Capítulo 10: El Observatorio.

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Sigo a Kalie con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos, dejándola avanzar unos metros por delante; señal que ella comprende como que necesito estar sola y pensar.

Levanto la vista cuando me percato de que nos hemos alejado de la zona permitida, sorprendida por la repentina ráfaga de aire helado que se abre paso a través de una vieja ventana abierta.

—Kalie— digo, mirando alrededor— ¿Adónde vamos?

Ella se da la vuelta para mirarme, y sonríe graciosamente, de esa forma tan peculiar que contagia alegría genuina. Me obligo a sonreír también.

—Espera un poco, impaciente— responde ella, haciendo un gesto misterioso y asegura: —Ya casi estamos.

Me encojo de hombros, y ella continúa su camino. Aprieto el paso para no perderla de vista. Ella avanza veloz, a pasos alborozados, su magnética energía ya de vuelta junto a ella.

Me detengo a los pies de unas grandes escaleras de mármol blanco. Bajo mis pies, se extiende un pulido suelo de cuadros negros y blancos, como el tablero de un ajedrez. Encima de mi cabeza, la interminable escalera gira y gira sobre sí misma durante varios pisos de altura, ganándose justamente el nombre de escalera de caracol.

Mi mandíbula cae, impresionada. Me agarro los brazos, presa de un repentino escalofrío. Mi amiga ya está al pie de la escalera, esperándome impaciente. Me hace un gesto con una mano pálida.

—¡Vamos! ¡Quiero que nos dé tiempo a enseñártelo!

Sacudo la cabeza, y echo a correr tras ella.

A los pies del quinto piso, deslizo una mano por la suave barandilla, desgastada por la influencia de los años, y exhalo profundamente, exhausta. Kalie frena unos peldaños más adelante que yo, y se vuelve para esperarme, dando golpecitos impacientes con el pie en el suelo.

—Ya queda poco— anima, con voz cantarina, mirándome desde arriba— ¿Dónde está la Leia que era capaz de gritar a nuestro querido instructor cuando creyó que era culpa suya que hubiesen excluido a su amiga?

—No estoy en mi mejor momen… — admito, pero de repente frunzo el ceño— Espera, ¿Cómo sabes tú eso?

Kalie lanza una risita inocente.

—Digamos… que no estabas sola en aquel corredor— dice, evitando mirarme directamente, reflejando aire culpable.

Alzo una ceja.

—¿Kalie?

Ella se demora unos instantes en contestar.

—¿Sí?

—¿Estabas allí?

La muchacha hace un gesto con la boca, y se retuerce un mechón de pelo dorado con un dedo, repentinamente nerviosa.

—No… yo no— confiesa, de mala gana— Alguien te vio. Estaba preocupado por ti. Cuando nos cruzamos, me dijo que él sabía que éramos amigas, y me lo contó. Yo… no puedo decir quien fue.

Entrecierro los ojos.

—No te preocupes, averiguaré quien es ese “él”— aseguro, esbozando una sonrisa maliciosa. Seguimos avanzando, poco a poco.

—Yo…

Kalie se ve interrumpida por la llegada al final de la larga escalera, que resultó no ser interminable después de todo.

En el corto espacio entre las escaleras y la alta puerta cobriza, baldosas bicolores de nuevo, que recorremos a paso apresurado. Y frente a nosotras, alzándose con todo su esplendor, la imponente puerta de roble  entreabierta, derramando un fino haz de luz blanca sobre las pulcras paredes y el suelo.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!