Era bien entrada la noche en la capital Taria, en lo que aún quedaba del reino de Rhondia. El antiguo regente y mano derecha del anterior rey, Rikko III, coronado tras su muerte como Terrik VIII, dormía profundamente en sus aposentos. La noche estaba fría, pues el invierno ya había caído sobre el continente, y las nevadas, frecuentes en aquella altura, solían cubrir de una capa blanca las calles de la capital. Aquella jornada había sido muy fría, y había estado nublado durante la mayor parte, con ocasional caída de granizo y agua nieve. Al bajar el sol, los copos de nieve no se hicieron esperar, y el frío, que calaba en los huesos de todos los habitantes, tanto ricos como pobres, comenzó a encrudecerse.
Izzia Al-Jizra estaba allí con una misión compleja, debía de asesinar al nuevo rey de Rhondia. Había llegado a la ciudad dos meses después del levantamiento del asedio, se había hecho pasar por una huérfana, y llegó así a conseguir trabajo en una taberna del barrio de los artesanos. La paga no era buena, aunque no la necesitaba; tampoco era bueno el trato abusivo del dueño del local, un gordo y mal oliente cerdo llamado Turlo, que frecuentemente visitaba su habitación y la obligaba a humillarse. Pero ella había sido entrenada para eso. Para resistir hasta que la situación perfecta se presentara. Al cabo de unos meses, había entablado relaciones con varios guardias del palacio, que le pagaban para mantener relaciones con ellos. Eran más gentiles que su jefe, al igual que más jóvenes y menos desagradables, y aunque no le gustara tener que estar con ellos, por lo menos no le repugnaban.
Esa noche, ella había sido invitada a los barracones por unos soldados para que iniciaran sexualmente al más joven del grupo, que aún no había compartido el lecho con una mujer. Ella, gracias a su cuerpo joven, que incluso aparentaba menos de los años que en realidad tenía, era la candidata perfecta para aquel muchacho.
Se vistió con ropas ajustadas de cuero negro y se cubrió con una capa de color gris oscuro, oculto llevaba un juego de estiletes, adosados a un bolsillo oculto en la cara interior del manto. Eran dos finas dagas, de exquisita fabricación, con hojas de veinte centímetros, delgadas y sin filo, pero con una punta que permitiría atravesar casi cualquier armadura.
Se habían hecho casi las tres de la mañana cuando Izzia Al-Jizra salió a la calle. Caminó por los rincones más oscuros para evitar que nadie la viera, su trabajo, su vida, dependía de que fuera lo más sigilosa posible. Llegó finalmente al puente que dirigía al castillo. La dejaron pasar sin más problemas, puesto que los guardias la conocían y sabían el motivo de su visita. Sin mediar palabra con nadie, ella se dirigió hacia los barracones, donde los guardias habían preparado una habitación. En ella estaba recostado un joven visiblemente nervioso, que la miraba con unos ojos que dejaban ver una mezcla entre lujuria y vergüenza. Izzia se acercó hasta una silla que estaba en un costado, ante la atenta mirada de aquél joven, y muy lentamente se quitó la capa, con una muy estudiada sensualidad. La dobló de manera prolija mientras contoneaba sus caderas. Se acercó al soldado y comenzó a desvestirse de manera muy lenta y sensual. El muchacho aguardó y saboreó la situación, se deleitó con su cuerpo y con su mirada atrevida. Izzia era una muchacha joven de unos veintidós años, medía un metro y sesenta y cinco centímetros, era delgada mas esbelta, se notaba que sus muslos y sus brazos estaban acostumbrados al trabajo; su piel, suave y tersa era de un tono aceitunado, que combinaba de manera preciosa con su cabello color castaño claro, peinado en una trenza que le llegaba hasta la cintura.
Izzia cumplió su papel de manera ejemplar, dejando al joven soldado exhausto luego de una noche de sexo salvaje. Izzia esperó hasta que se durmiera, para así levantarse y tomar sus ropas. Se cambió en silencio, entre las sombras y luego salió al frío cruel del patio central del castillo. La oscuridad solo se veía interrumpida por las antorchas que ardían en la muralla o las puertas, al igual que en las antorchas que llevaban los soldados que hacían la guardia.
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Ariantes: Un rey para dos reinos
FantasyLlega la apasionante continuación del libro Ariantes: El hijo del Dragón. Algunos meses han pasado desde la victoria del ejercito de Rhondia durante el asedio de la capital Taria. La guerra parece haberse detenido por el momento, mientras intentan r...
