CAPÍTULO 12: Reflejo desconocido

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Me encontraba frente al espejo de mi habitación, observando mi rostro

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Me encontraba frente al espejo de mi habitación, observando mi rostro. Lo curioso de los espejos de Lemnos era que te rodeaban por completo: parada en el centro de una plataforma giratoria, podía ver cada ángulo de mi cuerpo.

En ese momento estaba usando tan sólo una bata. Había terminado de bañarme hacía unos cuantos minutos, sin embargo no lograba alejarme de mi reflejo. Habían cambiado tantas cosas en las últimas horas que me sentía como una extraña, ahogándome lentamente en la cruel impotencia de quedarme observando lo que pasaba frente a mis ojos sin poder hacer nada.

Morfeo había vuelto pero también había cambiado, y no exactamente para bien. Había seguido los pasos de su padre, convirtiéndose en mi peor pesadilla... la peor pesadilla de todos.

Psique había estado a punto de morir y aún seguía inconsciente. La única razón por la que seguía con vida era debido a un inesperado trato con el hijo del dioscuro de la muerte.

Y había sido Morfeo quien la había salvado.

No estaba segura de qué pensar acerca de esto último. Morfeo ya no era el niño rebelde en contra de las costumbres de su padre, ahora era él quien las practicaba. Se había convertido en el ser frío y cruel que estaba destinado a ser, en aquella persona que sus padres tanto deseaban. ¿Entonces por qué había roto todas sus reglas para salvar a mi amiga?

No tenía respuestas para ello puesto que ya no conocía al muchacho en que se había convertido. No podía saber lo que pensaba ni cuáles eran sus motivaciones. Ahora era un completo extraño para mí.

Claro que en ese momento necesitaba hacer a un lado mis pensamientos más profundos y oscuros para concentrarme en un problema mucho más superficial. Y es que no sabía qué ponerme.

Hacía tantos años que usaba la armadura requerida en la ciudad, tanto tiempo estuve deseando poder usar mi propia ropa. Pero ya no podía recordar cómo era mi ropa, qué me gustaba y qué odiaba, qué colores se veían bien con mi tez y mi cabello claro, qué hacía resaltar mis ojos y qué destacaba mejor mi figura. Y lo que era peor, la ropa que tenía ya no me entraba porque había crecido mucho.

Así que en ese momento me encontraba frente al espejo sin saber qué ponerme, mientras trataba de reconocerme a mí misma. Había estado tantos años sintiendo que mi armadura era una prisión que no me había dado cuenta que en realidad se había convertido en mi escudo. Cuando la usaba, no tenía que preocuparme por combinaciones, estilos ni colores. No necesitaba pensar si algo me quedaría bien o lo que pensarían de mí las personas que me vieran vestir mis prendas. Había cierta clase de libertad en no tener que tomar decisiones cada día, en saber que no serías juzgado por lo que llevaras puesto.

Pero ahora todo había cambiado. Y teniendo en cuenta que estaba preparándome para una cita, no podía presentarme con mi vieja armadura, y mucho menos con el atuendo rotoso y cómodo que me ponía en casa cuando estaba cansada de usar mi uniforme.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora