Capítulo 19 - SALVADOR Y DROGODEPENDIENTE I

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Vida y milagros

Jesucristo –que nació en casa de su abuela Casimira porque su madre cumplía condena en presidio acusada de un delito de sedición– se pegó la vida padre viviendo sin dar palo al agua hasta los treinta ya que dedicó la mayor parte de su juventud a estudiar programación de sistemas, tratando siempre de postergar el ponerse a trabajar aludiendo que aún no había terminado la carrera y que necesitaba emplear todo su tiempo libre estudiando para sacar buenas notas en lugar de buscarse un curro por las mañanas como hacía todo el mundo. Sus padres estaban muy orgullosos de él puesto que en Nazaret no había nadie más que estudiase informática, y ya de aquellas se decía que sería el empleo del futuro; además, teniendo en cuenta que su madre era ex convicta y su padre ejercía la prostitución en saunas greco-romanas digamos que, el que Jesús hubiese accedido a la universidad ya podía considerarse un verdadero milagro.

Como apenas comía, Jesucristo físicamente estaba hecho un adonis y, como además era tan perro que hasta le daba palo afeitarse, lucía unas greñas y un barbastro en plan Jim Morrison que le hicieron ganarse fama de semental entre las chicas del campus norte. Con los años aprendió a aprovechar su ponzoñoso aspecto de hippie roñoso-calimochero para fumar, beber y comer por la patilla gorreándoles tabaco, acerbeza y bocadillos de fuagrás a las jovencitas universitarias que besaban los vientos por él y que le consentían todos sus caprichos por tal de que les cantase a la guitarra alguna canción cumba erótico-festiva de las suyas.

Bien de todos es sabido –y si no lo sabíais pues ya os lo digo ahora– que los treinta son una muy buena edad para los varones, y es que el espectro de acción en cuanto a posibilidades para seducir a las féminas resulta ser el más amplio de toda nuestra vida, abarcando desde las pasionales y cándidas chicas de veinte hasta las experimentadas y voluptuosas mujeres de cuarenta años. Todo un lujo del que Jesucristo había disfrutado tanto que, después de follarse a la mitad de las tías oriundas de su comarca y aledaños, jincar se la traía al pairo completamente; cierto es que lo había petado muchísimo.

Como no tenía nada mejor que hacer y sus colegas estaban todos trabajando, el muy vago se quemaba las mañanas saliendo a pasear con la bici, echándose unos largos en la piscina municipal o contando las nubes al pasar tirado en el césped del campus norte mientras se fumaba un ruso. Por las tardes salía al bosque para talar madera pues llevaba varios meses tratando de confeccionar un ordenador portátil hecho con roble y abedul que le permitiría jugar al Cobra Mission en disquetes de 3'5". Imagino que ahora puede sonar un tanto estúpido, pero en su momento fue uno de los juegos más codiciados por los usuarios.

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El invidente perverso

En las primeras navidades que celebró junto a su familia adoptiva los reyes magos le concedieron a Jesús el don de la visión tridimensional, unas gafas de rayos gamma y un fonendoscopio que le permitiría medirse la presión arterial en cualquier parte. Una tarde, mientras se tomaba la tensión en el descampado donde solían montar la carpa del circo americano, un tipo con bigote que se hacía pasar por ciego le condujo hasta una lóbrega cueva asegurándole que había encontrado un castor albino con orejas de mastín. Jesucristo, que a su edad todavía era un inocentón para esas cosas, cayó en la trampa de Lázaro el Lupas, un maricón cegato y de provincia que al conocer su potencial de atracción entre las muchachas pretendía engatusarle para amagarse con él en la cueva y convertirle a la ya entonces multitudinaria religión del cucumber-love. Gracias a las gafas de visión gamma Jesucristo pudo descubrir el pastel antes de que el maricón invidente, teniendo ya la túnica por los tobillos, se la pudiese meter doblada. Jesús lo neutralizó al propinarle un poderoso bofetón que le hizo saltar los ojos muertos de las cuencas al bujarra.

– ¡Aaaarghh! ¡AAARGH! –Bramó el maricón mientras palpaba el suelo tratando de recuperar sus globos oculares.

– ¡Venga maricón! –Le gritaba–. ¡Levántate y anda... so hi-jo de la gran puta! –Se reía el condenado Jesús, que tenía mala virgen porque estaba hasta los huevos de girarse cada vez que alguien estornudaba.

– ¡Me cago en tu vieja la cangreja! ¡Me las pagarás sangrando por el ojate! –Le amenazó el bujarra, pero sus palabras no llegaron mucho más lejos porque Jesucristo aprovechó el momento en el que Lázaro estaba agazapado para soltarle una tremenda patada voladora en los cojones que provocó una repentina e inusitada reacción: el maricón se retorció sobre sí mismo revelando una mueca de agonía en plan corquichuelo poco antes de estallar tal como si fuese una prostituta afgana de las que revientan con un bazocazo.

– ¡Por el amor de Flómar! –Exclamó el señor.

Confuso y sorprendido, Jesucristo había descubierto sin querer que los maricones –en este caso los invidentes– dependen por completo del líquido que almacenan en sus gónadas para subsistir.

La explicación es muy sencilla: Una vez se les revientan las pelotas éstos dejan de ser útiles en su cometido y desde el 'Consejo general de maricones del espacio' los autodestruyen repentinamente para que no quede ni rastro de sus inservibles cuerpos. Sí amigos, los gayerrestres nunca se respetaron ni tan siquiera entre si pues son incapaces de sentir la más mínima empatía hacia sus propios congéneres; toda su vida se basa en la competición y bien podría considerarse que ellos mismos son a la vez sus peores enemigos.

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MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora