Desde que Alanna puede recordar ha vivido aislada en la mitad del bosque, solo acompañada por sus padres y criaturas que viven en el.
Apenas supo de la existencia de Hogwarts ha deseado poder asistir. Cuando su carta por fin llega también lo hacen...
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A sus cortos once años, Alanna no lograba recordar un solo día en el que su casa no hubiera habido un solo animal.
Cada día, a los pies de su cama despertaban uno o dos animales, a veces se trataban de ardillas o pequeños mapaches, otras veces búhos y lechuzas la observan desde el perchero en la esquina de su cuarto, o días en los que despertaba con un zorro en su pecho. Todo lo que pudiera pasar por su ventana era bienvenido en su habitación.
Pero hoy, en vez de acariciarlos o jugar con ellos, solo gruñó frustrada. Una bandada de pájaros la vigilaban desde todos los ángulos posibles. Dio un largo suspiró y se levantó, dejando su cama desecha junto a las aves quienes cantaban al verla abrir la puerta.
— Estúpidas aves — murmuró Alanna, ya enfilada a la cocina.
Ella no tenia nada en contra de las aves, al contrario, siempre le fascinaron, pero ella solo quería ver un tipo de ave en ese momento: una lechuza.
Su carta de Hogwarts debía, en teoría, haber llegado hace más de una semana. Pero aquí estaba ella, revisando el correo recibido, sin éxito alguno. A veces, Alanna maldecía vivir en lo profundo de un bosque encantado de difícil acceso.
Sus padres estaban en la cocina, ambos tan sumergidos en sus asuntos que ni se inmutaron por la cara larga de su hija. Alanna gruñó tratando de llamar la atención de su padre; un hombre de mediana edad, de contextura delgada, alto con un corto cabello castaño bien cuidado que hacia juego a la perfección con su barba de algunos días. Su padre bajó el diario que ocultaba su cara, revelando una nariz recta bien perfilada y unos ojos color hazel que eran la envidia de Alanna.
— ¿Aun no llega? — preguntó ella, sabiendo la respuesta. Apoyó su codo en la mesa y recargó su cara en su mano, viendo con un pequeño puchero a su padre, quien volvió a ocultarse detrás del periódico.
— Pronto llegara, debes tener paciencia — su madre dejó unos segundos su labor en la estufa para sonreirle, tratando de tranquilizarla.
La madre de Alanna, Aurora, siempre había preferido la tranquilidad antes de cualquier cosa, y los últimos días el temperamento de su hija había perturbado la paz de la que Aurora ya esta plácidamente acostumbrada.
—Es tiempo de que tomes un baño — Interrumpe su padre, Aarón. Alanna frunció el ceño.
—Pero papá, me bañe ayer en la mañana...
—Si, pero en la tarde fuiste al estanque de las ranas. Te bañas por las buenas o te baño yo.