01. El gran show

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Este libro está dedicado a las revanchas dulces.

Se me ocurrió la grandiosa idea de fingir mi muerte

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Se me ocurrió la grandiosa idea de fingir mi muerte.

Cualquiera diría que un joven en el punto más alto de su carrera como solista, con los boletos agotados para su gira mundial y faltando un par de días para el inicio de lo que los críticos llaman "El tour más esperado de la década" no tiene razones para desear desaparecer. O eso se creía hace exactamente 24 horas.

El nerviosismo se apoderó del equipo de KALE cuando, a tan solo unas horas del primer show, se percataron de su ausencia. La búsqueda se extendió desde el estudio hasta las bulliciosas fiestas de la gran ciudad, incluso pidieron ayuda a los paparazzi que seguían cada uno de sus pasos desde hace 4 años. No hubo resultados, fue como si se lo hubiera tragado la tierra.

Invisible para las cámaras del hotel, abandonó el lugar sin su teléfono, su billetera e incluso su sagrado cuaderno de canciones. La multitud enfurecida que exigía su dinero en el show del 28, en un par de días empezó a reclamar respuestas. Todos quieren saber dónde está.

Y yo me hago la misma pregunta.

—Disculpe, ¿Me podría...? —trato de preguntar a un extraño que pasa de mi—. Oiga, ¿Usted sabe dónde...? —me aclaro la garganta—. Perdone, ¿Alguien aquí puede escucharme?

Llevo media hora intentando pedir indicaciones. No los culpo, un sujeto cubierto hasta las orejas en lana, con un corte desastroso hecho con tijeras de papel y con los ojos rojos no suele ser el mejor candidato para una charla amena.

—Ustedes se lo pierden —refunfuño—. Así empiezan los villanos de películas, se los advierto.

Me tomo muy en serio lo de irme a donde nadie pueda encontrarme, ni siquiera yo sé en cuál de las montañas de Vermont estoy. No siento los dedos de las manos, caminar en línea recta por la carretera es todo lo que puedo hacer, pero cada vez me da más miedo hablar con los pocos adultos de tercera edad que salen a su caminata nocturna. Una abuela intentó asaltarme.

La única cafetería en varios kilómetros me devuelve las ganas de seguir, es un local en lo que parece ser el ático de una gran cabaña. Un par de parejas ocupan las mesas puestas en el frondoso jardín, el terreno es inmenso y si no tuviera un sendero de piedra que guía hasta la entrada, uno se perdería con facilidad entre los pinos.

Hay dos personas detrás del mostrador, un anciano de unos 80 años limpiando los vasos y una chica con una diadema de oso.

Parece ser su uniforme, la camiseta tiene el dibujo de un oso triste tomando una taza de chocolate junto al nombre "El osito infeliz".

—¿Qué le sirvo, joven?

—¿Tiene algo que arregle mi vida? —bromeo, aunque el abuelito no entiende mi sentido del humor. Él solo asiente y da media vuelta a buscar entre las botellas.

No apto para artistasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora