CAPÍTULO 15: Amapolas mágicas

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Cuando salí de mi casa con mi daga favorita en su funda, encontré a Morfeo con los brazos apoyados en la baranda del balcón

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Cuando salí de mi casa con mi daga favorita en su funda, encontré a Morfeo con los brazos apoyados en la baranda del balcón. Seguí su vista y me quedé sin aliento.

Frente a mis ojos se encontraba un mundo cada vez más foráneo, con desiertos, bosques y montañas de colores extraños comiéndose los edificios de la ciudad.

—Es imposible que encuentre el sitio en medio de todo eso.

Morfeo volteó hacia mí con una sonrisa misteriosa. Una amapola amarilla apareció en sus manos y acercándola lentamente a sus labios, sopló hacia mí con suavidad.

El perfume tan dulce de la flor me hizo estornudar, mis ojos llenándose de lágrimas.

—¿Por qué hiciste eso?

Me refregué los ojos, secando la humedad que se había acumulado allí. Cuando levanté los párpados, la ciudad, con sus estructuras metálicas y cientos de escaleras, había vuelto a la normalidad.

—Para ver a través de la ilusión.

Mi boca se abrió, llena de asombro.

El paisaje extraño seguía allí, pero gracias al poder de la amapola, ahora podía ver la ciudad verdadera, aquella que yacía a través de las ilusiones oníricas creadas por Morfeo.

—Imposible.

—Imposible, no. Sólo parte de mi encanto —Morfeo extendió una mano hacia mí—. ¿Nos vamos?

Comencé a bajar las escaleras, ignorando la mano de Morfeo. Era un largo camino hasta la costa en donde había encontrado la cueva del relojero.

—¿Viniste solo entonces? —pregunté—. ¿O tus hermanos también están aquí?

—Estoy solo —contestó Morfeo, y sentí mi cuerpo relajarse. Sus hermanos eran tan malos como su padre, y tan sólo los había conocido cuando eran pequeños. No me quería imaginar cómo serían ahora que habían crecido—. Por ahora —agregó.

Eso no sonaba nada bien. Un escalofrío me recorrió, pero decidí poner en espera ese problema. Una cosa a la vez.

Caminamos por las calles desiertas de Lemnos, las estructuras metálicas saliendo del suelo para elevarse en el cielo.

—Ya sabes que no apruebo nada de ésto, ¿verdad?

Morfeo sabía exactamente de lo que estaba hablando.

—Ya te he dicho que es mi trabajo. No voy a volver a repetirlo.

Suspiré. Tenía que aprender a aceptar el camino que había elegido.

Giré el rostro para mirarlo. Tenía un perfil perfecto, marcado con fuertes líneas rectas y unos labios completamente atractivos. Recordé que los había probado y eran muy suaves y deliciosos. Y luego me di una sacudida mental porque no debería estar pensando en eso.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora