Capítulo 17 (Parte 1)

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 Castiel cierra la puerta detrás de nosotros y echamos a andar a paso ligero por el corredor, con una sonrisa en los labios.

De repente me acuerdo de Kalie, y me siento estúpida de no haber pensado en ella antes.

—¿Castiel?

—¿Sí?

—¿Dónde está Kalie?

—Uriel está con ella. Él sabe como curar quemaduras de esa gravedad.

—¿Qué… qué era esa cosa?

—¿Qué cosa?

—Ya sabes… la cosa negra y viscosa.

—Ah— dice, comprendiendo— Icor.

—¿Qué?

—Icor. Sustancia infernal. Producto de una invocación demoníaca. Antiguamente los ángeles oscuros lo usaban a base de arma; rellenaban un pequeño recipiente con él y en las batallas lo lanzaban contra sus enemigos. Un truco muy rastrero, en mi opinión. La sustancia atrapaba a su receptor y lo sumía en una terrible tortura a base de quemaduras. Es como ser quemado vivo. Y si tienes suerte y logras retirarlo antes de que dañe alguna zona vital importante, los resultados suelen ser parálisis temporales, en el mejor de los casos.

—¿De cuánto tiempo?

—Depende de la gravedad de la herida y el icor absorbido. Puede variar desde unos pocos días hasta varios años.

“No... no puedo mover la mano.”

—Eso en el mejor de los casos.

—Exacto.

—¿Y en el peor?

—En el peor el icor actúa como un veneno; se va extendiendo por tus venas hasta que las enferma de una forma en la que no puedes recuperarte. Te pudre desde dentro. Y al cabo de un tiempo, mueres.

Oh, Dios.

—Pero tranquila, tu amiga no ha llegado a tal grado. No le ha dado tiempo a extenderse. Podemos ir a ver como está, si quieres.

—¿Podríamos hacer eso?

Castiel se encoge de hombros.

—¿Por qué no?

—¡Gracias!— exclamo, sonriendo— ¿Dónde está?

Unos minutos después llegábamos a la habitación de Uriel, en el extremo contrario a nuestras habitaciones. La zona donde ellos vivían estaba alejada a propósito de la nuestra, situada en la zona donde me perdí hace ya varios días.

No se oye nada desde adentro. Castiel llama a la puerta con los nudillos y luego entra, sin esperar permiso.

El dormitorio tiene un tamaño equivalente a dos nuestros, incluyendo un completo baño y una diminuta cocina. El orden reina allá donde mires. Ni una mota de polvo aparente, ni una prenda tirada por el suelo. Todo lo contrario a la mía.

Kalie está acostada sobre una enorme cama color caramelo, con los ojos cerrados. Ni rastro de Uriel.

—¿Kalie?

Ella abre los ojos despacio, y su rostro se ilumina con una sonrisa.

—¡Leia!

—¿Qué tal estás?— pregunto, acercándome a su cama, y tomando su mano buena.

Ella me enseña la otra, cubierta de vendas hasta la mitad del antebrazo.

—Bien. La cosa no llegó a extenderse demasiado. Uriel me la ha curado. ¡Parece magia, Leia! Ya no me duele, y la herida ha cicatrizado casi por completo.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!