VIII. El almacén tecnológico

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VIII.          El almacén tecnológico

Yo amo mi sistema de almacenes.  De hecho, estoy bastante orgulloso de él.  Si alguien me quisiese robar o apropiarse de mi operación no podría, porque no sabría en dónde buscar qué cosa.

Pero vamos por partes.  Primero lo primero.  Antes hay que entender que soy una persona precavida.  Cuando alguien me manda a la ciudad a arriesgar la vida y torear zombies para conseguir una batería específica para un artefacto en especial o para llevarles el repuesto que ellos necesitan, no arriesgo mi vida y toreo zombies para llegar a lo que solía ser una tienda de electrodomésticos o un depósito de esa clase de productos y recuperar solamente un ejemplar.  Por el contrario, cargo con todos los que pueda llevar.

Claro, cuando salgo de Lima y regreso a mis clientes solamente les llevo el que me pidieron.  Todos los demás que recuperé de la tienda o del depósito lo llevo a alguno de mis almacenes.  Ahí esperan a que me pidan otra vez el mismo modelo de lo mismo.  De esa manera, no tengo que regresar a arriesgar mi vida y torear zombies, sino que simplemente voy a mi almacén y extraigo un ejemplar más de eso que me están pidiendo.  Con suerte, se aburrirán de pedirme lo mismo y lo mismo antes de que me quede sin inventario.

Después de todo, no cobro barato por recuperar uno de esos cachivaches.

Ese día en especial estaba con suerte, porque la mayoría de pedidos eran tecnológicos, así que lo más probable sería que del almacén tecnológico saliese con la mochila medio llena.

Al igual que mis refugios, los almacenes están ubicados dentro de quintas o de vecindades.  No obstante, a estos almacenes no les adecúo rutas de escape, porque no quiero que algún otro sobreviviente por equivocación o por casualidad termine dentro de uno de ellos.  Para compensar esto, las puertas de ingreso suelen estar mucho mejor reforzadas.  

Esto no quiere decir que no tengan una puerta trasera de escape.  Todos mis almacenes tienen una.  Pero claro, también se encuentra reforzada.

El almacén de mis artefactos tecnológicos estaba un poco más adentro del distrito de Miraflores.  No lo suficientemente como para encontrarse en la zona peligrosa, pero lo suficiente.  Mi idea era alejarlo de las rutas usuales de los sobrevivientes que deambulaban por Lima por distintas razones.  Desde militares hasta aventureros.

Este almacén está a una cuadra de una avenida amplia, en una calle transversal.  Dentro de una quinta de unas pocas casas, una de las cuales era de tres pisos.  El anterior dueño de esta propiedad la había dividido para que cada piso fuese un departamento independiente con su ingreso por separado.  Yo me había agarrado el segundo piso para guardar cosas.

La ventaja de tener todo guardado en un segundo piso tenía que ver con el acceso.  Para llegar ahí había que hacer uso de una escalera exterior.  No obstante, yo había tumbado esa escalera y en su lugar había colocado una escalera de mano.  Los zombies no pueden subir escaleras de mano.

Aún así la puerta para ingresar al segundo piso estaba resguardada con varios seguros.  Los abro rápidamente e ingreso.  Y es que ya estaba oscureciendo y prefiero pasar la noche ahí adentro que en la calle.  Arriesgarme a regresar a mi refugio principal era demasiado peligroso.

Así que toco la puerta, espero y luego entro y cierro la puerta.  Por dentro le pongo todos los seguros que le había instalado cuando decidí colocar en este lugar mis cosas.  Después ingreso a ver el estado de todo.

Ahí, en el cuarto del fondo, están mis cajas con todo tipo de baterías, cables y demás cachivaches tecnológicos que suelen pedirme.  Rápidamente busco los ítems en mi lista.  Aquí lo tengo todo, menos dos artículos.  Mañana tendré que ir a lo que solía ser una tienda de tecnología.  Odio eso.  Pero ni modo, no me queda otra opción.

En otra habitación de ese piso tengo equipo por si alguna vez tengo que quedarme a pasar la noche ahí.  Como precisamente esta ocasión.   En una caja colocada contra una esquina tengo una bolsa de dormir y otras cosas.  Por ejemplo, un par de latas de comida.  Después de ese día de caminar de un lado para otro, ciertamente tengo hambre.  

Me siento en el suelo con la espalda apoyada a la pared.  Me entretengo un momento leyendo un libro que había dejado olvidado en ese cuarto la última vez que había pasado una noche ahí.  Cuando finalmente considero que ha llegado el momento de dormir, me echo en el suelo y cierro los ojos.

Por supuesto que me demoro bastante en conciliar el sueño.  Cuando estoy en Lima difícilmente duermo.  En su lugar me paso varias horas pensando en todo lo que puede salir mal al día siguiente.  Y es que ir a lo que era la tienda en la que podría encontrar lo que me habían encargado podía resultar muy peligroso.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora