Capítulo 7: (Parte 2) Preparación

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Es una sala amplísima.

Las altas paredes rocosas son alumbradas por antorchas apagadas colocadas a intervalos. Mis ojos se ven atraídos por los grandes ventanales con rejas metálicas negras, por donde entra a raudales una cálida luz. Tras ellas, se ve el cielo azul, sin ni una sola nube entorpeciendo el paso de la luz. Un “día puro” habría dicho Ainhoa. Aunque, quién sabe, quizá esté allí ahora mismo, observando el mismo cielo que estoy viendo yo, junto a Bethany, la única amiga de verdad que le queda allí. Recuerdo un día que me la había encontrado distinta. Llevaba las puntas de su melena rubia teñidas de un azul precioso, y yo le pregunté por qué. Ella no respondió, simplemente señaló el cielo, que ese día fue tan puro como el de hoy, y dijo: “Allí, más allá de las colinas verdes, hay otro mundo, lo presiento, lo sé. Y ese azul es el mismo color del cielo que están viendo ellos. El que nos correspondería estar viendo a nosotras. El que algún día veremos, cuando escapemos de esta cárcel” En ese momento pensé que estaba loca. Ella solía tener ataques del estilo a menudo, de libertarismo. Cree estar encerrada. Personalmente, tampoco me gusta la limitada libertad que tenemos, pero allí, tras las colinas, no hay nada. Sólo más ruinas. En el fondo debe de saberlo.

Grandes columnas de cemento blanco sujetan el alto techo hecho por placas de piedra antigua. Debemos estar en el último piso. Anchas vigas de metal aseguran el aguante del techo, atravesando el perímetro de la sala y uniéndose a las columnas en el centro de la habitación.

Ahora que me fijo bien, las columnas no están totalmente desnudas: la basa y el cuerpo de cada una de ellas están acanalados, creando una sensación extraña en contraste con el techo y las vigas de metal, y el capitel decorado minuciosamente con formas geométricas; pero la mayoría de ellas están destrozados por el paso de los años. Me imagino cuántos siglos puede haber estado en pie este edificio, y cuántas veces habrá tenido que ser reconstruido y remodelado. Estoy segura de que las vigas de metal no estaban aquí cuando se levantó esta construcción. Al menos debe de estar aquí desde que los primeros ángeles caídos fueron expulsados del cielo y empezaron a poblar los rincones oscuros de la tierra.

Poco a poco este pequeño grupito variopinto fue aumentando hasta formar un grupo considerable. Crearon para ellos una nueva vida, y establecieron un objetivo común: destruir a aquellos que habían sido responsables de su expulsión del cielo. Eso englobaba a todos los ángeles puros, y si podían llevarse con ellos a alguien más, tanto mejor. Y luego pretendían gobernar el mundo ellos, los ángeles caídos. Empezaron con cosas pequeñas, como quemar las casas de los humanos, asesinarlos. Lo que fuera para atraer a los ángeles puros a la Tierra.

No tardaron demasiado en lograrlo.

Los ángeles, alarmados por los extraños y repetidos asesinatos, mandaron gente a comprobar qué había alterado el orden. Y con cada cuerpo más, encontraban lo mismo.

Una pluma negra con su extremo inferior manchado de sangre.

Desde ese momento, ese fue el símbolo de los ángeles caídos, una pluma manchada de sangre. Una promesa de venganza. Fue en ese instante, cuando empezaba a formarse el caos arriba, cuando ellos dejaron de llamarse ángeles caídos, y pasaron a llamarse ángeles oscuros.

Luego empezaron las guerras.


Eso es lo que dicta el libro de historia angélica.

Los ángeles puros, obviamente no se lo esperaban. Ellos creían que iban a tener con luchar con cuatro ángeles caídos mal nutridos, y torpes, pero les sorprendió lo que encontraron: cientos y cientos de ángeles oscuros, fornidos, armados hasta los dientes con todo lo que habían podido encontrar. Los ángeles puros, totalmente desprovistos de armas para acabar con ellos, fueron cayendo uno a uno.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!