Capítulo 05 - UN CHICO EXTRAVAGANTE

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                Apenas tenía nueve o diez años cuando fui consciente de su existencia por primera vez. No recuerdo una fecha con exactitud pues por aquel entonces tan sólo era un crío y centraba toda mi atención en otras cosas –por ejemplo, cuál sería la nueva línea de figuras G.I.Joe que aparecerían para navidades–, en lugar de preocuparme por lo mucho que la sexualidad iba a repercutir en nuestras jóvenes e inocentes vidas.

El chico extravagante del que quiero hacer mención se llamaba Celemín Pitiuses. Este recuerdo me remonta prácticamente al parvulario y, pese a que de eso hace ya bastante tiempo, permanece indeleble e imborrable en mi castigada memoria. Celemín Pitiuses estudiaba en la misma escuela que yo. Él iba a un curso superior y únicamente por su aspecto uno ya podía hacerse a la idea de que no era un chico como todos los demás. Blanquecino, macilento, lánguido y enratonado, su pelo parecía un cepillo de los zapatos vuelto del revés y tenía más pecas en la cara que un mapa político de la Micronesia. Independientemente de su repulsivo aspecto y su maléfica sonrisa, Celemín Pitiuses era un ser desagradable, estúpido, repelente y extrañamente femenino para ser varón... aunque todos esos singulares rasgos de su actitud acabarían por resultar más que obvios una vez llegué a comprender que aquel zagal fue, sin más, la primera alimaña homosexual que pudimos conocer durante aquellos años de nuestra juventud en los que todavía confluíamos como ganado por las tristes clases de la vieja escuela elemental.

Durante la primavera del cuarto curso Celemín desapareció del colegio en extrañas circunstancias. ¿Dónde estaba Celemín Pitiuses? Nos preguntábamos semanas después; corrió la voz entre el alumnado. Pasó el verano, llegó septiembre... pero el lechoso jaspeado no volvió a incorporarse a las clases. Varias fuentes ofrecían diferentes versiones sobre los hechos que acaecieron, pese a que todas ellas no podían ser consideradas sino meras especulaciones carentes de fundamento. El caso es que el chico se esfumó y tras de sí dejó una estela de misterio que nos llevó a conjeturar durante los recreos que muy probablemente se lo habrían llevado al Congo Belga en una jaula o puede que hubiese muerto a causa de un basalioma rectal. Ya sabéis, cosas de chavales.

Sin duda alguna lo que desdeñábamos completamente era que se tratase de un ser de otra galaxia, es decir, que éramos críos pero en el fondo tampoco éramos tan gilipollas... y ni mucho menos contemplábamos la posibilidad de que Celemín Pitiuses resultase ser un homosexual en potencia, más que nada porque cuando tienes diez u once años difícilmente concibes que existan chicos a los que les guste vestir como las mujeres o que practiquen técnicas avanzadas de sodomía y masaje glanderiano en la intimidad. La rumorología escolar contaba que en cierta ocasión los padres de Celemín encontraron a su retoño travestido dentro de un armario –tal como encontraron a 'E.T. el extraterrestre' en la película–, ataviado con un vestido de flores, los labios pintados de carmín, una peluca rubia y un sombrero de pamela. Además, Celemín Pitiuses tenía por costumbre desayunar panecillos vieneses con salchichas de Frankfurt, acompañados por un pepino, un calabacín, una zanahoria, o un plátano en una pieza. Todos los indicios apuntaban hacia el mismo lugar, pero claro... sólo éramos unos críos ¿qué íbamos nosotros a saber? Desde luego, estos razonamientos que hoy en día se perciben harto evidentes entonces no estaban a nuestro alcance, imaginad que ni siquiera tuvimos derecho a saber de qué había muerto Freddie Mercury. Sin duda eran otros tiempos. Huelga pensar que lo más lógico fuese que el profesorado al completo nos hubiera mentido por tal de proteger nuestras cándidas almas de semejante shock traumático desde tan temprana edad. O eso... o es que tal vez ellos, los profesores, también tenían algo siniestro que ocultar.

Transcurridos unos meses, tiempo suficiente como para que nos hubiésemos sobrepuesto a la ausencia de nuestro compañero marico-lechoso desaparecido, la junta de educadores nos reunió en la sala de audiovisuales para mostrarnos un video –por aquellas fechas se trataba de un casete VHS, hablo claramente del pleistoceno antiguo– en cuyas imágenes aparecía una supuesta escuela especial donde habían internado a Celemín Pitiuses para que recibiese un tipo de educación diferente a la nuestra. No comprendimos nada, claro está, aunque gracias a aquella grabación desestimamos la posibilidad de que el chico hubiese muerto y lo utilizaran para exhibirlo disecado en postura de caza. La película comenzó y cinco minutos más tarde ya se había convertido en un auténtico peñazo, más aún teniendo en cuenta que hacía relativamente poco que nos habían pasado Robocop y claro, el listón se encontraba tan alto que ahora ya era bastante difícil de superar. Tal vez hubiesen acertado más poniéndonos Rocky III; sabiendo cómo somos los chavales tampoco debía ser tanto pedir.

En fin, todo aquello se presentaba muy contradictorio, quiero decir que incluso para el niño más imbécil de la clase resultaría completamente inverosímil: La insólita grabación... aquellos curas sonrientes que aparecían jugando a la pelota, a la comba o abrazados con amor a los supuestos niños varones... los tristes muros color ceniza que se alzaban para preservar el claustro de la extravagante escuela... y sobre todo Celemín, que también aparecía en el filme jugando y sonriendo pero que ni siquiera parecía él. Estaba como 'feliz' –y permitidme las comillas– viviendo allí dentro.

Por aquel entonces Nintendo se sacó de la manga la primera consola de sobremesa que desbancó la hegemonía de Atari dentro de la industria de los videojuegos, eclipsando a su vez a los proto-ordenadores primigenios que se enchufaban al televisor. Los escandalosos avances tecnológicos nos absorbieron y con ello dejamos de prestarle atención a tan inusual suceso; me refiero, claro está, a la desaparición de Celemín, aunque puede que después del apunte acerca de las videoconsolas vosotros también lo hubieseis olvidado ¿A quién demonios le podía importar que un niño paliducho y con pinta de niñata hubiese desaparecido sin dejar ni rastro? Ya aparecería por alguna parte... a malas tirado por ahí, en la cuneta de cualquier carretera comarcal. Eso es amigos, así eran los ochenta; tiempos verdaderamente hostiles.

Durante el resto de mi infancia tuve la posibilidad de conocer de cerca a alguno más de estos extravagantes seres, cuya apariencia similar a la nuestra les hace pasar inadvertidos permitiéndoles confundirse sin problemas entre la población heterosexual común. Mientras tú tratabas de entablar conversación hablándoles sobre videojuegos o pidiéndoles su opinión acerca de los últimos modelos de la colección 'Masters del universo' ellos no hacían más que mirarte de arriba abajo con un semblante extraño y repugnante, tratando de sobarte el torso a cada momento. Ahora ya os lo puedo confirmar, se trataba de sucia lascivia, pero claro ¿qué iba yo a saber?

En mis años de formación escolar tuve más de un encontronazo debido a la ingenuidad de mi condición infantil. Por fortuna conseguí salvar el tipo aunque a día de hoy rememoro lamentables episodios de propia vergüenza en los que me vi sometido a inocentes, aunque claramente obvias, prácticas homosexuales de segundo grado por su culpa. Recuerdo con bochorno la primera vez en la que una de esas nauseabundas criaturas me asedió en mi propia casa, el muy cabrón decía que venía a estudiar conmigo cuando su único objetivo era en realidad sobarme el paquete con caricias furtivas y cautelosas. En toda la tarde no paró de abrazarme efusivamente cada vez que le ganaba a las cartas, momento que aprovechaba para posar sus sucias manos de maricón sobre mi joven y cándido culo. Por suerte para mí todo quedó en eso pues, cuando en un momento dado el marica sintió la tentación de besarme porque nuestros rostros se encontraron cerca, pude comprender que algo no encajaba bien en todo aquello y poco después reuní el valor suficiente para poder mandarle a tomar por el culo de regreso a su puñetera casa. Y así terminó todo, finalmente el pérfido niño ramera se marchó sin conseguir su indecente propósito de sobar mi cuerpo o contagiarme con el VCHA. Me estremezco cada vez que aquel instante regresa a mi memoria... y lo digo muy en serio. Tuve su aliento tan cerca de mí que al revivirlo se me corta la digestión tal como si estuviese bebiendo leche justo después de haberme comido medio quilo de calamares fritos con mayonesa.


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MARICONES DEL ESPACIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora