CAPÍTULO 16: Alas de Piedra

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—¡Dijiste que tu hermano no estaba aquí! —acusé a Morfeo en susurros, realmente enojada

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—¡Dijiste que tu hermano no estaba aquí! —acusé a Morfeo en susurros, realmente enojada.

—No lo estaba —contestó—. Ahora sí.

Resoplé, el sonido provocando que la enorme bestia que estaba frente a mí gruñera con furia.

Una a una, docenas de gárgolas aterrizaron alrededor de nosotros, haciendo que los pelitos de la nuca se me pusieran de punta. No eran tan grandes como la primera, pero sin dudas no eran menos peligrosas.

—Tienes que correr, Helena. —La gárgola rugió, cargando contra nosotros. Morfeo extendió el brazo, empujándome hacia atrás para alejarme de la trayectoria de la espantosa criatura—. ¡Ahora, Helena! ¡Corre!

Di media vuelta y salí huyendo con todas mis fuerzas. No me preocupaba Morfeo, las ilusiones eran su especialidad y tenía poderes. Yo, sin embargo, tan sólo tenía mi daga. Al menos esa vez había salido con la armadura puesta.

Pedir ayuda hubiese sido inútil, nadie era tan tonto como para estar deambulando por la ciudad en estas condiciones. Nadie excepto yo, claro. Realmente estaba maldiciendo a Morfeo por arrastrarme a esta situación. Después de todo, él mismo me había alejado del refugio de mi hogar. Oh, y era su propio hermano quien estaba atacando.

Ikelo era el hijo mayor de Hipnos, el rey dioscuro de los sueños. Cuando era pequeño, una bestia feroz lo había acorralado, volviéndolo presa de su miedo. El animal lo había lastimado al darle un zarpazo que lo dejó sin un ojo y portando una fea cicatriz. Su padre, siendo el ser cruel y despiadado que no tenía compasión siquiera por sus propios hijos, le había dicho que dejara de llorar y se comportara como un dioscuro. Desde entonces, Ikelo usaba su propio miedo en contra de los demás, creando ilusiones de animales salvajes y bestias mitológicas.

Sin embargo, todo el evento no había pasado sin mayores consecuencias. Fue ese mismo miedo el que le hizo perder la corona, ya que Hipnos no toleraría un rey que viviera con miedo. Morfeo había terminado convirtiéndose en el heredero al trono de los sueños, perdiendo la poca simpatía que Ikelos tenía por él.

Era por eso que no me fiaba de la posibilidad de Morfeo deteniendo a su hermano, y mucho menos de un ataque en contra mío. Ikelo solía odiarme cuando éramos pequeños, y contradecir a Morfeo sólo sería un bono extra para convertirme en su blanco.

Era irónico que Morfeo fuese probablemente el único que no deseaba la corona ni todas las responsabilidades que ésta conllevaba. De todos modos, nada de eso le importaba a Ikelo. Algún día obtendría su venganza contra su hermano por todo el rencor que acumulaba. Y como estaban las cosas, presentía que yo iba a estar en medio del desastre.

Podía oír los chillidos de las gárgolas en el cielo, persiguiéndome justo encima de mi cabeza. Corrí con más fuerza, sabiendo que mi vida dependía de ello. Necesitaba apartarme de la costa y llegar al centro de la ciudad, en donde había mayor cantidad de edificaciones que pudieran cubrirme y protegerme de esas terribles bestias.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora