Eclipse.

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Los malditos pájaros trinaban con odio y el espantoso sol lo derribó mucho antes de siquiera dar pelea; las extremidades de Damian pesaban cada una casi tres toneladas y la cabeza le taladro con cada nuevo sonido que escuchaba.

Ya había despertado desde hace treinta infernales minutos donde una tortura lenta lo acogió sin piedad, esa era de las peores cosas que había sentido y aun no estaba convencido que fuera con tan poco como unas cuantas botellas de alcohol. Apenas abriendo los párpados se asombró por la posición de las sombras que le indicaban que ya eran aproximadas las once de la mañana o tal vez más, enderezó el cuerpo ha sabiendas que no podía quedarse tumbado el resto del día. Al dar el primer paso un tremendo jalón lo volvió a la cama "lo que me faltaba" pensó irónico observando la inflamación del tobillo resultado de estar bailando antes de que la anatomía sanara por completo "estúpidos pasos Grayson" tallo sus ojos quitando la capa de lagañas que le cubrían sus bellas pestañas rizadas "estúpido bastardo oxigenado" maldijo al rubio con el que bailó "estúpido alcohol" por fin se acordó de todo lo que revolvió en su último trago "y estúpido niño alíen por no ponerte celoso" Damian se tiró de espaldas reviviendo los recuerdos: allá en la pista de baile vio a Jon sonreírle e incluso hablar con algunas niñas bobas que le coqueteaban sin perder un gramo de tiempo.

Todo era una mierda y nada mejor que eso para sentirse de la misma forma. Detestaba la sensación de no tener las cosas controladas y odiaba no saber qué hacer para solucionarlo; tal vez por eso su madre había dejado en claro que el amor era solo un obstáculo, tal vez solo lo mencionaba porque era tan difícil de alcanzar que dolía. Poco le importaba llorar si estaba solo, de hecho solía hacerlo muy a menudo cuando la marea de sentimientos le ahogaban: soledad, odio, confusión, ira, y ahora en su lista y por primera vez uno positivo, amor.

El modesto peso de su querido gato lo acompañó sobre su vientre plano y lo consoló como siempre hacía cuando el heredero se sentía romper, tan frágil como una mariposa en medio de un torbellino, sus alas delgadas incapaces de hacerle frente a los tempestuosos vientos del corazón humano. Quería detener el manantial salado que se le escapaba, solo sus mascotas conocían aquel rostro derrotado pues solo a ellos les confiaba su debilidad más aterradora, ni siquiera Dick había alcanzado las fibras que más espantaban al chico. Era más fácil decirse nieto del demonio o hijo del murciélago que el serlo.

-Maldito dolor de cabeza- acarició la cabeza peluda del gato quien ronroneo como si le tratara de cantar para calmarlo- duele- escupió refiriéndose al pecho.

-¿Estas bien?- la voz lo paralizó- Creí que solo te dolería la cabeza ¿quieres que le llame a Alfred, a Dick? te llevare al doctor!

-¿Jonathan?- el heredero limpio su rostro a una velocidad impresionante para el peso de sus brazos- ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué tú...?

-¿Cuantos dedos ves?- pasó el índice al frente de los ojos que se opacaban de ese brillante verde.

Gracias al minino quien saltó hacia Jon como si tratara de alejarlos fue que Damian recuperó el orgullo que siempre le hacía sobre pasar cualquier adversidad. Jon parecía forcejear con la peluda bola que hacía de escudo entre él y su amo.

-Hey!- chillo consternado- tranquilo, no le estoy haciendo nada- le espetó al animal sin herirlo sino sosteniéndolo con ambas manos para controlarlo.

-Nadie te dio derecho de entrar tonto!- el dueño sujeto a la intrépida mascota- vete de aquí, no quiero ver tu fea cara.

-Oye! No te pongas así!- medio grito cambiando su preocupación por enfado- es tu culpa por no saber beber y tratar de hacerte el chulo!

Sol y tiempoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora