Sinsajo Herido

By TallerDeLuzArtesana

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Katniss y Peeta ya son marido y mujer, van juntos al Vasallaje de los Veinticinco y enfrentan la muerte una v... More

Nota de la Autora
Capítulo 1: Aliados.
Capítulo 2: Tenemos Nuevos Aliados
Capítulo 3: Mutos
Capítulo 4: Tic-Tac, Esto es un Reloj
Capítulo 5: ¿Qué Rayos Pasa Aquí?
Capítulo 6: Besos y Pasión en la Arena.
Capítulo 7: Yo te Necesito...
Capítulo 8: El Rayo
Capítulo 9: En Recuperación y Adaptación
Capítulo 10: Alma Coin
Capítulo 11: Fugitivos
Capítulo 12: ¿Qué fue de ti...?
Capítulo 13: Gale & Madge
Capítulo 14: Cenizas, Silencio y Desolación
Capítulo 16: Distrito 8
Capítulo 17: El Sinsajo
Capítulo 18: ¡Estás Vivo!
Capítulo 19: ¿Qué te han hecho?
Capítulo 20: Segunda Fuga
Capítulo 21: Problemas y Rescate I
Capítulo 22: Enjaulada en el 13
Capítulo 23: La Advertencia
Capítulo 24: Rescate II
Capítulo 25: Escape en Llamas
Capítulo 26: Tú Saltas...
Capítulo 27: La Revelación
Capítulo 28: Prisionera
Capítulo 29: ¡Lo Pagarás...!
Capítulo 30: Sinsajo Herido
Capítulo 31: Boda
Capítulo 32: Rumbo al Capitolio
Capítulo 33: Escuadrón 451
Capítulo 34: ¿Real o No?
Capítulo 35: Atrapados
Capítulo 36: Quédate Conmigo
Capítulo 37: Peeta vs Gale
Capítulo 38: Fuego Cruzado
Capítulo 39: Dudas
Capítulo 40: La Ejecución
Extra + Agradecimientos

Capítulo 15: El Recuerdo de Rue

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By TallerDeLuzArtesana


Una fina y fresca lluvia de verano comenzó a caer mientras avanzábamos por un extenso maizal. Llegamos al Distrito 11 luego de seis días de largas y agotadoras marchas, pero nos detenemos cada vez menos. Johanna está bastante mejor, digo, físicamente. Debo admitir que Finnick y yo también hemos recuperado la resistencia física de la que hacíamos gala en el Vasallaje, la que parece haber retornado a nuestros cuerpos. Ahora bien, nuestras mentes siguen embrolladas y, dormidos o despiertos, nos juegan malas pasadas cada tanto, nos atormentan con pesadillas o nos empantanan en confusiones.

Gale también es fuerte, ha entrenado en el 13 y es resistente al cansancio. Ya era un chico fuerte incluso antes de trabajar en las minas. Supongo que también nos ayudó mucho a todos darnos una buena ducha, dormir en camas blandas y limpias, además de cenar una comida decente: sopa hecha con los huesos y vegetales, más pescado con ensaladas. Un real banquete, la única comida "de casa" en largo tiempo. Después cada uno eligió dónde dormir, yo subí y ocupé el cuarto de Prim por el desorden que había en el mío (y porque siento como si me hubieran vulnerado, siento que mis cosas están contaminadas por las garras del Capitolio); Johanna se adueñó de la cama de mi madre y Finnick durmió en el cuarto de huéspedes mientras Gale hacía el primer turno de vigilancia en el sofá de la sala. Tres horas después, cerca de las dos de la madrugada, me desperté gritando con una maldita pesadilla. El rayo le daba a Peeta, paralizándolo,  Finnick intentaba revivirlo al principio, masajeando y haciendo respiración boca a boca, pero se daba por vencido... muy pronto para el caso."Lo siento, Katniss, ya no hay nada qué hacer", me decía pero su voz era burlesca. Entonces le apretaba el cuello con ambas manos, ahogándolo, los ojos de Peeta se desorbitaban mientras se ponía morado. "¿Qué haces?", le gritaba yo y al mirarme, ya no era Finnick Odair sino el Presidente Snow. Se reía a carcajadas como un demente. Yo me abalanzaba sobre él e intentaba tomar mi arco y flechas pero nuestros aliados se habían convertido en agentes de la paz que me arrastraban a tirones mientras yo forcejeaba por liberarme. Desperté empapada de sudor, remecida por Gale, que ya le había entregado el turno a Johanna, decidí acompañarla un rato ya que me costó volver a dormirme.

Nos trajimos algunas cosas que nos fueran útiles y livianas de transportar en las mochilas y mi viejo bolso de caza. Cubiertos, una sartén, una cacerola pequeña, conservas, algunas medicinas, vendas, jabón, calcetines de repuesto. Gale y yo revisamos la casa de Haymitch y le sacamos una botella de licor blanco, no para beberlo si no como desinfectante de heridas, además de un par de chalecos y un morral. Mis aliados revisaron la casa de Peeta, trayendo más cuchillos. Yo no fui capaz, no pude entrar, era demasiado doloroso, no sé si habría podido manejarlo. Puede que acabara arrodillada en el suelo, llorando aferrada a una prenda de mi amado chico del pan... como le ocurrió a Gale con el vestido de Madge. Finnick ha llorado todas las noches mirando una foto de Annie que lleva consigo. Y yo hago lo mismo, lloro por Peeta al acostarme, haciendo rodar la perla y mirando el anillo fundido entre mis dedos. Gale es menos dramático que Finnick y yo pero también lo he visto derramar lágrimas silenciosas. Johanna es la única que no llora y se enfada con nosotros por hacerlo. 

- ¡Basta de lloriquear! ¡Menudo trío de llorones están hechos! -nos reprocha de mal modo- ¿no ven que Snow les quita sus seres queridos precisamente para hacerlos sufrir? Lo que quiere esa maldita rata es desmoralizarlos y ustedes lo están complaciendo -nos regaña cada vez que nos descubre con los ojos llorosos.

Tiene razón. Durante seis días hemos estado caminando del 12 al 11 siguiendo una línea paralela a la vía férrea pero siempre entremedio de los árboles o la vegetación para no ser descubiertos. Nos seguimos turnando para dormir y vigilar, de día y de noche; sin embargo, nadie parece seguirnos... y eso es lo más inquietante, da para pensar. Si el Capitolio quisiera tomarnos prisioneros, le bastaría con mandar uno o dos aerodeslizadores y dejar caer la garra o una red (como cuando se llevaron a la chica avox pelirroja). Si nos quisieran muertos nos atravesarían con una lanza o nos lanzarían una bomba. O bien podrían habernos esperado con una emboscada en el 12 y habernos ejecutado ahí mismo. El Presidente Snow debe haber supuesto que en algún momento de sentimentalismo yo querría ir al 12, a mi hogar, y me mandó dejar aquella rosa nauseabunda como advertencia. Los agentes de la paz buscaban información sobre el 13 o los líderes rebeldes, que no encontraron en mi habitación ni en casa de Peeta ni de Haymitch. No me buscaban a mí precisamente, buscaban algo que me comprometiera con la causa rebelde, alguna prueba con que inculparme. Pero encontrar a Madge debe haberles parecido un botín igual o más valioso. Algo con que negociar y atraernos todavía más. Tal como dijo Coin, Peeta y Annie, y ahora Madge, son la carnada perfecta para llevarnos directo a una trampa. Snow no nos quiere muertos, no todavía... nos quiere vivos. Tal vez sólo me quiera a mí y no sabe que voy con mis aliados más Gale; aunque debe suponer que Finnick irá por Annie así como yo por Peeta. O quizás sí lo sabe, que no voy sola, tal vez sí nos han vigilado y seguido sin que nos demos cuenta. Si es así, dio en el clavo con llevarse a Madge, el señuelo para mi supuesto primo Gale. 

Johanna es la única que no tiene a nadie a quien rescatar. En un principio, me sentí muy agradecida que nos acompañara, arriesgando todo por nada a cambio, pensé que lo hacía por lealtad a Finnick. Hasta que me di cuenta que su objetivo es otro: matar a Snow. Bueno, tal vez yo le dispute ese privilegio.

El plan es llegar al Distrito 8 primero, abordando el tren, hacernos con uniformes de agentes, armas si es posible, mezclarnos entre ellos y llegar al Capitolio sin ser reconocidos. No es muy original pero es lo que hay. 

- ¿Podemos descansar unos minutos? Nosotras no tenemos las piernas tan largas como ustedes, chicos -protesta Johanna, cansada.

Me sumo al reclamo porque también me duelen los pies. Nos sentamos en medio de las matas de maíz dispuestas en hileras, la lluvia terminó hace una buena hora o más, apenas mojó la tierra y con el calor ya se ha secado. Al menos fue un respiro del calor sofocante y seco. Como debe ser hora de almuerzo, ya que nuestros estómagos rugen de hambre, nos damos un festín de mazorcas tiernas asadas al fuego; así guardamos la media docena de latas que rescatamos intactas en la despensa de mi madre para cuando las necesitemos en verdad. Esta vez no nos molestamos tanto en ocultar las huellas, tiramos las mazorcas roídas en donde caigan y sólo cubrimos con tierra la fogata para apagar las brasas y no provocar un incendio. Estamos ocultos en un enorme maizal, las puntas de las varas son incluso un metro más altas que Gale y eso es bastante. Johanna y yo llegamos apenas a la mitad de los tallos. 

Horas después el maizal se acaba, salimos con cautela y nos encontramos en una plantación de tomates, nada bueno porque con suerte las matas me llegan a la pantorrilla.

- ¿Y dónde está todo el mundo? -pregunto extrañada, recordando la gran cantidad de trabajadores agrícolas que vi en la gira.

- Tal vez los tengan en la plaza viendo alguna transmisión en las pantallas -dice Gale, aprovechando de cortar tomates a manos llenas.

- O Snow los mató a todos o bien están luchando o están muertos de miedo metidos en sus casas -añade Johanna sacando más tomates.

Recorremos con prisa la plantación, nos sentimos demasiado expuestos aquí. Por suerte, unos veinte metros más allá vemos árboles y muy frondosos. Son naranjos, cuyos frutos aún están muy verdes pero lo importante es que nos proporcionan sombra y buen escondite. Comienza a bajar el sol. Propongo acampar aquí en este huerto, ya que este distrito es enorme y todavía ni siquiera hemos divisado la estación de trenes. Cenamos tomates y un granso de los varios que hemos atrapado con nuestros arcos artesanales. 

Me subo a un naranjo con ramas firmes porque me toca el primer turno de vigilancia de la noche. Ahora Gale tiene pesadillas... genial. Estoy a punto de lanzarle un fruto verde para que se calle cuando su grito despierta y hace saltar del susto a nuestros compañeros. Johanna le gruñe malhumorada, rabeando por haberla despertado, y Finnick le da unas amistosas palmadas en el hombro. No son exactamente amigos pero al menos ahora se entienden el uno al otro. Cuando Gale se reacomoda vislumbro el brillo de la hoja metálica. ¿Ahora duerme con un cuchillo, como Haymitch? Vaya. Cuando termino mi vigilancia, sin novedades, le entrego el turno a Gale, que de todas formas seguía despierto mirando el diario de Madge o acariciando el trozo de tela amarilla. Me quedo arriba del árbol, se está bien aquí, estoy en una bifurcación de ramas que semeja un candelabro, igual me aseguro con la correa del bolso y me dispongo a dormir, esperando que las pesadillas no me visiten esta noche. 

Amanece, mis párpados aún están cerrados y mi mente aún embotada por el sueño, pero siento los tibios rayos del sol filtrándose entre las ramas y tocando mi piel.

- Psst, hey, psst... -creo escuchar que alguien me habla para despertarme.

Sin embargo, no reconozco esta voz, es algo infantil, como de niña, no es la voz de ninguno de mis compañeros; que por lo demás están abajo y el sonido vino de arriba mío. Cuando creo que es un sueño o una jugarreta más de mi mente, vuelvo a escuchar un "psst" con más urgencia y más fuerte, seguido de una melodía muy familiar. Es... es... ¡la melodía de Rue! la misma entonación y melodía. Despierto sentándome de un salto, la correa apretándome la panza me recuerda que estoy amarrada al árbol; miro para todos lados mientras me desato. Veo que mis amigos duermen rendidos en el suelo. Vuelvo a escuchar la melodía sobre mi cabeza y cuando estoy pensando que tal vez fue un sinsajo, entonces la veo, tres ramas más arriba y agitando su manita morena para saludarme.

- ¿Katniss? ¿Katniss Everdeen... qué haces aquí? -me pregunta como si quisiera confirmar lo que ven sus ojos.

Pero lo que ven los míos me ha dejado petrificada donde estoy y sin palabras ni aire en los pulmones. ¿Es posible que sea ella? ¿Estoy viendo un fantasma o una visión de mi confusa mente?

- ¿Rue? ¿E-eres tu-tú? -tartamudeo casi sin aire.

- Soy Daisy, hermana de Rue -me responde y siente que el aire vuelve a mis pulmones y el color a mi rostro -te pusiste pálida, siento haberte asustado.

- Es que me diste un buen susto -confieso- creí que eras...

- Creíste que era Rue, bueno, todos dicen que me parezco mucho a ella -dice como con orgullo del innegable parecido y vaya que tiene razón; el mismo pelo negro ensortijado, los mismos ojos café oscuros, la misma piel café sedosa y brillante- ¿Qué haces aquí y quiénes son ellos?

- Son mis amigos: Gale, Finnick y Johanna... vamos al Capitolio a rescatar a...

- ¿Al Capitolio... están locos? ¿Quieren que los atrapen y los maten? No sabes que hay una recompensa por entregarlos vivos a los agentes de la paz... pagan incluso por cualquier información sobre ti y tus aliados que escaparon del Vasallaje -me cuenta Daisy muy agitada.

- Sí, sabemos que es una locura ir al Capitolio, sabemos lo que quiere Snow... pero no tenemos otra alternativa -le contesto con resignación- ¿Sabes cuánto falta para la estación?

- Unos setenta u ochenta kilómetros, están muy lejos todavía... está para allá -responde indicando el norte.

Bajamos y despertamos a mis amigos, Daisy nos informa todo lo que ha pasado en el 11 desde que nos sacaron de la arena maldita del reloj. Levantamientos, muertes, castigos, ejecuciones, escasez de comida, vigilancia estricta en todo el distrito, enfrentamientos entre rebeldes y agentes; pero ninguno de los bandos puede proclamar la victoria ni la toma definitiva del distrito. A continuación, Daisy nos urge a salir del naranjal, pronto será la hora del riego y los trabajadores pueden descubrirnos; no todos son de fiar, si bien nadie quiere a Snow ni sus lacayos, la recompensa en dinero y comida por delatarnos ha provocado que la desconfianza se establezca entre vecinos que antes eran amigos, que den informaciones falsas de nuestro paradero acusando a inocentes de ocultarnos e incluso entregaron a las autoridades a una chica que sólo se me parecía en color de pelo y piel. Daisy nos guía fuera del huerto de naranjos, atravesamos una acequia y un camino de tierra, muy a lo lejos se divisa una mancha oscura que parece moverse y avanzar. Son trabajadores, las faenas van a comenzar. Nos adentramos en un fragante cafetal. "Mmm... ¡café! ¡qué daría por tomar una taza de café con leche y azucarillos!", exclama Finnick casi salivando pero no le hago caso; no me gusta, Johanna prefiere el té de jengibre de su distrito y Gale nunca ha probado el café aunque coincide que le agrada el aroma. "Ahora no, encanto, tenemos que salir rápido de aquí... otro día te tomas un café", le espeta Johanna agarrando a Finnick cuando se queda atrás mirando y olfateando los aromáticos frutos. Cinco kilómetros después llegamos a otro camino de tierra. 

Poco más allá del borde hay un grupo de chozas tanto o más miserables que las que había en la Veta. Daisy insiste en llevarnos a su casa, paupérrima como todas las demás, comentando que su familia y sus vecinos están a favor de la rebelión y que nos ayudarán de algún modo. Entramos en una choza de tablas en la que la luz del sol entra por las ventanas abiertas y se cuela el viento por las rendijas (e imagino que el frío del invierno también). Si no fuera por las ventanas y puerta abiertas estaría muy oscuro al interior. La madre, Ginger nos recibe cálidamente pese a su pobreza, nos sentamos en una banca a escucharla relatar las penurias que han pasado en el 11. Sin embargo, comenta que la mayoría de la población está con los rebeldes, sólo que tienen miedo de actuar e incluso de hablar. Le preguntamos si se sabe algo de nuestros seres amados; responde que no han dicho nada de ellos pero que el Presidente Snow aparece seguido en televisión llamando al orden y a no morder la mano que les da de comer. 

Sobre una repisa, veo una foto de Rue, junto a unas flores amarillas y azules, me paro a mirarla de cerca y siento que se me oprime el pecho. 

- Hiciste lo que pudiste, Catnip... no fue tu culpa -me consuela Gale, como si leyera mis pensamientos.

- A todos nos dolió su muerte, pero no fue culpa tuya -concuerda Finnick.

- Ustedes dos eran mi alianza favorita ese año... pero esas cosas pasan, desgraciadamente -señala Johanna.

- Por eso tenemos que ir al Capitolio y matar a Snow... no sólo para rescatar a Peeta, Annie y Madge, sino también por Rue, Thresh, Cinna, Mags, Seeder, Wiress, Chaff... se los debemos -concluyo secándome las lágrimas. 

Ginger nos ha preparado un café de cebada que es lo que toman ellos, también coloca en la tosca mesa un plato con panes en la forma típica de medialuna del distrito. Los rechazamos con cortesía, luego de haber escuchado y visto que están pasando tantas dificultades, aunque sí bebemos el café, cuyo sabor tostado me parece mejor que el tradicional. Los niños juguetean fuera de la casa con los del vecindario, todos descalzos y mal vestidos. Desnutridos. "¿No deberían estar los niños en la escuela?", pregunta Gale con suspicacia. Deben ser las nueve ya. "Últimamente ha habido enfrentamientos y han muerto niños por las balaceras... además, los aerodeslizadores del Capitolio bombardearon la escuela y algunos de los maestros fueron ejecutados en la horca acusados de incitar a la rebelión... los niños están mejor en casa, acá en las afueras no tenemos enfrentamientos como en el centro del distrito", explica Ginger con resignación. Decidimos irnos ya que los estamos poniendo en riesgo con nuestra presencia, pero ella y Daisy insisten que nos quedemos, que pensarán en alguna forma de sacarnos a escondidas hacia la estación de trenes. Entonces alguien más entra en la casa, un hombre muy fornido y alto que parece llenar la habitación, es tan grande que la choza parece verse todavía más chica.

- Este es Toll, primo de Thresh, él los puede llevar a la estación -señala Daisy, que había desaparecido momentos atrás.

Toll saluda con un gesto de la cabeza, que yo al menos respondo con timidez, intimida tanto como su fallecido pariente. 

- ¿Cómo podemos llegar más rápido a la estación? -pregunta Gale, saltándose las formalidades.

- Tengo una carreta grande, puedo llevarlos si no les importa viajar tapados de lechugas, tomates y mazorcas -responde con voz gruesa y grave. 

Acordamos partir en una hora, ya que el viaje es largo, un día si no nos detenemos por problemas como enfrentamientos o que los agentes de la paz decidan parar y registrar la carreta. Mientras tanto, descansamos en los dos únicos camastros donde duerme toda la familia de Rue. Me siento muy mal por Rue, por Thresh, por sus familias, sobre todo después de enterarme que desde el Capitolio les cortaron la ayuda económica, un mes de nuestras ganancias de tributos, ofrecida por Peeta en la Gira de la Victoria. Justo después que terminó el Vasallaje. Ya les debo bastante a los dos, para seguir recibiendo ayuda de sus familiares, que arriesgan el pellejo por ocultarnos. Con sólo mirar a mis compañeros, me doy cuenta que ellos también sienten algo parecido, estamos exponiendo a esta gente. Antes de partir, Ginger nos da un apretado abrazo, lo mismo Daisy. No tenemos dinero, pero les dejamos en su mesa las seis latas de conservas y cuatro gransos que Gale y yo cazamos ayer. Los necesitan más que nosotros. 

No sé en qué minuto me dormí, pero cuando despierto, creo que aún no ha amanecido y estoy toda acalambrada por tantas horas sentada sin poder moverme mucho, cubierta de lechugas y tomates. Johanna maldice y los chicos también se quejan de miembros acalambrados y dolor de espalda. No ha sido un viaje agradable, pero ya estamos llegando, escucho ruido de trenes y gente. Toll habla con alguien más mientras sentimos que detiene la carreta. Luego ésta vuelve a moverse y se estaciona al parecer en un patio interior de la estación, por lo que logro ver a través de una rendija entre las tablas. Minutos después siento que están descargando los vegetales que nos cubren, espero que Toll sepa lo que hace y que no quedemos a merced de soplones o agentes. Cuando nos quitan toda la verdura de encima, lo primero que veo es un agente de la paz. Oh, oh. 

- Tranquila, Katniss, soy del 13 y estoy infiltrada, los ayudaré a subir al tren -dice una voz femenina y cuando se saca el caso veo una chica poco mayor que yo, dieciocho a veinte años, pelo rubio rojizo y con pecas que me ofrece su mano para poder levantarme. 

Desconfiamos al principio hasta que me dice que me vio esconder el cuchillo en mi manga cuando ambas estuvimos ayudando en el turno de cocina pero no me delató; también señala haberme visto sentada con mis aliados en el comedor y que mi compartimento es el 307 y el suyo es el 314, en el mismo pasillo. Mientras yo no recuerdo ni remotamente haberla visto, Gale la reconoce de sus entrenamientos militares y la chica le sonríe y se ruboriza, parece que le gusta mi amigo a Molly, que así se llama la soldado infiltrada. Gale y yo preguntamos por nuestras familias, ya que nos preocupa que hayan sido culpadas de nuestra huida, que piensen que nuestras madres y hermanos están involucrados en el escape. Manifiesta que hubo dudas al principio pero no las/los interrogaron ni encarcelaron, se dieron cuenta que no tenían ni idea de nuestro plan. Sin embargo, no serán tan indulgentes con nosotros por desobedecer a Coin y negarnos a colaborar con ella y Plutarch. Éste último tuvo que dar la cara por nosotros ante las autoridades del 13, ahora está muy enojado conmigo y mis aliados por dejarlo mal parado. Lo único que nos exculpa es el informe médico del doctor Pott y su superior, el doctor Aurelius, un psiquiatra o médico de la cabeza muy experimentado en casos de conmociones, traumas y confusiones mentales. Según ellos, estamos los tres (Johanna, Finnick y yo) tan mal de la cabeza, que somos capaces de cometer locuras como fugarnos. En cuanto a Gale, cree que lo juzgarán en el tribunal ya que no tiene cómo justificar su conducta, al comienzo él vino sólo por la vieja amistad que tenemos... hasta que se enteró que Madge estaba viva y ahora prisionera. 

- Yo no pienso volver a ese apestoso agujero de topos... para que más encima me juzguen en su tribunal -declara Johanna muy decidida.

- Ya que lo mencionas, creo que yo tampoco volveré cuando rescate a Annie... volveremos a nuestro distrito, no tengo nada que hacer allá, no tengo a nadie -expresa Finnick.

Para Gale y para mí es más complejo. Yo me iría feliz de la guarida de Coin, sé que a Gale tampoco le gusta estar encerrado bajo tierra, pero la pregunta es ¿adónde iremos después del rescate? Intercambio una mirada con mi compañero de caza y sin hablar, sé lo que piensa: lo mismo de la mañana de mi primera cosecha. Huir a los bosques. Gale con Madge y yo con Peeta. Ahora que nuestras familias están a salvo en el 13, podríamos desaparecer en los bosques, pero primero debemos cumplir nuestra misión, rescatar a quienes amamos y convencerlos de ir. No sé si lo último será tan fácil. 

- Tienen que volver al 13, para apoyar la rebelión, Coin los necesita, nosotros los necesitamos junto a nosotros en esto -exclama asombrada Molly como si no pudiera creer que Finnick y Johanna no piensen volver-. En el Distrito 8 los está esperando el coronel Boggs, repórtense con él en cuanto lleguen allá -señala mientras subimos a un vagón con sacos de verduras.

Cerramos la compuerta corrediza del vagón y nos acomodamos mientras el tren se pone en marcha.



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