Capítulo 14 (Parte 1)

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La sala está prácticamente vacía cuando entramos. Veo a Daniel en un lado de la habitación junto sus amigos, entre ellos el muchacho de cabello rubio ceniza que me había señalado Mitchie días atrás.

Kalie y yo nos apartamos de la puerta para permitir el paso al resto de Aspirantes, que esperan a nuestras espaldas para entrar, y los observamos pasar. Todos ellos cargan con lo que parecen pesadas mochilas, que les cuelgan precariamente de un tirante puesto sobre un hombro. Mi diminuto equipaje se siente insignificante en comparación.

También llegan los cinco ángeles que ya forman parte de nuestro grupo, seguidos de Marcus. Aún no estoy acostumbrada a sus majestuosas idas y venidas que, aun sin sus alas extendidas, reflejan arrogancia y seriedad en su porte elegante, y esa forma de arrojar luz sobre cada sala en la que entraban que les hace tan diferentes de los humanos, y nos hace sentir intimidados.

Apenas unos minutos después, cierran las puertas, y Marcus se acerca al centro de la sala. Es entonces cuando me alzo sobre las puntas de mis zapatillas y hago un recuento de Aspirantes.

Cuento catorce cabezas. No, allí están las otras dos. Catorce. Castiel y Uriel tenían razón. Solo uno ha caído, esta vez. No es un porcentaje demasiado alto en comparación con el de la última vez.

Trato de identificar al caído, sin resultado. En ese momento veo a Kass arrodillada contra la pared, rodeada por sus amigas. Todas ellas llorando. Me llevo una mano a la boca. Debe haber sido una de ellas. Kass debe de estar destrozada.

Me siento abrumada. Pero a la vez, —y me encuentro algo cruel por ello— estoy aliviada de que no fuese alguien que conociese. Cambio el peso de un pie a otro, incómoda, y vuelvo la cabeza hacia Kalie.

Mi amiga sostiene la vista al frente, concentrada, frunciendo el ceño. Sigo la dirección de su mirada hasta Marcus, que lleva ya un rato hablando. Parpadeo y me vuelvo de nuevo hacia Kalie. Ella me mira por el rabillo del ojo y yo articulo la frase “¿Qué ha dicho?” sin emitir ningún sonido. Kalie hace un gesto con las manos indicándome que me lo contaría después. Asiento en silencio y me doy la vuelta.

—… último, y sin duda lo más importante, quiero que todo el mundo permanezca junto al grupo, no quiero que nadie se separe— pone mucho énfasis en las palabras “todo” y “nadie”— ¿Entendido? En el momento en el que encontremos a alguno de ustedes incumpliendo esta regla, estará fuera antes de que pueda decir “Ángel”.

Kalie y yo intercambiamos una mirada excéntrica, y ella susurra: “—Ángel.” con suficiencia. Pongo los ojos en blanco y sonrío para mí.

—Y en esta ocasión no habrá benevolencia— sigue diciendo Marcus, recorriendo todo el círculo.

¿Benevolencia? ¿De qué está hablando? ¿Acaso la ha habido alguna vez? Resoplo. No, no la ha habido. En ningún momento. Si hubiese habido benevolencia Mitchie estaría todavía aquí.

Marcus se da la vuelta y camina hasta el otro lado de la habitación a paso ligero. Llega hasta la pared recubierta por una cortina grisácea que va desde el techo hasta rozar el suelo y la aparta de un manotazo, revelando tras de ella una puerta metálica.

Los Aspirantes le seguimos dudosos, hasta estar tras de él. La salida está fuertemente asegurada; tres cerrojos y varios elementos metálicos que cruzan la puerta de lado a lado, brindándole un aspecto bastante aparatoso. Los ángeles se abren camino hasta él. Extrayendo un llavero con multitud de llaves en él, se dedica a abrir cada seguro con una llave distinta cada vez.

Aparto la vista.

Un “clic” metálico me saca de mi estupor y vuelvo a mirar al tiempo que la puerta se abre con un chirrido arrastrado que clama el desuso. Tras la puerta entreabierta podemos ver la boca de un pasillo totalmente oscuro.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!