Capítulo 20 - SALVADOR Y DROGODEPENDIENTE II

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El exilio

Tras el incidente con el ciego maricón, Jesús alejose de su pueblo exiliándose al desierto para reflexionar sobre lo sucedido y consumir LSD en soledad, sin necesidad de aguantar las interminables broncas de su familia de acogida. Hacía ya varios meses que sus padres adoptivos habían comenzado a exigirle que terminase la carrera de una puñetera vez, puesto que pretendían casarle con Mortadela, una vecina del barrio que rondaba los ciento cuarenta y cinco quilos de peso y que en lugar de tetas parecía que tuviese sacos de gaita.

El salvador no ambicionaba casarse... y ni mucho menos con una gorda mórbida de tal calibre; por primera vez en treinta años recaía sobre su persona una gran responsabilidad pues no pudo obviar la revelación que había presenciado estupefacto aquella tarde en la que le soltó el patadón en los huevos a Lázaro, el cegarruto moñardo. El sueño onírico evidenció la verdad ante él mientras se encontraba en estado de R.E.M. y al despertar sus ojos brillaron colmados de realidad:

« Los maricones no son personas como lo somos los demás y seguramente, tarde o temprano, tratarán de celebrar la fiesta del plátano a nuestra costa » – Salmos 14:88

Decidido, Jesucristo fue a comprarse una mochila al Decathlon y se piró de casa sin despedirse de sus padres. Durante su travesía por el desierto conoció a Moisés, un curioso pavo barbudo y canoso, que se sabía un montón de chistes sobre gangosos y que además era capaz de separar las piernas de las mujeres a su antojo con sólo alzar un poco el bastón que recibió en herencia de su padrastro el Sevito.

Como Moisés también era un vago terminal ambos acordaron pasar juntos cuarenta días metidos en una caverna, colocandose con heroína, bebiendo agua de cactus y limpiándose los dientes con la arena en la que procuraban no mear. En uno de esos momentos en los que se despertaban medio lúcidos Jesús le confesó a Moisés su experiencia con el marica cegato y éste vaciló observándole con incredulidad. Pasaron varios segundos mirándose fijamente a los ojos. El silencio se adueñó por completo de aquella cueva en la que se refugiaban para picarse la vena. Cuando Moisés se cansó de aguantarle la mirada terminó sudando de lo que Jesús le había contado y se puso a soltarle un rollo, así por la cara, de cómo se lo montaba él para separar las piernas de todas las tías buenas que le saliera de los cojones.

–Mira Josele –Le decía–, la gente se cree que es por lo del bastón... pero eso es una gilipollez como un castillo. El secreto está en el noble arte de la sugestión, pues tú puedes ser un mierda seca pero si sabes cómo hacerlas creer que eres el tipo de tío que siempre han estado buscando te las puedes acabar follando con total facilidad.

– ¿Y luego qué? –Le preguntó Jesús interesado.

–Luego nada, porque una vez te las has tirado pasas de llamarlas... como hace todo el mundo.

– ¡Ja ja ja! –Reía Jesús. Era harto evidente que el verdadero magnetismo de Moisés radicaba principalmente en su desbordante personalidad.

– ¡No te rías joder, que te lo digo muy en serio! –Le recriminaba Moisés sin poder ocultar que a él también se le escapaba un poco la risa floja–. ¡De verdad te lo digo que la gente es gilipollas! Es como cuando me ven tocando la guitarra y me preguntan si he dado clases... ¡A ver, señora! ¡La mitad de los gitanos apenas saben escribir su nombre y tocan la guitarra que se te caen los huevos al suelo!

– ¡Ja ja ja ja! ¡Es que me parto el ojate contigo, tronco! –Jesús comenzó a revolcarse por el suelo y de la risa se le escapó un peo. Moisés estalló y ya se quedaron riendo y convulsionando hasta que finalmente se echaron a dormir.

– ¿Te he contado lo de la Sindi? –Le comentó Moisés antes de pillar el sueño.

–Ja, ja, ja. No, pero viniendo de ti como que me temo lo peor –Jesús ya se reía hasta cuando guardaban silencio.

MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora