IV. Un puente en el camino

1K 29 1
                                    

IV.          Un puente en el camino

Me quité la ropa mojada con la que había venido llegado.  Subí al techo de la casa y la colgué ahí.  Esperaba que para cuando regresara por ella se encontrase seca.  También dejé el bulto con el que nadé a la orilla y con el que tendría que nadar de regreso al bote de remos que me llevaría al velero.

Ese bulto no era muy grande, pero tendría que entrar todo lo que me habían encargado que consiguiese en Lima.  Si no entraba todo, tendría que conseguir un segundo bulto.  Pero de eso me preocuparía luego.  Por el momento mi siguiente preocupación debía ser llegar a un lugar en el que pudiese descansar unas horas.  Después de todo, había estado casi toda la noche despierto y al final había hecho un esfuerzo físico bastante fuerte para nadar del bote a la playa y luego para llegar corriendo de la Costa Verde al refugio en el que estaba en ese momento.

Necesitaba un buen lugar seguro para descansar.  Y tenía el lugar ideal no muy lejos de ahí.  Al otro lado de la Vía Expresa tenía otro refugio preparado para ocasiones como ésta.  Y es que no era la primera vez que llegaba a Lima y lo primero que tenía que hacer era descansar.  Donde estaba en ese momento podía servir, también, pero no era tan cómodo. 

Salí de la casa al pasillo.  Le puse el candado.  Luego caminé por el pasillo hasta llegar a la reja que llevaba a la calle.  Antes de salir me acomodé mi equipo.  Mi pistola, mi navaja, mi arpón, la mochila, el maletín.  Ahora las cosas eran distintas.  Si por casualidad se me cruzaba un zombie, podría hacer algo al respecto.

Salí a la calle y cerré la reja con su candado.  Luego comencé a caminar.  No había mucha luz, pero había la suficiente.  Tenía que cruzar al otro lado de la Vía Expresa, lo que implicaba tomar uno de los puentes que la pasaban por encima.  Para eso tenía dos opciones.  El puente más cercano era uno peatonal.  A quince minutos más de camino, sin embargo, estaba el puente que permitía a la avenida 28 de Julio cruzar la Vía Expresa.  Opté por caminar a ese puente.

Alguna vez quise usar el puente peatonal para ahorrar camino y terminé atrapado con zombies que bloqueaban ambas salidas.  Para poderme escapar tuve que descolgarme usando una de las columnas hasta abajo.  Y eso no ayudó mucho, porque los zombies se arrojaron a la Vía Expresa y varios de ellos continuaron su persecución desde ahí, lo que no me dio mucha oportunidad para huir.  Fueron unos minutos bastante tensos que no pienso repetir.  Así que el puente de la avenida 28 de Julio tendrá que ser.

Cuando llegué al puente me topé con un grupo de cuatro zombies.  Si quería cruzar al otro lado, tendría que deshacerme de ellos.

Podía dispararles desde donde estaba con mi pistola.  Con el pasar de los años había perfeccionado mi puntería.  No obstante, el sonido del disparo atraería a más muertos vivientes.  Y lo último que quería por el momento era eso.  Así que desenfundé mi otra arma.

Apunte con paciencia y presioné el gatillo.  No hubo sonido.  El mecanismo interno dependía de resortes.  Y lo que salió disparado no fue una bala, sino una vara de metal.  Yo los llamaba arpones.

Mi arpón atravesó al primer zombie en la cabeza.  Con esto, el cadáver cayó al suelo, inerte.  Una mancha de sangre viscosa se formaba en la pista.  Sangre contaminaba con el virus.  Sangre con la que tenía que tener cuidado.  No obstante, en ese preciso momento lo que más me preocupaba era que el sonido del muerto cayendo al suelo había llamado la atención de los otros tres. 

Lo mejor de los arpones era que se podían utilizar de nuevo.  A menos, claro, que chocaran contra algo de metal.  Así que luego podría recuperar cada uno de los que había usado, lavarlos, desinfectarlos y volverlos a usar otro día. 

Apunté de nuevo y disparé al segundo zombie.  Y luego al tercero.  Para el cuarto consideré acercarme y clavarle mi cuchillo, pero luego pensé que no hacía falta estar poniéndome en riesgo de esa manera.  Así que apunte y disparé otro de mis arpones.

Al cruzar el puente recogí los cuatro arpones que había disparado.  Se encontraban clavados en la cabeza de sus respectivas víctimas.  La sangre de zombie puede contagiar el virus Z, así que es un poco peligroso guardarlas con las demás.  Si me descuidaba podía contagiarme, así que en esos casos lo que hacía era meterlas en una bolsa de plástico que tenía reservada para estas ocasiones.  Ya luego las limpiaría para volverlas a usar.

Pasé al otro lado de la Vía Expresa y me introduje a la parte residencial que había antes de llegar a la zona comercial de Miraflores, más cercana a la avenida Larco.  Entre las casas había algunas quintas, una de las cuales yo había seleccionado hacía algunos años como uno de mis refugios.  A éste lo llamaba el refugio principal.  Éste era el más importante para mí.  Más que el refugio cero.

Aquí era donde podía descansar tranquilamente, con la seguridad de que los zombies no me molestarían.  Que no llegarían a mí.  Además, desde aquí era que planeaba mis movimientos.  Aquí era que tenía los mapas y los planos y todo lo demás.  Si la horda pasaba alguna vez y entraba este refugio y destruía todo, estaría en serios problemas.

Requiem por LimaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora