir

La verdad era que cuando estoy en la ciudad rara vez duermo.  Hacía falta estar muy cansado o con mucho sueño acumulado.  Lo que yo en ese momento necesitaba era descansar.  Echarme y relajarme.  Cerrar los ojos y distraerme un momento.

Es en esas ocasiones en las que repaso todo lo que puede salir mal y si hay algo que puedo hacer al respecto, lo anoto en una lista.  Después, si tengo tiempo al final de la semana, me encargaré de todo lo que está anotado ahí.

Para muchos podría resultar más estresante que relajante, pero lo cierto era que a mí me ayuda a conciliar el sueño.  Al final de una típica noche en Lima podía llegar a dormir hasta unas cuatro horas, no más.  Esa noche en especial, tomando en cuenta que había llegado tarde y que tenía que levantarme temprano para comenzar mi ruta, dormiría menos aún.  Pero no hay problema.  Es el primer día de mi visita a Lima.  Podía darme ese lujo.

Así que repaso todos los detalles que usualmente me preocupan y que debo hacer al día siguiente.  Todo lo que podría salir mal.  Todo lo que debería revisar.  Todo.  Y en algún momento del proceso, me quedo dormido.  Me despierta un aparato que tengo instalado en ese refugio.  Un pequeño artefacto mecánico. 

Se trata de un reloj despertador a cuerda.  Nada de pilas, nada de enchufes.  Un despertador de esos a los que hay que darle cuerda cada noche.  Claro que cuando lo encontré para despertar usaba unos martillitos que golpeaban a una especie de campanas ubicadas en la parte superior.  Era un sonido bastante fuerte el que emitía y de seguro me habría despertado en la ocasión más pesada.

Pero en Lima en esos días hacer bulla puede ser mortal.  No sabemos mucho del origen epidemiológico de la plaga que había generado que los muertos se levanten y quieran alimentarse de los vivos.  Pero una de las pocas cosas que sí sabemos es que a los zombies les atrae el sonido.  Un despertador así de potente podría atraer a una horda entera.  Y eso no es buena idea.

Cuando encontré ese despertador me emocioné realmente, porque cuando era pequeño mi padre me había comprado uno similar.  Estoy hablando de los tiempos anteriores a la plaga, cuando aún nos dábamos el lujo de tener cosas que no íbamos a necesitar.  En esos tiempos de despilfarro y abundancia. 

Mi padre me compró ese despertador cuando era pequeño, porque yo siempre llegaba tarde al desayuno para luego ir al colegio.  Era una especie de broma de su parte.  En las noches, cuando pasaba a darme las buenas noches, se aseguraba de que el reloj estuviese con cuerda y que fuese a sonar con suficiente tiempo. 

Cuando me mudé fuera de la casa de mis padres, varios años después, me llevé el despertador y lo puse en alguna de las cajas que tenía almacenadas.  Luego, cuando llegó la epidemia y todos huimos o nos resguardamos o lo que sea, empaqué varias cosas esenciales en una mochila, pero jamás pensé en el despertador.  No se me ocurrió que fuese importante.

Tiempo después, cuando estuvimos sobreviviendo de lo que encontrábamos me lamenté de no haber cargado con el despertador mecánico.  Así que cuando encontré uno parecido en una casa cercana a mis rutas en la ciudad me alegré muchísimo.

Lo modifiqué para que el martillito no chocara con las campanitas, de tal manera que no hiciera ningún sonido.  Lo que hice fue amarrarle una lana al martillito por un extremo.  Al otro le amarré un anillo de unos tres centímetros de diámetro.  Cuando duermo, meto el dedo a ese anillo.  Así cuando llega la hora de despertarme, el despertador sin hacer sonido jala el anillo, que a su vez tira de mi dedo.  Así es como me despierto en silencio.

La primera vez que lo usé me sentí bastante orgulloso de mí mismo.  Pensé en sacar el despertador de Lima, llevarlo para que todos los demás lo vean.  Pero después reconsideré.  Éste era su lugar.  Aquí, en el Refugio Principal.  Para esto fue pensado y aquí era donde debía estar.

Así que esa noche barrí el refugio un poco, para no dormir rodeado de polvo.  Luego coloqué el reloj encima de una caja de madera y finalmente me eché a descansar.  Aparentemente estaba más cansado de lo que creía, porque no tardé en quedarme profundamente dormido.  El movimiento del anillo me despertó.  Por suerte me desperté a la primera.

Me lavé la cara, me vestí y revisé mi equipo.  Ese día debía ir al primero de mis almacenes, instalado al otro lado del distrito, en donde guardaba todos los artefactos electrónicos que me solían pedir cuando era enviado a la ciudad.  Ahí cargaría varios de los artículos que se encontraban en mi lista.  Esperaba que estuviesen todos.

Si hacía buen tiempo en llegar hasta ahí y no me encontraba con obstáculos o con muchos zombies en el camino, podría regresar a tiempo para descansar aquí, en mi Refugio Principal.  De lo contrario tendría que pasar la noche allá, lo cual no me terminaba de gustar, porque el almacén no era completamente seguro.

Pero ni modo.  Si eso era lo que había que hacer, tendría que hacerlo.  Así que terminé de revisar mi equipo, lo guardé en la mochila y salí de ahí.  Rumbo al almacén.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora