Capítulo 02 - RESCATADORES EN MARICOLANDIA

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Corría agotado campo a través tratando de escapar de una jauría de pastores alemanes que ladraban furiosos en su idioma natural cuando de pronto escuché como si alguien estuviese golpeando un plástico rígido repetidas veces con los nudillos. Entonces caí en la cuenta de que sólo estaba soñando. Ya no necesitaría continuar huyendo de los perros rabiosos de los cojones aunque la confortable oscuridad que preservaba mi sueño onírico terminó por degradarse, siendo absorbida en un fulgurante y cegador campo de luz que se extendía alrededor de mí, adueñándose del sosiego en el que me encontraba inmerso. Pronto me inundó la sospecha de que probablemente todo aquello no estuviese sucediendo en mi habitación, puesto que mi almohada tenía tacto como de plástico empapado en aceite de oliva y olía extrañamente a pollo frito y a caldo de puerros. Poco después traté de abrir los ojos para tomar conciencia del lugar en el que me encontraba pero no fui capaz de separar los párpados, parecían pesar más de media tonelada cada uno.

Tanta claridad me deslumbraba y los ojos me escocían tal como si me hubiese dormido en medio del desierto con las lentillas puestas e impregnadas en tabasco. Sentí mi cuerpo dolorido, sobre todo por la zona de las lumbares; aquella peste hedionda que se agudizaba por momentos me desconcertó y tenía ganas de incorporarme para poder salir de allí. Lentamente comencé a recuperar el sentido de la escucha, lo primero que percibí fue el sonido de unas monótonas sirenas de coches patrulla que se iban apaciguado; luego el batir de las aspas de un helicóptero que sobrevolaba el vecindario y que se perdían ahora en la distancia; comunicaciones por radio cuyo contenido era indescifrable se alejaban del lugar y el alboroto del tráfico retomaba su rumor habitual evocando una vez más la atmósfera propia de la urbe.

Fue entonces cuando recordé que justo antes de acostarme trataba de escapar y también que terminé saltando al vacío igual que en una de esas trepidantes películas de acción de la Cannon. Visualicé el momento de la caída y llegué a la conclusión de que debía haberme quedado dormido en el mismo contenedor de la basura que sirvió para amortiguar el golpe, así pues era lógico pensar que aquello que estuve abrazando y babeé mientras dormía no podía ser mi almohadón... sino una bolsa impregnada en vómito con desperdicios pestilentes. Caí en la cuenta también que estaba tratando de sonarme los mocos con una cáscara de plátano mugrienta y aceitosa en lugar de utilizar el pañuelo que creía sostener en la mano. Qué puto asco.

– ¡Está aquí, ya le hemos encontrado! –Confirmaba una voz que me era absolutamente desconocida.

El parpadeo intermitente de la luz reveló que me enfocaban con una linterna. Seguía sin poder abrir los ojos pero había que ser muy estúpido como para no darse cuenta de que el cuerpo de policía, o tal vez algo mucho peor, acababa de dar conmigo.

–Po... por favor... –Articulé retorciéndome.

–Tranquilo muchacho –Me habló la voz en un tono conciliador–. Avisaré a mis compañeros de la ambulancia y te sacaremos de ahí. Menuda hostia has debido darte ¿no?

–Sí –Le contesté dolorido–. A decir verdad... me duelen... hasta las... pestañas.

–Ja ja ja –Reía el desconocido–. Está bien hombre, pero procura no agitarte mucho no vayas a despertar a la rata negra esa que estás abrazando como si fuese un peluche.

– ¡Uaaargh! –Grité espantado.

– ¡Ja ja ja! –Rió otra vez–. ¡Que era broma joder, que no tienes ninguna rata peluda!

–Me cago en... tu puta... madre... mentiroso... ¡cabrón! –Espeté a duras penas.

– ¡Ja ja! Venga va... si es que estas cosas lo que necesitan es un poco de buen humor, hombre ¿O acaso no te gustan los chistes de negros? –Me dijo.

–Como... encuentre una rata... te la voy a meter... por el ojaldre –Le advertí.

– ¡Ja ja ja! –Reía a cada vez–. ¡Qué buen humor que gastas para lo pedrao que estás! Bueno primo, ha llegado la hora del analgésico. Tú tranquilo, que no te va a doler demasiado.

– ¡Uaargh! ¡Cabr...onees! –Grité.

Mientras el desconocido me palpaba la nalga –quise creer que con afán de hacerme un chequeo, por si tenía algo roto–, llegaron riéndose sus compañeros y yo me serené para no dar más la nota.

– ¡Eh, Revilla! –Comentaba uno de ellos–. ¿Has visto al Peana? ¿Te ha contado ya el chiste de las palomas?

–No, qué va... –Le respondió el tío que me enfocaba con la linterna–, pero viniendo del Peana me juego la polla a que es malo de cojones.

–Que no hombre, que este es buenísimo, te lo juro por tu madre –Continuaba–. Luego te vas a recepción y le pides que te lo cuente. Yo me parto la polla con el pavo ese.

–Sí, es que te meas de la risa con él –Añadió un tercero.

–Madre mía, ¡Anda que venís vosotros con muchas ganas de currar, peazo de holgazanes! –Les dijo el de la linterna–. Sujetadme aquí, que vamos a tratar de sacarlo.

Entre tanto forcejeo pude escuchar cómo andaban trasteando lo que parecía ser una maleta o un botiquín con instrumental clínico. Luego me bajaron un poco los pantalones y, tras contar despacio hasta tres, terminaron clavándome una inyección en el culo con una aguja que parecía tener el tamaño de un clavo o una escarpia. Aquella mierda escocía como si me hubiese sentado sobre una manta de esparto con cristales rotos rebozados en sal y guindilla. Grité varias veces más hasta que la sensación de ardor en el cachete comenzaba a mitigarse, nuevamente volvía a sentirme abatido y fatigado.

–Tranquilo muchacho, que te puedes dar con un canto en los dientes... –Me dijo.

–Vale, ahora trataremos de cogerlo en volandas y lo subimos hasta aquí para ponerle en la camilla.

– ¡Hostia puta tíos! ¡Halcón viajes! –Exclamó de repente uno de ellos.

– ¿Cómo dices? –Le preguntó su compañero.

– ¡Pues que me acabo de pegar un peo al agacharme! ¡Largaos con viento fresco o preparaos para comeros la peste, que sube densa!

– ¡Joder Palomo! ¡Pero qué puto asco que das, cabronazo!

Los muy cabrones soltaron de golpe la camilla ahuyentados por la peste y yo me metí el talegazo padre contra el suelo.

– ¡Maric...! –Fue lo último que pude pronunciar antes de desfallecer.

– ¡Palomo cabrón! ¡Pero qué asco, tío! ¡Estás muerto por dentro!

– ¡Ja ja ja! ¡Ya ves si sube denso, se puede cortar con un cuchillo! –Apostillaba Palomo sacudiéndose el culo con la mano para escampar la fetidez–. ¡Ja ja ja! ¡Respirad por la boca, hombre! ¡Sed valientes!

– ¡Por la boca no cabrón, que nos lo comemos! ¡Anda que avisas!

–Os lo he dicho: 'Halcón viajes'... ¡Que os dierais el piro, coño! –Se defendía el tal Palomo.

Yo, que estaba allí tirado en el suelo como una vulgar colilla, no tuve oportunidad de escapar y, aunque procuré aguantar la respiración, me comí el cuesco del camillero íntegramente. Ni siquiera protesté, el pestazo terminó por anestesiarme devolviéndome otra vez a las ensoñaciones mientras mi subconsciente suplicaba no regresar a aquel campo alemán donde la jauría de perros salvajes me perseguía como si fuera un judío con una ristra de morcillas de Burgos metida en los calzoncillos. Ojalá pudiese soñar con tías buenas en bragas blancas de algodón o alguna cosa por el estilo... En lugar de eso mi subconsciente me transportó al pasado, diez o quince años atrás. Una regresión hacia mi adolescencia y aquella época en la que todavía deambulaba por el instituto.

* * *

MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora