CAPÍTULO 18: El príncipe de las Bestias

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Ikelo había cambiado mucho desde la última vez que lo había visto

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Ikelo había cambiado mucho desde la última vez que lo había visto. Su cuerpo había crecido tanto que parecía una bestia. Era mucho más corpulento que Morfeo, aunque no tan alto. Su cabello estaba enredado en rastas oscuras, y tenía duros rasgos en su rostro. Estaba usando ropa de cuero negro que probablemente habría obtenido tras despellejar a algún pobre animal. La cicatriz seguía en su rostro, aunque ya no tan notoria. Debía admitir que su herida no opacaba para nada su atractivo, sino que incluso le daba un mayor aire de ferocidad. Una ferocidad que en ese momento estaba dirigida a Morfeo. Su único ojo sano lo observaba con un desprecio apenas contenido.

El silencio cargado de tensión calentó el aire de la habitación. Un silencio que fue cortado por...

—¡Ikeeelo! —grité emocionada. No estaba muy segura de porqué estaba emocionada—. ¡Bienvenido a casa!

Alcé la mano para saludarlo, y su cruel ojo se enfocó en mí. Un rastro de confusión cruzó en su mirada, y me di cuenta que seguía agitando mi mano. Miré a mi mano desobediente y le ordené que se quedara quieta como una buena chica.

—Ésta no es mi casa —respondió Ikelo con una voz tan áspera como si fumara cientos de cigarrillos al día.

—¡Pero de todos modos es una reunión familiar! —anuncié, dando saltitos—. Vamos a tener una hermosa cena y luego puede que bailemos y nos quedemos despiertos hasta tarde. ¡Oh, pero si es una pijamada no puede faltar una pelea de almohadas!

No estaba segura cómo, pero un almohadón llegó a mis manos, y lo arrojé de manera juguetona hacia Morfeo. Mi antiguo amigo ni siquiera parpadeó.

Un largo silencio siguió a mi propuesta.

—¿Qué le sucede? —Ikelo preguntó a Morfeo, ignorándome por completo. Eso era muy grosero.

—Amapola curativa —respondió su hermano.

—Ah —dijo Ikelo, entendimiento cruzando por su rostro, aunque no estaba segura de qué cosa era lo que acababa de discernir. Mmm qué palabra tan curiosa: discernir.

Debería repetirla tres veces.

Discernir, discernir, discernir.

Solté una carcajada y ambos muchachos se quedaron mirándome raro.

—¿Por qué está diciendo discernir una y otra vez? —preguntó Ikelo.

—Ni idea —le contestó su hermano.

Ups. Lo había dicho en voz alta. Eso sólo hizo que me recorriera una nueva carcajada.

—¿Qué estás haciendo aquí, Ikelo? —inquirió Morfeo, tratando de ignorar mi risita.

—¿Pensaste que tendrías toda la diversión, hermano?

Morfeo apretó la mandíbula. Oh, y también sus fuertes puños.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora