Capítulo 16

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Los días pasan veloces, y sin sobresaltos. Bueno, no más de los habituales. Entre los Aspirantes se respira un aire de intranquilidad y nerviosismo. La Prueba del viernes fue relativamente sencilla. Tal y como Castiel había predicho, volvimos a flotar entre la negrura hasta vislumbrar la casita campestre. Esta vez resulta más sencillo resistir a la tentación y eximirnos del estado de sueño.

Los entrenamientos eran duros, cada vez más. Los músculos de mis piernas y brazos se iban adaptando al nuevo ritmo, preparados para aguantar. Antes de que nos diéramos cuenta, llegó el día más feliz de la semana: el domingo. Ante nosotros se plantean veinticuatro horas a base de comer, vaguear, comer, vaguear de nuevo, y por último, comer otra vez. Perfecto. Creo que la última vez que pasé un día así fue cuando tenía dos meses y mis padres me llevaban en carrito. Realmente añoro esos tiempos. Todos nosotros deseamos alguna vez “ser mayores” cuando éramos pequeños, y ahora, sin embargo, todos preferiríamos volver a tiempos pasados. Irónico, ¿no? Irónico y absurdo. A cada hora que pasa vamos envejeciendo, con lentitud. El tiempo es el mayor enemigo de los hombres. Se cierne sobre nosotros, aprisionándonos hasta que ya no queda nada más que recluir.

Estoy tumbada bocarriba en mi cama con las piernas extendidas y los brazos colocados debajo de la almohada, contemplando el techo sumido en la oscuridad. Debería estar dormida. El único día de la semana que tenemos barra libre para hacer lo que queramos, —relativamente hablado— madrugo. Definitivamente, soy estúpida.

Pero parece que no soy la única despierta en la habitación, de todas formas. Ruidos de papeles arrugándose, ropa siendo lanzada al suelo y tintineos metálicos en el baño indican que hay alguien más anticipándose al día.

—¿Qué haces?— pregunto, asomando la cabeza por el borde de la cama.

Debajo de mí, Kass levanta la vista de su bolsa maltrecha a medio hacer y me mira, con ojos brillantes.

—Preparo mis cosas.

Arqueo una ceja.

—¿Para qué?— inquiero, confusa— ¿Te marchas?

Kassandra asiente, aparentemente aburrida.

—Sí, ¿recuerdas? Me cambio por tu amiga, la rubita.

Dos ideas conectan en mi cabeza, y sonrío.

—Ah. Es cierto. Me comentó algo así hace unos días.

Kass devuelve su atención a la bolsa y continúa introduciendo prendas, sin prestarme más atención.

—A propósito— digo, de repente. Ella suelta de nuevo la vasta mochila y alza la mirada para mirarme, con un suspiro de exasperación— ¿Cómo lo hiciste?

—¿Cómo hice el qué?

Pongo los ojos en blanco.

—Pues ya sabes, cómo sobornaste a Marcus para que te dejara cambiarte.

Kassandra me lanza una mirada extraña.

—No digas tonterías, nadie puede sobornar a ese… ese amargado. Va contra las leyes del universo.

—Sí, claro.

—Pues sí. Deberías saber que una charla amable hace maravillas. Ahora, ¿me harías el favor de bajarte de la cama y encender la luz?

—¿Te pasa algo en las piernas?

—¿Y a ti?

Ahogo un resoplido y bajo de un salto, dando mi brazo a torcer. No me apetece discutir a primera hora de la mañana.

Camino hasta el interruptor y lo acciono de un golpe seco, con el ceño fruncido. La repentina luz inunda la habitación, deslumbrándonos, y haciendo que Kass se tape la cara con las manos.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!