Capítulo 16 - CÓMO CONOCÍ A VUESTRA GORDA IV

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EXTRAÑO EN MI PROPIA CIUDAD

Crucé la sala entera y os puedo asegurar que no exageraba cuando antes os dije que aquello parecía el mismísimo palacio de Jabba el Hutt pues, al igual que sucedía en éste, Arena estaba copado hasta los topes por criaturas grotescas y extravagantes que no hacían más que observarte con semblante intimidatorio. Deseaban mi culo, sobre eso no podía caber ninguna duda. De camino hacia los servicios me pareció ver cómo un jambo le comía la polla a otro mientras que éste se tomaba un pelotazo en la barra casi sin inmutarse. Aparté la vista. Luego pasé entre medio de dos parejas de mariposones vestidos de cuero que bailaban muy despacio, agarrándose los culos con firmeza y mirándose a los ojos en plan obsceno. Volví a apartar la vista. Los servicios no hacían distinción entre hombres y mujeres, pero más que nada porque uno no podía estar seguro de que aquella discoteca albergase mujeres de verdad. Una vez allí esperé a que se abriera la puerta de alguno de los retretes puesto que no tenía ganas de acercarme a los urinarios y darles la posibilidad a los bujarras de pillarme desprevenido con el pantalón desabrochado. Pensé en cuánto cariño le debía aquella noche a mi cinturón.

Durante el tiempo que estuve esperando mi turno procuré mirar fijamente hacia un punto fijo entre las baldosas de la pared por tal de parecer mongólico y que los tíos que iban y venían me obviasen como cuando uno entra en una discoteca en la que sólo hay gordas y dice: 'Vámonos, que aquí no hay nadie'. La puerta del retrete que tenía justo enfrente se abrió y de allí dentro salió una extraña chica mulata, demasiado alta como para ser una mujer corriente y con los brazos demasiado musculados como para no ser una yonqui... ¿sería una modelo-yonqui como Naomi Campbell? La chica se detuvo un momento frente a mí y me sonrió, yo le devolví la sonrisa y procuré cerrarle la puerta en las narices con un violento portalazo, más que nada para que no fuera a hacerse ilusiones de ningún tipo. Supongo que debió quedarle claro que con mi culo no tenía ninguna posibilidad. Lo primero que hice fue echar el cerrojo, luego ya me dispuse a mear y mientras lo hacía volqué la cabeza hacia atrás del gustazo que me estaba dando desaguar el Yang-tsé. Entre tanto me pegué un solemne peazo, en plan cremallera, tan tonto que me dio por reírme sin más, como si fuese un completo estúpido.

Mirando el techo me di cuenta de que iba un poco cegarruto, y no era de extrañar pues prácticamente aspiré el primer cubata al que me había invitado el maricón moreno. En cuanto cerré los ojos para disfrutar el momento me percaté de que les estaba escuchando gemir y suspirar por todas partes; aquello más que un aseo parecía un tétrico bosque embrujado habitado por almas en pena que aullaban estridentes pretendiendo que me asustase. El cálido clímax de la micción desapareció y entonces comencé a sudar. Los demás retretes debían estar ocupados por parejas o grupos de homosexuales que se ponían a copular desenfrenados, amparados por el prudente claustro de aquellos lúgubres servicios que olían a orín y a sucia desvergüenza... los amortiguados golpes de las reiteradas envestidas tronaban como si sonasen tambores de guerra entre gritos de los indios apaches. Creí estar viviendo un auténtico mal viaje.

¡Qué cabrones! Yo llevaba como tres meses saliendo con la gorda de las galaxias y lo único que había conseguido hasta la fecha fue hacerle un miserable dedo. Tenía diecinueve años y seguía siendo virgen mientras ellos se estaban poniendo hasta el culo –sin metáforas– de follar tanto como querían.

'Si fuese maricón ahora mismo estaría poniéndome las botas' –Pensé, pero echarle un vistazo a mi pequeño amigo Ed en completo estado de flacidez me devolvió la calma. Aquella vez me alegré de que permaneciese estoico.

Eran cerca de las tres de la mañana y estaba aburriéndome como una ostra, así que me propuse a mí mismo que en cuanto saliese del baño bailaría un rato más, procurando aprovechar el momento para buscar nuevas escenas de lesbianismo gratuito y bollería industrial con las que deleitarme. Después ya volvería a casa para cascármela tranquilamente y olvidar así todo lo sucedido.

Salía del aseo subiéndome la cremallera del pantalón cuando un notas que llevaba gafas de sol y la camisa abierta hasta el ombligo se me acercó peligrosamente, como cuando sales del metro entre apretujones. El pavo debía ser argentino o uruguayo porque no sé qué me dijo acerca del dulce de leche. A ese ni me molesté en sonreírle, comenzaba a estar hasta las pelotas. Avancé impertérrito y al volverme advertí que el argentino uruguayo se me había quedado mirando la contraportada. Allí no buscaban pegarte una paliza por listo... sino petarte el culo, por lo visto. Me hizo gracia mi propia reflexión. Las candentes y desconcertantes luces rojas, la densidad del humo de los cigarrillos, la marabunta de maricones... el ambiente era hostil y me sentía como un vulgar Jim Morrison puesto de peyote hasta las pestañas.

'Stranger in my own home town' que cantaría Elvis, y es que no tuve que alejarme mucho de mi pueblo para encontrar un lugar en la capital que era como desplazarse hasta los confines más alejados de nuestra galaxia.

Todo era tan distinto...

Abriéndome paso entre aquella aglomeración de bujarronas bailongas traté de regresar hacia donde se encontraban Sebo la gorda y sus maricones, pero por desgracia me despisté un momento mientras observaba a unas pavas que bailaban sobándose las tetas y cuando quise darme cuenta resultó que me había perdido. Encontré unas escaleras frente a mí y en mi enajenación alcohólica creí que sería buena idea bajar por ellas, eso sí, procurando no pisar a los maricones babosos que estaban comiéndose las bocas al ritmo demencial de la música. Cerré los ojos para no mirar y fui soltando patadas a diestro y siniestro por tal de apartarlos de mi camino.

La luz escarlata desaparecía en una especie de corredor que se iba oscureciendo a medida que te adentrabas en él. Descansé mi mano sobre la pared y me detuve un segundo para tratar de orientarme, entonces recordé la charla con la que horas antes me habían ilustrado los amigos maricones de Sebo la gorda.

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MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora