Capítulo 19

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Un viento frío se levanta y aumenta conforme pasan los minutos. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que comenzó la pelea. El sol está aún comenzando el descenso de su arco, no muy lejos de ocultarse tras un monte lejano. Sin embargo, el frío inunda el ambiente. Como si toda la calidez del mundo hubiese sido robada. Por mi parte, no lo siento. Tuvieron que pasar unos minutos antes de que el miedo y la tristeza de la batalla se evaporasen y fuesen sustituidas por el dolor. Dolor físico, en el pecho. La sangre aún húmeda hace tiempo que ha dejado de brotar, pero aún no se ha secado. La herida sigue abierta, expuesta al frío, el agua, y los demás elementos de la naturaleza. Tendré que limpiarla más tarde.

Y también dolor psicológico. Y este es peor que el anterior.

Noto las mejillas húmedas, a pesar de que he dejado de llorar como la cosa patética que soy hace un rato. Me he cansado de correr y me duelen las piernas, pero no paro hasta estar a centímetros de rozar la cerradura de la puerta al Refugio. Y no porque quiera.

Alguien me agarra por el borde del peto, y sé quien es antes de que éste me obligue a darme la vuelta y mirarlo.

—No pude salvarlo— dice Castiel, suavemente. Suena triste, derrotado.

Me abrazo los brazos fríos, rehuyendo su mirada. Es como si sus ojos pudiesen ver dentro de mí, como un libro abierto. Estoy desnuda de sentimientos frente a él.

—No… — me trabo con mis propias palabras— Gracias por intentarlo, de todas formas.

Él observa como las lágrimas imponentes llenan mis ojos de nuevo. Parpadeo para ahuyentarlas. Odio que me vean en este estado.

—Leia… no puedes ser así— dice, suspirando. Toma mi mano y comienza a acariciar el dorso con sus dedos enguantados— No puedes dejar que todo te afecte de esta manera.

Abro la boca para replicar, pero él acalla mis palabras antes de que pueda pronunciarlas si quiera.

—No digas nada. En el poco tiempo que llevo conociéndote he aprendido muchas cosas de ti. Sé que no te gusta coger cariño a las cosas, y por eso te muestras más arisca de lo que en realidad eres. Sé que te han hecho daño, o si no no estarías aquí. Aunque todavía no he podido averiguar el motivo de ese dolor. Solo puedo hacer suposiciones, por ahora. Sé que eres sencilla, generosa y sensible. Y eso es solo una pequeña parte de lo que me gusta de ti. Y no nos equivoquemos, no te estoy pidiendo que cambies. Solo te estoy pidiendo que aprendas a controlarlo. A ocultarlo. Sé que es difícil, que hay veces que simplemente tienes ganas de mandar el mundo a la mierda, de echarte a dormir y despertarte habiendo olvidado todo. Pero no podemos hacer eso— su mano aprieta con fuerza la mía— Tienes que ser fuerte. Aprender a resistir los golpes y luego devolverlos. No quiero que te hagan daño.

Escucho sus palabras observando sus dedos cubiertos de cuero entrelazados con los míos. A pesar de los guantes, su mano transmite una agradable sensación de calidez, y con ella también seguridad y tranquilidad.

Doy un paso hacia atrás y mi espalda choca contra la pared.

—Yo también quiero ser fuerte— susurro.

Castiel expulsa una bocanada de aire que asciende como una nubecita.

—Lo eres. Solo tienes que creértelo.

—No sé que soy— confieso, con la mirada clavada en la batalla. Conforme va pasando el tiempo el número de luchadores va menguando. No sé si es porque los demás han sido asesinados o simplemente se han marchado. Una cantidad considerable de cuerpos cubre el suelo como una macabra alfombra, en la que el color predominante es el rojo. Apenas un grupo de cincuenta guerreros continúan aún en pie, y permanecen en el campo de batalla. No sé dónde está el resto, pero sé que no están muertos. Al menos, la mayor parte de ellos. Es imposible que estén todos muertos. No sé dónde está Kalie. No sé dónde está Bethany. No sé nada. No he podido preguntarle por Ainhoa. Ni siquiera he podido despedirme en condiciones. Y en parte es culpa mía. Mi culpa.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!