CAPÍTULO 2: La Cueva del Tiempo

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Relojes

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Relojes. Había relojes por todas partes. Relojes de pie, relojes colgados de la pared, relojes descansando en las estanterías. Había relojes de arena y de sol, todos detenidos en el tiempo, con una luz verde misteriosa que parecía proyectarse del interior de cada uno de ellos. Me quedé observando un momento el despliegue de objetos frente a mí, maravillada por la cantidad de detalles que poseía cada uno. Ninguno era igual a otro, y debía reconocer que jamás en la vida había visto relojes tan peculiares.

De pronto, un abrupto sonido resonó en la habitación, haciéndome saltar de la sorpresa. Era el sonido metálico que provenía del tic tac de tantos relojes moviéndose en conjunto, sus melodías combinándose unas con otras en una sinfonía de tuercas giratorias que hacían avanzar a las agujas con cada segundo. Los relojes habían comenzado a funcionar repentinamente.

La colección era impresionante y magnífica, cada reloj era diferente y tenía características únicas. Uno de ellos colgaba de un perchero, doblado allí como si se hubiese derretido. Me recordó a una pintura del mundo antiguo, antes de que los dioscuros nos invadieran. Dalí se llamaba el artista, o eso creía. Habíamos estudiado las reliquias antiguas, pero nunca había sido buena para prestar atención.

Otro reloj simulaba ser un tocadiscos a simple vista, la aguja marcando los números que se hallaban grabados en la superficie del disco. Me pregunté si produciría música también.

Había un reloj cuyos números aparentaban caer en cascada y no comprendía cómo alguien se las ingeniaría para leer la hora en esa cosa. Pero fue el reloj a su lado el que llamó mi atención. Poseía una forma esférica alargada, un precioso color dorado cubriendo su superficie rugosa. Parece haber sido tejido con hilos de paja, pensé al acercarme y pasar mi dedo con cuidado sobre un entramado tan complejo que dificultaba distinguir las agujas del reloj.

Algo llamó mi atención entonces, y con curiosidad, acerqué mi rostro a la parte superior del objeto. Una cabeza emergió del reloj, acompañada por un largo pico y seguida por el resto de su cuerpecito. Las plumas del ave se veían tan reales, bañadas de un profundo color borgoña salpicado de amarillo. Cuando salió por completo de su escondite, el pajarito sacudió sus alas con pereza y comenzó a abrir su pico... y soltó el grito más chillón que jamás haya oído para anunciar su presencia, dándome un tremendo susto y haciéndome retroceder varios pasos mientras me llevaba una mano al pecho. Mi corazón allí dentro latía mucho más rápido que las agujas del reloj.

Como si hubiese sido una alarma de inicio, los demás relojes comenzaron a sonar, desde campanas y tamborcitos, hasta aves y gotas de lluvia.

Me cubrí los oídos con las manos, tratando de protegerlos del sonido aturdidor que producían. Y así como inició, se acabó en tan solo un momento, y la sala se inundó de un profundo silencio. Silencio que sólo fue interrumpido por Pólux, quien estaba riéndose de mí sin ningún tipo de vergüenza. Lo miré con mala cara, acercando mi mano al reloj más cercano. El artefacto poseía una superficie llena de agujeros ubicados en círculos concéntricos, con una pequeña bola moviéndose entre los números como si fuese un juego. Estaba considerando tomarlo para arrojárselo a mi hermano, cuando una voz desconocida me detuvo en seco.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora