10. ¿Quieres tener gatitos conmigo?

127 26 11
                                    

Reik

Otra vez en la oficina de la presidenta estudiantil, otro día haciéndome el idiota. Sonreír como estúpido me irrita tanto, se me va a acalambrar la boca. Mantengo mi sonrisa esperando a que Melinda me diga cómo es que llegó esa cámara a sus manos ¿Podré quitársela si me abalanzo sobre ella? No, no creo, me descubriría. Aunque es probable que ya lo haya hecho, porque su curiosidad por ver esa filmadora, seguro es enorme.

—¿Cómo la consiguió? —insisto.

—Por ti, Reik, cualquier cosa. —Suspira.

—Qué amable. —Intento agarrarla, pero pone la mano primero.

—Ya castigué a Alana, no te preocupes, está corriendo en el patio y por el bien de la trama se quedará en la academia, para que la vigilemos.

—Creí que si ella les entregaba la cámara no la obligarían.

—Por eso, por el bien de la trama. —Mantiene su sonrisa—. Y porque soy traicionera y maldita.

—Ay, qué gracioso.

—No es chiste. —Se acerca a mi rostro y agradezco tener una mesa que nos separe, porque seguro se me tiraba encima—. Yo siempre consigo lo que quiero.

—¿Y qué quieres?

No debí preguntar eso, pero debo parecer tonto.

—A ti, tontito. —Hace una risita.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Claro, bebé.

—¿Vio el video? —indago.

—Jamás, yo respeto tu privacidad. Bueno, más o menos. —Rodea la mesa y ahora sí se encuentra cerca—. Pensaba, ¿eres un niño bueno en realidad?

¡Agh, sí lo vio!

—Yo... —Debo fingir hasta las últimas consecuencias—. Estaba actuando una película. —Me hago el avergonzado.

—Ah, ¿sí? —Se sienta sobre mí—. Cuéntame más. —Desata mi camisa y se pone a besar mi cuello.

—¡Espera! —La agarro de los hombros, apartándola un poco—. Yo... —Tengo que actuar mi mejor carta—. Yo nunca he estado con nadie. —Continúo fingiendo timidez—. Enséñame.

Su cara se vuelve por completo roja.

Cayó, la engañé.

—Sí, sí, claro. —Pone las manos en sus mejillas—. Iré a prepararme. —Se va corriendo.

¡Es mi oportunidad!

El viejo truco del virgen curioso nunca falla, hace que se vayan a arreglar y yo pueda escapar.

Tomo la cámara, voy hasta la puerta, pero está cerrada ¡Maldición! Entonces será por la ventana. Me cuelgo la filmadora al cuello y salto. Visualizo a Alana corriendo en el patio y ambos gritamos, así que la comienzo a perseguir.

—¡Deja de seguirme, acosador! —grita.

—¡¿Por qué le diste la cámara a Melinda?! —me quejo.

—¡Quería salvarme, pero no lo logré!

—¡¿Por qué estás huyendo de mí?! —cuestiono.

—¡Porque estás loco!

—¡Regresa aquí, Alana Whitmore, vamos a hablar! —insisto.

—¡No quiero, no voy a tener gatos, los odio!

—¡¡No te metas con los gatos!! —Me indigno, así que hago un salto y me tiro sobre ella, por lo tanto rodamos en el pasto, hacemos unas cuantas vueltas hasta que le pido en alto—. ¡¡Ya quédate quieta!!

—¡¡No!! —grita debajo de mí—. ¡¡Qué no quiero gatos!! —Me pega varias veces.

—¡¿Qué tienes contra los gatos?!

Se arrastra en el suelo, apartándose de mi cuerpo, se mantiene sentada y una luz, que sale de la nada, la alumbra.

—Un día, uno me rasguñó y me rompió la uña, desde ese día juré venganza por mi uña perdida —expresa muy seria y lloriquea—. ¡Mi uña! —Dramatiza.

—Cállate, ahuyentas a los lectores. —Miro al cielo—. Y apaguen esa luz, esto es una novela no una obra de teatro.

Se apaga el foco que alumbra a Alana y ella se mantiene sentada a mi lado, luego suspira.

—Está bien, me rindo ¿Qué quieres? —Bufa—. Ya tienes mi cámara.

—No sé —confieso, entonces observo al suelo, confundido—. Es la primera vez en mucho tiempo que actúo como yo mismo.

Enarca una ceja.

—¿De qué estás hablando?

—Alana, ha sido divertido perseguirte —declaro y me río—. Perdón, eso no ha sido muy sano de mi parte.

—¿Por qué te disculpas? Eres un chico malo.

Frunzo el ceño.

—No me encasilles en un estereotipo, estoy en pleno desarrollo de personaje.

—Lo siento, es la envidia. —Se ríe, algo avergonzada—. Es que no tengo una etiqueta definida y no sé qué hacer. —Hace puchero—. No quiero ser un personaje plano.

—No creo que lo seas, pero de todas formas, ¿para qué quieres una etiqueta? Eso es más plano todavía.

Suspira.

—Tienes razón. —Mueve su vista a mirarme fijo—. Dime ¿Y ahora qué? ¿No me vas a perseguir más? —consulta.

Alzo una ceja.

—¿Por qué no iba a hacer eso? Literalmente acabo de confesarte que cuando estoy contigo puedo ser yo mismo.

—Eso sonó muy cliché y apresurado de tu parte.

Bufo.

—¿Qué quieres que haga? Ya tengo la cámara, no tengo otro propósito hasta que Vidavirix me lo invente.

—Creí que tú creabas tu desarrollo.

—¡Cállate! —le grito y se sobresalta—. Escúchame. —Bufo—. Este capítulo ya se extendió, así que hagámosla corta. —Tomo sus manos—. ¿Quieres tener gatitos conmigo?

—¡No!

—¡Sí!

—¡Ándate a la con... —Su boca se cierra, luego se queja—. Maldición, no puedo decir malas palabras en un libro sin advertencias. 

Academia de locasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora