Primera cita: Llamaste al fin (Elio y Oliver)

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(Llámame por tu nombre, André Aciman)


Después de tantas veces de pensar, soñar, añorar, desear, visitar y casi rogar sin palabras, estaba sucediendo.

No paraba de sonar el teléfono.

Después de haber hablado con Oliver la última vez y que él me dejara claro que no quería nada de mí y que ni siquiera recordaba ya nada de lo que pasamos, ahora al fin estaba llamando.

El teléfono no paraba de sonar una y otra vez, y otra, y otra, y otra vez continuamente por lo que me pareció una eternidad. Sentado desde el sillón en el que estaba, podía ver con claridad el aparato iluminado por la lámpara del mueble.

Otra vez, ese sonido me retumbó en los oídos y estaba volviéndome loco, pero a pesar de ello, no podía evitar, morbosamente, disfrutar escuchar el timbre insistente sonara constante, gozar enfermizamente con la desesperación que mostraba al no dejar de llamar y esperar que contestara al fin, algo que no haría. No aún. Él tenía que sentir lo que padecí en su momento cuando la situación fue al contrario.

Recordé cuando pude conseguir su número de teléfono y había esperado el momento indicado en que estuviera en casa y así llamarlo, escuchar su voz, sentir que estábamos aún conectados, pero todo había salido mal. La primera vez quien contestó fue su esposa; después, uno de sus hijos o ¿fueron todos? Ya no lo recuerdo bien, pero lo que sí recuerdo fue cuando él al fin contestó y pude darme cuenta en el preciso instante en que su respiración cambió debido a que se dio cuenta de quién era el que llamaba insistentemente a su casa.

Esa fue la última vez que alguien contestó, quizá fuera porque llamaba siempre a la misma hora, tal vez fuera porque pudieron reconocer el número o una y mil respuestas más. No importaba, ya no.

No pude evitar fruncir el ceño al percatarme que el teléfono había dejado de sonar por más de varios minutos.

¿Es que se había dado por vencido tan pronto?

¿Así de rápido, ya no insistía más?

No podía ser cierto.

En un impulso estúpido me levanté del sillón y caminé hacia el aparato y cuando mis manos estuvieron a punto de tocarlo, este comenzó a sonar haciendo que diera un respingo para casi de inmediato y sin pensar, levanté el auricular.

—Hola —contesté aprisa por si cortaba la comunicación.

—Oliver —me habló la voz ronca que tanto me atormentaba en mis sueños y que tantos orgasmos me había provocado al evocarla en mis recuerdos y sueños nocturnos.

Me volvía a llamar por su nombre y eso era que algo que dolía tanto que no estaba seguro de que fuera un buen augurio o fuere el preámbulo de una despedida definitiva. Algo que no estaba dispuesto a aceptar, no podía, era imposible para mí hacerlo, así es que me aferré al anhelo de que, si él me llamaba de ese modo, era por algo bueno.

—Elio —murmuré mi propio nombre, mientras cerraba mis ojos y mi respiración se agitaba.

— ¿Por qué no contestabas?

—Porque no estaba en casa —mentí.

— ¿Podemos vernos? —Fue directo y eso solo hizo que mi corazón se saltara algunos latidos y casi me hiciera jadear a la bocina.

Abrí los ojos y una lágrima bajó por mi mejilla al escuchar el pedido de vernos, en su voz reconocí el mismo anhelo que yo sentía.

« ¡Sí, veámonos hoy mismo!» Pensé, pero no lo verbalicé.

¿Acaso era mi propio amor cantando feliz al escuchar lo que tanto había deseado?

¿O era mi obsesión por Oliver que me hacía ver lo que no existía?

No, esto era real, él quería verme a solas, por primera vez en mucho tiempo me pedía una cita formal, lo que podía llamar que al fin íbamos a tener nuestra primera cita en años, aunque cada uno conociera cada rincón del cuerpo del otro, al fin tendríamos nuestra primera cita.

—Por favor, debemos vernos... Oliver —rogó en un tono bajo.

Debería haberme quedado mucho rato en silencio porque la voz de Oliver me sacó del congelamiento en el que había caído sin darme cuenta.

Maldije el momento en que ambos comenzamos a llamarnos por nuestros nombres, eso no ayudaba ahora cuando necesitaba guardar la compostura y escucharlo de esa manera me llevaba al borde sin tan siquiera tocarme.

—Dejaste en claro que eras feliz con tu familia, con tus hijos y esposa...

— ¿Por qué tenías que haber vuelto a aparecer en mi vida? —Habló con furia y yo estuve a punto de cortar la llamada y al parecer, él, pensó lo mismo porque casi gritó— ¡Por favor! Tenemos que vernos... no fui honesto contigo, te he extrañado... demasiado.

La imperiosa súplica me sacó de mi miseria y no pude evitar suspirar de alivio al escuchar que me había extrañado tanto, seguramente más que yo. Abrí los ojos y me quedé mirando la foto familiar que colgaba en la pared donde se veía a mis padres, Oliver y yo que sonreíamos en el patio de la casa en Crema, el verano que lo conocí.

De eso hacía ya demasiado tiempo.

—Hace ya tanto tiempo que pensé... —hablé sin saber realmente a qué me estaba refiriendo.

—Veámonos y hablemos.

— ¿Cómo si tuviéramos nuestra primera cita oficial? —Pregunté sonriente.

—Sí, tengamos nuestra primera cita.

Mi corazón latía tan veloz que casi me cortaba la respiración, y mi excitación estaba en su punto más elevado.

—Veámonos, entonces.

Y así, nuestra historia continuaría, descubriríamos cosas nuevas de nosotros mismos y nuestros cuerpos, ya cambiados por la edad, se encontrarían por primera vez en mucho tiempo.

Ya era hora.

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Las curiosas formas del amor - Fictober 2019Donde viven las historias. Descúbrelo ahora