CAPÍTULO 1: Lluvia de Fuego

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Estaba cayendo fuego desde el cielo

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Estaba cayendo fuego desde el cielo.

Literalmente.

Si alguien me hubiese dicho esta mañana que me bañaría en una lluvia de llamas, me hubiese tomado algo más fuerte. Algo mucho más fuerte, en realidad.

Bolas de fuego caían sin cesar, una detrás de otra, quemando la ciudad y a la gente en ella. Gritos se podían oír a lo lejos, la mayoría teniendo el suficiente sentido común para esconderse en sus casas. No era mi caso, por supuesto. Debía ser la única persona quedándose a disfrutar de un bronceado instantáneo.

No es como si quisiera quemarme, es sólo que me encontraba muy lejos de casa -o del hogar de cualquier persona que conociera- y ahora estaba pagando el precio.

Crucé la calle corriendo, cubriendo mi cabeza con las manos en un acto involuntario. Y sin sentido, debería agregar, porque obviamente mis pequeñas manos no eran a prueba de fuego y tampoco servirían de escudo.

Esquivé un cubo de metal que se había caído en medio de la calle justo antes de incendiarse por completo, su contenido derramándose en una montaña de basura que ardía con increíble rapidez. Salté un río de aceite que parecía destinado a extender las llamas por toda la ciudad, y finalmente llegué a refugiarme bajo un corto techo que no serviría de mucho para protegerme.

El problema con Lemnos, la isla en la que vivíamos, era que ninguna casa estaba sobre el suelo. Columnas metálicas se estiraban hacia el cielo, conectando una ciudad aérea hecha de bronce. O lo que parecía bronce, pues se trataba de un metal forjado por el rey de Lemnos, un metal capaz de resistir cualquier ataque, incluso las mismas llamas que estaban cayendo. Eso era una ventaja en este momento, pero no para mí, puesto que necesitaba subir escaleras o trepar columnas, lo cual era imposible con este clima. Y las construcciones estaban demasiado elevadas para servir incluso de protección.

Mis ojos recorrieron el lugar, buscando posibles escondites o algún modo de subir sin ser descubierta. No había opciones, el suelo era prácticamente un completo vacío de tierra, metal y rocas, elevándose en el medio de la isla para formar una montaña inmensa. Un volcán.

Claro que el fuego no provenía del volcán. Oh no, provenía del mismo gobernante que había construido Lemnos con sus propias manos... y que claramente estaba inmensamente enojado.

Con mi respiración agitada, rugiendo con el sonido de las llamas a mi alrededor, pensé en cómo salir de esta situación, mientras sentía la transpiración escurriéndose por cada rincón de mi cuerpo. No parecía haber escapatoria. Sin embargo, la desesperación no iba a apresarme, nunca había logrado frenarme, así que sólo quedaba una cosa que podía hacer: planear.

La cuidad se convirtió en un campo estratégico en mi mente mientras visualizaba las posibles rutas de escape. Como engranajes encajando en su lugar, un plan comenzó a tomar forma, uno que fue interrumpido cuando oí pasos detrás de mí, acercándose rápidamente. Llevé mi mano enguantada al cinturón, desenvainando mi daga favorita.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora