Capítulo 7: (Parte I) Preparación

6.3K 305 9

[Capítulo sin corregir]

Paso una noche terrible.

No he dejado de dar vueltas en la cama, tratando de encontrar una posición cómoda. Las sábanas se me pegan al girar sobre mí misma, y las mantas de poco sirven para resguardarme del frío que ronda por toda la habitación. Encima de mí se oyen las suaves respiraciones de Mitchie, que dormita tranquilamente, y las de Kassandra, que llegó tarde anoche, bastante después del toque de queda, desde la litera de enfrente, más profundas.

No sé qué hora será. Supongo que rondarán las tres o las cuatro de la mañana. El ligero sonido de mis compañeras me mantiene despierta.

No nos engañemos. No es esa la razón por la que no he podido dormir bien. Definitivamente no.

Sé que es una tontería. He asistido a un montón de entrenamientos desde que llegué aquí, y seguramente más difíciles de lo que va a ser el de mañana. O mejor dicho, el de hoy.

Ya no soy la niña delgaducha y floja que era cuando llegué aquí por primera vez.

Aún así, sabiendo todo eso, me pone nerviosa la idea.

Pasan varios minutos más.

Se me cierran los ojos, pero no consigo dormir. Doy vueltas durante unos minutos más hasta que el sueño me atrapa por fin con sus garras y tira de mí. Y yo me dejo llevar de buena gana, cayendo en la oscuridad.

Me despierto de repente por un golpe de algo blando en mi cara. Una almohada. La retiro con movimientos robóticos de la cara, al tiempo que me incorporo con los ojos entrecerrados por la luz, que entra a raudales por la pequeña y única ventanita de la habitación.

Abro los ojos, tratando de enfocarlos en quién me ha tirado la almohada. Una suave risa musical me responde.

Pongo los ojos en blanco.

—Oh, Mitchie. Tienes suerte de que ahora esté dormida— siseo.

Ella se ríe.

Esta apoyada en la puerta del baño, y tiene la cara salpicada de finas gotitas perladas. A su lado, en su litera, Kassandra duerme profundamente.

Bostezo sonoramente.

—¿Qué hora es?— pregunto.

Ella mira su reloj.

—Casi las siete menos veinte— dice. Al ver que yo levanto las cejas añade: —No te pongas histérica, te sobra tiempo.

Abro la boca para replicarle, pero la cierro enseguida. Es cierto que la puntualidad me obsesiona. Odio a los que llegan tarde.

Mitchie, al no oír mis quejas, esboza una sonrisa de satisfacción.

Me aparto la rígida manta y me incorporo lentamente. Siento un ligero dolor punzante en la cabeza. Me llevo la mano al lado izquierdo de la nuca. Lo sabía. Se me ha formado un chichón, del tamaño de un huevo. Agg, maldita sea la barra de metal de mi cama. Esta vez tengo cuidado con ella al levantarme.

Lo primero que hago es echarme una chaqueta sobre mis brazos desnudos y mi improvisado pijama. Si es que a una camiseta vieja y un pantalón de chándal se le puede llamar pijama, que no estoy segura. Recuerdo que, de pequeña, por mi cumpleaños, mis padres me regalaron una vez una bata de franela, cómoda y calentita. Ahora mismo la echo de menos. Mis pies descalzos entran en contacto con el suelo, que a decir verdad, si estuviera más frío podría servir como pista de hielo. Lo cierto es que resbala igual.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!