CAPÍTULO 9: Bosque de Sombras

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—¿Quién está aquí? —preguntó Ariadna, pero yo no lograba reaccionar

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—¿Quién está aquí? —preguntó Ariadna, pero yo no lograba reaccionar. Era demasiado pronto, no estaba lista para ésto—. ¿Saben qué? No importa. Tenemos que encontrar a Psique. ¡Ahora!

Me puse en acción de inmediato. Si Morfeo estaba en la isla, también su padre. Y eso era realmente peligroso para quien sea que estuviese afuera.

—¿En dónde está Psique?— preguntó mi hermano, deteniéndome.

—Desapareció. Su madre cree que salió de casa sonámbula y podría estar ahí fuera, en medio del bosque.

Pólux sabía el peligro que implicaba meterse en medio del caos, pero ni siquiera lo dudó. Asintió y comenzó a correr con nosotras hacia el ojo de la tormenta.

Bajamos las escaleras hasta llegar al suelo, avanzando con cuidado, puesto que la niebla se hacía cada vez más espesa. Y entonces, nos encontramos con un mundo completamente diferente.

Ya no estábamos en Lemnos, la ciudad de metal. Aquí había troncos y árboles que llegaban hasta el cielo, ramas intimidantes que se me enredaban en el cabello suelto. Debería haberlo atado, pensé. Probablemente también debería haberme puesto la armadura, pero la urgencia del momento me había impedido pensar con claridad y había actuado de inmediato de forma poco precavida. Ya no había vuelta atrás, era demasiado tarde.

—¿Y ahora hacia dónde? —preguntó Ariadna—. Este sitio es inmenso.

Me mordí el labio, tratando de pensar. Y luego se me ocurrió una idea.

Saqué el artefacto que me había dado el relojero, sin poder creer que recién en ese momento recordara usarlo. Lo observé, esperando hallar todas las respuestas de la vida, pero en su lugar había... una pluma. Sólo eso. Una pluma flotando en la superficie del reloj.

Lo sacudí con fuerza, esperando hallar algo diferente, pero la pluma seguía allí.

Di unos pasos, enojada conmigo misma por haber confiado en un charlatán, y entonces noté algo. La pluma se movió. Giré para un lado y luego para el otro, pero la punta de la pluma siempre apuntaba al mismo lugar.

—¡Es una brújula!— exclamé asombrada.

Comencé a caminar, ahora con más seguridad, siguiendo el camino que indicaba la pluma. Ni mi hermano ni mi amiga cuestionaron mi juicio, confiaban en que sabía lo que estaba haciendo.

De pronto, sentí a Ariadna contener el aliento.

—¡Ahí está!

Levanté la vista como un ciervo asustado, esperando encontrar a mi amigo de la infancia y aterrada al pensar en su reacción. Pero quien estaba a unos pocos metros de distancia no era Morfeo, sino mi amiga Psique. Caminaba por el bosque y parecía no estar viendo nada ni ser consciente del peligro en el que se metía.

—¡Psique!— gritó Ariadna y mi amiga pareció salir del trance en el que se encontraba. Detuvo sus pasos y giró la cabeza, observándonos extrañada.

La Prisión de los SueñosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora