Capítulo 12 - CÓMO CONOCÍ A VUESTRA GORDA III

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DISCOTECAS DE AMBIENTE

Tomé consciencia de lo que estaba sucediendo a mi alrededor cuando me vi frente a una gran fila de maricones que esperaban para entrar en Arena, una de las más prestigiosas discotecas de ambiente de la ciudad –así se les llama a lo que podrían considerarse como sus búnkers–, cuyo nombre evoca alegóricamente el rollo 'gladiadores con torsos sudados y saunas romanas de dudosa reputación'. Tratando de disimular cuanto me era posible, y procurando guardar discreción, observaba atentamente el tumulto que formaba cola delante de mí. No llegaba a concebir el que todos aquellos tíos pudiesen ir por la vida así, disfrazados como auténticas nenas, con esas pintas de sodomita y haciéndose los mariposones tan abiertamente sin que les importase lo más mínimo su propia dignidad.

En repetidas ocasiones me percaté de que algunos de ellos también andaban examinándome de arriba abajo, no recuerdo haberme sentido nunca tan observado... ¿Se habrían llegado a dar cuenta de que yo no era uno más de su calaña? Estaba deseando entrar para poder tomarme un cubata y mitigar la sensación de paranoia; seguramente tendría que dar muchas explicaciones si se daba el caso de que llegase a encontrarme con alguien conocido ahí dentro. Esto fue lo que sucedió:

Nada más entrar tropecé de frente con dos lesbianas que estaban buenísimas de infartarse, sobándose las tetas y comiéndose las bocas completamente desatadas como si les fuese la vi-da en ello. Cierto es que escenas así ya las había visto en el porno, claro, pero verlo en vivo y en directo me devolvió el hinchazón genital; mira tú por dónde, de forma imprevista, la noche comenzaba a superar mis expectativas desde el mismo momento en que puse el primer pie en aquella discoteca de mala muerte. Poco después el maricón que era rubio y con gafas se acercó a mi oído para comentarme algo que no escuché, aun así asentí, dedicándole mi más amplia y sincera sonrisa –producto de la magnífica escena bollera– con lo que el chaval me sonrió también y, despreocupado, se dio media vuelta para saludar efusivamente a unos amigos suyos que bailaban en corro justo detrás nuestro. Es lo que tiene ser un rancio; queda claro que, en cuanto los demás ven signos de aprobación por tu parte, automáticamente les alegras la noche y te dejan en paz. Durante la primera media hora que pasé en Arena los maricones gays se dedicaron a presentarme a otros tantos maricones gays; unos bajos, otros altos; unos feos, otros guapos; unos con bigote, otros calvos con el pecho en plan palomo; unos vestidos de calle, otros vestidos en plan 'Por el amor de dios...'; unos con pendientes en las cejas, otros con cara angelical y muchos con pinta de viciosos... yo que sé, pero allí había maricones de toda condición y seguramente llegados desde los cuatro puntos cardinales del planeta.

Me sentía un extraño fuera de mi mundo, más o menos como cuando la princesa Leia se disfrazaba de caza-recompensas para acceder al palacio de Jabba... sólo que yo no era princesa, tampoco llevaba un Wookiee y ni mucho menos disponía de una granada de mano por si la cosa se ponía chunga allí dentro.

No recuerdo exactamente qué tipo de música sonaba en aquel garito, sé que había varios ambientes, uno con música house, otro que parecía un karaoke para petardas –llegaron a poner la canción de la Abeja Maya, os lo aseguro– y un par más donde me atreví a entrar pero que no llamaron especialmente mi atención pues debían ser de salsa o alguna mierda por el estilo. Aquella noche me sentía como el primer explorador que se adentró en el Amazonas, todo resultaba amenazador, extraño y completamente nuevo para mí.

Apenas me había tomado el primer whisky cuando ya me parecía ir más pedo que Alfredo, como si me hubiesen drogado con alguna sustancia psicotrópica. Llegué a pensar que aquellos maricones habían contaminado mi bebida a propósito, pero descarté la posibilidad puesto que por muy maricones que fueran no iban a ser tan capullos de gastarse la pasta en echarle droga a los cubatas de los tíos que pudiésemos parecer sospechosamente heterosexuales... o tal vez sí ¿cómo podía saberlo? Sea como fuere me entraron ganas de mear, así que me alejé de la cuadrilla saludando con el brazo en alto, gesto que ellos debieron interpretar como que me dirigía al mingitorio o bien que simpatizaba abiertamente con el fascismo italiano.

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MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora