CAPÍTULO 17: Diluvio onírico

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Sentí que mi rostro perdía color

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Sentí que mi rostro perdía color. No podía largarse a llover. Las alas no funcionaban bajo la lluvia.

—Pero la lluvia no puede tocarte, ¿verdad? Es una ilusión y tú puedes ver a través de ella.

—No funciona de esa forma —explicó Morfeo—. Mientras tú puedas verla y ser afectada por ella, también yo.

—Eso no tiene ningún sentido —repuse, y Morfeo se encogió de hombros.

—La magia olympiana, especialmente la onírica, no tiene sentido.

Suspiré. No era el momento de ponerme a cuestionar y mucho menos entender las leyes de la magia.

—¿Y si haces otra vez esa cosa con la flor? ¿Para que vea a través de las ilusiones?

—Estoy algo ocupado ahora, Helena.

Miré sobre su hombro y finalmente distinguí la silueta de varias gárgolas persiguiéndonos. Morfeo volaba de forma errática, no sólo esquivando los rayos, sino también a esas horrendas criaturas.

—No se darán por vencido, ¿cierto? —pregunté, resignada.

—No. Necesitamos hallar un refugio ahora mismo.

—Mi casa...

—Está muy lejos, en uno de los tantos pisos de la ciudad, en medio de todo este caos onírico —dijo Morfeo—. Y aún si lográramos encontrarla, no posee la protección suficiente contra las gárgolas.

Buen punto. Además de que estaría llevando el peligro hacia mi familia.

—¿Adónde vamos, entonces? —pregunté desesperada. Mi cabeza trataba de formar algún plan de escape, pero nada venía a mi mente. El creciente pánico y la pérdida de sangre no estaban ayudando.

Morfeo se enderezó, elevándonos más alto en el cielo.

—Tenemos que llegar a la torre de Hefesto. Es el único sitio seguro tanto contra ilusiones como dioscuros.

¿Qué? ¡No, no podemos! Está prohibido subir allí arriba.

—Ya no —dijo Morfeo—. Hefesto no está, la torre se encuentra vacía. Nada ni nadie nos molestará allí.

—Está bien —acepté con reluctancia. No había otra opción.

Cuanto más nos elevábamos, el viento nos golpeaba con más intensidad. Unas gotas rasparon mi rostro, aumentando mi creciente pánico.

—Mïerda —exclamó Morfeo otra vez.

—Morfeo...

—Lo sé.

La lluvia comenzó a incrementarse, las gotas volviéndose cada vez más gordas y pesadas. Morfeo luchaba por aletear, ya sólo quedaban unos pocos metros.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora