CAPÍTULO 13: Serpiente marina

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Paris me llevó a Hidra, un restaurante flotante que se hallaba en lo más alto de la ciudad, a una altura casi tan elevada como la torre en que vivía Hefesto

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Paris me llevó a Hidra, un restaurante flotante que se hallaba en lo más alto de la ciudad, a una altura casi tan elevada como la torre en que vivía Hefesto. Se trataba de una embarcación que se equilibraba como por arte de magia en la cima de una colina, la vertiginosidad de la locación causando asombro y emoción. Era el sitio más caro y prestigioso de Lemnos, mi acompañante no estaba reparando en gastos esa noche. Incluso utilizamos los elevadores. Me sentía como una princesa que recibía todos los lujos, ansiosa por explorar una parte de la ciudad completamente desconocida para mí.

El barco estaba hecho de metal, los detalles en plata brillando en la superficie color bronce de su estructura. Unas velas coloradas colgaban del mástil, con unas intrincadas lamparitas colgando de los tubos metálicos y bañando el lugar con un tenue resplandor dorado.

El ambiente era perfecto, las mesas estaban escasamente ocupadas por parejas de apariencia rica. Cada mesa estaba decorada con manteles de un profundo borgoña y una lámpara de hierro con la forma de una serpiente de tres cabezas ubicada en el centro, balanceándose mientras iluminaba la vajilla.

Nunca en mi vida había visto tantos tenedores juntos. No sabía tampoco para qué servirían.

Paris sostuvo mi asiento como todo un caballero mientras me sentaba. Un mozo apareció de la nada, como si se acabara de materializar de las sombras.

Depositó frente a mí un plato de comida, uno que estaba segura que no había ordenado aún. Cuando salí de mi aturdimiento y por fin alcé la vista para explicarle la situación, me encontré con que el hombre ya se había retirado, dejando en la mesa una bebida espumante junto al plato de Paris.

—Creo que se ha equivocado de mesa. Aún no ordenamos.

Paris sonrió, sirviéndome un poco de lo que parecía ser champaña. No pensé que existiera la champaña en nuestro mundo.

—No hay ningún error. Es la especialidad de la casa: Hidra al curry.

Justo lo que quería comer, serpiente marina.

—Mmm —dije tentativamente, tratando de disimular mi desagrado—. ¿Qué pasó con la vieja tradición del menú?

—Me tomé la libertad de ordenar el mejor plato antes de venir. Adelante, come. Es delicioso.

Lo dudaba mucho. Intenté enterrar mi enfado por el hecho de que haya ordenado por mí. Podía tomar mis propias decisiones, especialmente cuando se trataba de comida.

Sin embargo, era el primer alimento real que iba a probar desde hacía varios años, así que le daría el beneficio de la duda.

Y es que la isla estaba completamente desierta. No había animales para cazar ni crecían plantas en el suelo. Ni siquiera los peces se atrevían a acercarse a la isla metálica y artificial de Lemnos. Es por eso que se había llegado a una solución provisional. Hefesto se encargaba de la fabricación de cubos alimenticios, unas piezas que al colocarlas dentro del calentador, se convertían en cualquier tipo de comida elegida. O más bien, adquirían su sabor, porque seguían siendo cubos gomosos. Sabían bien y nos alimentaban, pero no era lo mismo que un buen plato de comida real.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora