Veinte

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Roger los condujo por el camino de adoquines. Atravesaron los cuidados jardines y pasaron otra vez junto a la casa de Daniel Fisher. Salieron de nuevo a la calle y dieron la vuelta. Antes de que lo notaran siquiera, ya estaban subiendo por la escalinata frontal de la enorme antigua iglesia ballenera.

Caleb y Caitlin se miraron sorprendidos. Habían pasado por allí sólo unos minutos antes.

La puerta estaba cerrada pero Roger tenía la llave. Abrió y los dejó pasar.

-No la llevaron muy lejos -observó con una sonrisa y un guiño.

Entraron y cerraron la puerta detrás de ellos.

Caitlin se quedó anonadada en cuanto estuvo en la iglesia. Era imponente. Tan llena de luz y espacio; tan bella en su simplicidad... Era muy diferente a las iglesias que había visitado. No había cruces, ni figuras religiosas; no había adornos, ni siquiera columnas o vigas. Era sólo un enorme espacio abierto con ventanas en todas las paredes. También había filas y más filas de antiguos reclinatorios de madera; suficientes para cientos de personas. Era un lugar lleno de paz.

-Ésta es la construcción más grande sin columnas de Estados Unidos - informó Roger-. Sin columnas y sin vigas. La hicieron los grandes maestros constructores de barcos y sigue tan estable como el primer día.

-Entonces, ¿en esto inviertes tu tiempo ahora, Roger? -preguntó Caleb con una sonrisa-, ¿en cuidar una vieja iglesia?

Roger sonrió.

-Es mejor que andar sacándote de problemas -le contestó y luego dio un profundo y cansado suspiro-. Estoy agotado, Caleb. Llevo vivo mucho más tiempo que tú y ya estoy exhausto. Me gusta este lugar. Es silencioso. Aquí no molesto a nadie y nadie me molesta a mí. Estoy cansado de todas esas malditas guerras, cofradías, política... Me encanta estar solo en este lugar. Y lo más importante es que me toca resguardar la espada. Te seré franco: pensaba que, después de tantos años, ya no vendría nadie. Estaba comenzando a creer que ni siquiera existía el Elegido. Pero supongo que me equivoqué. -Miró a Caitlin-. Y ahora tú vas y me dejas sin trabajo.

Roger se volvió para mirar a Caleb.

-Antes de enseñarle dónde está, me gustaría pedirte algo -le dijo.

Caitlin se preguntó cuál sería el precio por permitirles el acceso a un objeto tan valioso. El objeto que ese hombre había cuidado durante toda su vida.

-Lo que quieras, amigo -contestó Caleb.

-Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te escuché tocar -dijo Roger, y señaló el viejo piano situado en la esquina de la habitación.

»La Patética. Segundo movimiento. Como en Viena.

Caleb inspeccionó el instrumento, vacilante.

-Ha pasado demasiado tiempo, Roger.

Su amigo sonrió.

-Estoy seguro de que todavía la recuerdas.

De pronto Caitlin se dio cuenta de que había mucho que no sabía sobre Caleb. Muchas cosas de las que tal vez jamás se enteraría. Era demasiado joven si se comparaba con él. Caleb y Roger habían vivido más experiencias a través de los siglos de las que ella podría vivir aunque se quedaran juntos. Eso le producía una gran tristeza. Anhelaba ser inmortal y convertirse en una vampira auténtica y pura como él; permanecer a su lado por siempre.

Caitlin vio a Caleb caminar sin prisa por la iglesia vacía. El entarimado crujía cada vez que lo pisaba con sus botas negras de piel. Subió los tres escalones de la plataforma y se dirigió a la esquina. Allí, retiró la cubierta del piano Steinway y se sentó en el taburete.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora