Epílogo

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La ceremonia ha terminado hace un rato. Bethany no ha venido a verla. Probablemente ahora esté esperando con Ainhoa a que yo salga de la zona reservada para el Periodo de Prueba. El resto de los Aspirantes estarán ayudando a organizar la gran fiesta que se realizará esta noche. Es un día especial para ellos. No está permitido que los ángeles asistan. Es una noche de libertad y diversión, sin supervisión de los responsables del Refugio. No me han permitido ir.

No soy la única que se ha quedado ayudando a recoger la sala. Soy consciente de que preferiría infinitamente asistir a la fiesta que quedarme aquí, pero podría ser peor. Durante este ratito que hemos estado acarreando sillas aquí y allá muchos de los ángeles que también se ha quedado ayudando se han presentado y me han estrechado la mano. Algunos muy ancianos y serios, otros de menos edad y rostro simpático.

Cuando terminamos Castiel me ofrece a ir a dar una vuelta fuera del Refugio, y comer algo por ahí. Rechazo su ofrecimiento alegando cansancio, pero le prometo que mañana saldremos. Esta noche prefiero irme pronto a dormir. Hay muchas cosas que asimilar de golpe. Él no insiste. Para Castiel también iba a ser un día especial. Pero ya no. —Involuntariamente— me he encargado yo solita de fastidiarnos a los dos.

Deambulo por los pasadizos desiertos, como un alma muerta. Esta zona  será limpiada exhaustivamente y cerrada hasta dentro de varios meses, cuando será abierto de nuevo para preparar una nueva tanda de Aspirantes una vez el conflicto con los ángeles oscuros sea solucionado.

Dicen que los residentes del Refugio tendremos que buscar otro nuevo lugar para vivir. Por mi parte, no sé qué haré cuando ellos se vayan.

Por ahora, esperaré a terminar el día de mañana sin meterme en más problemas, y después le pediré consejo a Castiel. Sé que él sabrá cual es la opción correcta. Confío en él.

Las habitaciones de la zona de dormitorios del Periodo de Prueba ya han comenzado la tarea de limpieza, y sus puertas yacen abiertas de par en par, dando la impresión de haber sido atracadas. Junto a cada puerta han sido amontonadas de cualquier manera las sábanas de las camas y fundas de las almohadas.

Llego hasta la entrada abierta de la habitación ocho, y miro a mi alrededor. Un intenso olor a lejía me hace arrugar la nariz.

Las bolsas llenas de ropa que el primer día nos dejaron sobre las camas han desaparecido, con todo lo que contenían. Ni siquiera logro encontrar mi neceser con la navaja. Han debido de tirarlo con lo demás. Ni siquiera tengo ropa limpia para cambiarme después de ducharme. Por suerte,  aún no han retirado las toallas del colgador del lavabo, y tras darme una ducha rápida, me escurro el pelo, me pongo mi ropa interior y me envuelvo en una.

Recojo el vestido que había dejado en el suelo y lo coloco estirado sobre la antigua cama de Kalie.

Cierro la puerta del todo, apago la luz y me echo sobre mi cama si sábanas, sin más manta que la toalla de algodón.

Me despiertan los pasos pocos silenciosos en la habitación. Estoy demasiado adormilada como para decirle a Kalie que se esté quieta. En vez de eso, giro la cabeza para que la luz no me deslumbre, y suelto un quejido.

Los pasos se detienen, sustituidas por el chirrido de alguien subiéndose a su cama. Vuelvo a moverme, buscando una posición para entrar en calor.

—Deja de hacer ruido— murmuro, somnolienta.

—Buenos días a ti también. Ya iba siendo hora de que te despertaras— dice alguien que no es Kalie. Me incorporo como movida por un resorte.

Tumbado en la cama de arriba de la litera de enfrente, Castiel juguetea con un trozo de tela, con los ojos cerrados.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!