Cuatro

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Si habia algo que Kyle odiaba mas que a los seres humanos, era a los políticos. No soportaba sus poses, su hipocresía, su mojigatería. Detestaba esa arrogancia sin fundamentos. La mayoría de ellos habían vivido, como mucho, un siglo; él tenía cinco mil años. Por eso le repateaba cuando los políticos hablaban de su «experiencia del pasado».

Fue el destino lo que lo obligó a interactuar con ellos, a verlos cada noche cuando se levantaba de su sueño y salía a la ciudad a través del City Hall, el ayuntamiento de la ciudad de Nueva York. Varios siglos atrás, la Cofradía de Blacktide se había establecido justo debajo de dicho edificio, y además, había mantenido una estrecha relación de trabajo con los políticos del lugar. De hecho, la mayor parte de ellos, de aquellos que abarrotaban el lugar, en realidad pertenecían en secreto a su cofradía y ejecutaban sus órdenes por toda la ciudad y el estado. Involucrarse y tener trato con ellos era un mal necesario.

Sin embargo, la cantidad de políticos humanos era suficiente para causarle escalofríos al ambicioso vampiro. No soportaba dejarlos entrar en aquel inmueble. En particular le molestaba que se acercaran demasiado a él. Caminó e inclinó su hombro para golpear con fuerza a uno de ellos.

-¡Eh! -le gritó el hombre, pero Kyle siguió caminando; apretó la mandíbula y se dirigió a las enormes puertas abatibles al final del corredor.

Si pudiera, los mataría a todos. Pero no le estaba permitido. Su cofradía aún tenía que rendirle cuentas al Consejo Supremo y, por alguna razón, éste todavía se negaba a terminar con ellos. Estaban esperando el momento indicado para exterminar a la raza humana para siempre. A pesar de ese inconveniente, en la historia de los vampiros se podían encontrar algunos gloriosos momentos en los que habían tenido luz verde y habían estado muy cerca de conseguirlo. En 1350 en Europa, por ejemplo, alcanzaron un consenso y diseminaron la peste negra. Fueron muy buenos tiempos; Kyle sonrió al recordarlos.

Hubo otros momentos bastante afortunados, como la Edad Media, cuando a los vampiros se les había permitido hacer la guerra sin cuartel por toda Europa, matar y alimentarse de millones de personas. La sonrisa de Kyle se hizo más amplia. Aquéllos fueron algunos de los mejores siglos de su vida.

Pero en los últimos cien años, el Consejo Supremo se había debilitado y convertido en una caricatura de lo que había sido. Era casi como si temieran a los humanos. La segunda guerra mundial no había estado nada mal, pero fue un suceso limitado y breve. Kyle deseaba mucho más. Desde entonces no había surgido ninguna plaga importante y tampoco conflictos bélicos genuinos. Daba la impresión de que los vampiros estaban paralizados, temerosos de la forma en que se había incrementado la cantidad y el poder de los seres humanos.

Ahora, las cosas por fin se estaban poniendo en su lugar. Kyle salió pavoneándose por la puerta principal, bajó los escalones, salió del City Hall y caminó con gracia. Avanzó con más ahínco al pensar en el recorrido que realizaría al puerto de South Street. Ahí le esperaba un cargamento inmenso. Decenas de miles de cajas llenas de peste bubónica intacta y modificada genéticamente. La habían almacenado en Europa durante los últimos cien años; había sido preservada desde la última epidemia y, recientemente, modificada para hacerla resistente a los antibióticos. Ahora le pertenecía y podía hacer con ella lo que le viniera en gana, como desencadenar una nueva guerra en el continente americano: su territorio.

Lo recordarían durante los próximos siglos.

Sólo de pensarlo, comenzó a reír en voz alta, pero debido a su expresión facial, aquella risa parecía más bien un gruñido.

Por supuesto, tendría que rendir cuentas a Rexius, el líder de su cofradía, pero ése era sólo un pormenor técnico. En la práctica, sería Kyle quien dirigiría la maniobra. Los miles de vampiros de su propia cofradía y de las comunidades vecinas estarían bajo sus órdenes, y eso lo haría más poderoso que nunca.

Kyle ya sabía cómo propagar la peste: primero soltaría un cargamento en Penn Station, otro en Grand Central y el último en Times Square. Todos estarían programados para liberar la peste al mismo tiempo: la hora punta. Eso caldearía bastante el ambiente. Según sus cálculos, la mitad de Manhattan estaría infectada en unos cuantos días, y una semana después, la enfermedad habría atacado a toda la población. Esa peste se propagaba con facilidad porque había sido diseñada para funcionar como los virus de transmisión aérea.

Los patéticos humanos acordonarían la ciudad, por supuesto. Cerrarían los puentes y túneles, así como el tráfico aéreo y fluvial. Eso era exactamente lo que él quería. De esa forma se encerrarían ellos mismos para recibir al terror que les esperaba. Cuando los humanos estuvieran atrapados y muriesen gracias a la peste, Kyle y sus miles de secuaces desencadenarían una guerra de vampiros jamás vista. En unos cuantos días exterminarían a todos los neoyorquinos.

Y entonces la ciudad les pertenecería. No sólo la parte subterránea, sino también la de la superficie. Sería el principio, la llamada para que todas las cofradías de todas las ciudades, en todos los países, los imitaran. Estados Unidos sería suyo en unas cuantas semanas, o incluso el mundo entero. Y Kyle habría sido el responsable. Lo recordarían como aquel que había sacado a la raza de los vampiros del mundo subterráneo para siempre.

Por supuesto que encontrarían la manera de explotar a los humanos que quedaran vivos. Podrían esclavizarlos y confinarlos en enormes granjas de cultivo; a Kyle le encantaba la idea. Se aseguraría de engordarlos para que, cada vez que algún miembro de su raza sintiera hambre, contara con una infinita variedad de alimentos entre los que elegir. Comida en su punto. Sí, los humanos servían para ser esclavos y, si se los criaba adecuadamente, también podían convertirse en un exquisito manjar.

Kyle salivó sólo de imaginarlo. Le esperaban grandes tiempos y ya nada se interpondría en su camino.

Nada, excepto la maldita Cofradía Blanca que se resguardaba bajo Los Claustros. Sí, esos vampiros iban a causarle muchos dolores de cabeza, pero no era algo irremediable. Bastaría con encontrar a esa horrible chica, Caitlin; y a Caleb, el renegado. Ellos lo conducirían hasta la espada.

Entonces, la Cofradía Blanca quedaría desprotegida y ya nada le impediría destruirla.

Kyle se encendió de furia cuando pensó en aquella estúpida muchachita que había logrado escapar y lo había dejado en ridículo.

Dio la vuelta en Wall Street y un transeúnte, un hombre fornido y vestido con un elegante traje, tuvo la mala suerte de toparse con él. Cuando sus caminos se cruzaron, Kyle empujó al peatón con toda su fuerza. El hombre retrocedió un par de metros por el impacto y se estrelló contra una pared.

Molesto, el hombre gritó:

-Oye, ¡¿qué mosca te ha picado?!

Pero Kyle lo miró con desprecio y eso bastó para que cambiara de actitud. A pesar de su tamaño, se dio la vuelta con rapidez y siguió caminando. Buena decisión.

Haber empujado a aquel hombre hizo que Kyle se sintiera un poco mejor; sin embargo, seguía colérico. Atraparía a la chica y la mataría despacio.

Pero aún no había llegado el momento. Primero tenía que aclarar su mente y atender asuntos más importantes; como ir al embarcadero y recibir el cargamento.

Sí. Respiró hondo y, poco a poco, volvió a sonreír. Su pedido estaba a unas cuantas manzanas de distancia.

Sería como su regalo de Navidad.

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Día de actualización fin de semana y sí puedo entre semana

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora