Veinticinco

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Kyle caminaba como un león enjaulado en la cubierta del pequeño yate. Aunque era muy temprano, la embarcación se dirigía a toda velocidad a Martha's Vineyard y el vampiro mostraba gran ansiedad. No podía quedarse quieto. Odiaba los barcos, también el agua. Lo peor de todo era que, como casi todos los de su raza, detestaba viajar por mar. Más que ningún otro vampiro, tal vez.

El chico ruso insistió en que encontrarían a Caitlin si se dirigían al mar, así que lo siguió. Subieron por la costa, a lo largo de toda la carretera, pero la búsqueda terminó cuando llegaron a la bahía. El muchacho señaló el mar. Dijo que aquella estúpida chica, la culpable de todos sus problemas, se encontraba en la isla.

Kyle estaba tan furioso que no podía controlarse. Esa muchachita no sólo lo había hecho perseguirla por toda la Costa Este y perderse la guerra que ya se estaba librando: también lo había forzado a abordar una embarcación y viajar por mar. Para conseguir el yate, Kyle se dirigió al muelle, eligió el primero que vio, subió a bordo y mató a toda la tripulación en un santiamén. Arrojó a los hombres al mar, se apoderó del barco y luego emprendió la travesía con el ruso. Al menos asesinar a todos esos hombres había apaciguado un poco su rabia.

Pero ahora que estaban en el mar, y que todo lo que los rodeaba era azul, había vuelto a enfurecerse de nuevo. Ya estaba harto de perseguir a la chica. Quería capturarla y matarla, justo después de obligarla a que le dijera dónde estaba su padre... o la espada.

Tenía tanta prisa por encontrarla que le daban ganas de salir corriendo a buscarla. Fue hasta el puente de mando, donde Sergei pilotaba el yate, y volvió a gritarle:

-¡Quiero más velocidad!

-No puedo, amo -explicó temeroso el joven-. Esto es lo más rápido que se puede navegar en este bote.

-¿Estás seguro de que ella está en esa isla? -le preguntó por enésima vez.

-Estoy seguro de que cruzó por el agua en esa dirección -contestó-. Siento su esencia en mis venas.

-No te he preguntado eso -agregó Kyle con un tono intimidante.

El ruso levantó la cabeza e inhaló otra vez. Parecía algo confundido, como si no estuviera seguro o como si fuera a cambiar de opinión. Daba la impresión de que había perdido el rastro.

Pero Kyle lo mataría si eso llegaba a pasar.

-Eee...stoy seguro de que vinieron en esta dirección. Percibo con mucha fuerza sus presencias. Pero... eso es todo lo que sé -insistió.

Furioso, Kyle se dirigió a la barandilla. Tenía la cara roja de ira. Se estaba perdiendo la contienda; después de miles de años de esperar esa guerra, su guerra, ahora ésta se libraba sin él. La peste se había empezado a dispersar en Nueva York en ese preciso momento. Era su obra en todo su esplendor. Y él estaba allí, lejos de todo y atrapado en un barco con un estúpido cantante de ópera ruso sin poder disfrutar de la batalla. Sin ver a los patéticos humanos gritar y correr para salvar sus vidas: la parte del espectáculo que más había estado esperando.

Realmente se lo iba a hacer pagar.

Kyle sujetó la barandilla con ambas manos y con tanta cólera, que la dobló por la mitad y luego la arrancó por completo de la cubierta.

Caitlin estaba de pie en el transbordador, agarrada de la barandilla. Surcaban el agua a gran velocidad. Tenía a Rose resguardada en su abrigo y Caleb estaba a su lado. La chica miraba al horizonte; no podía ver tierra, pero sabía que la alcanzarían pronto.

Caitlin deseaba no volver jamás porque, mientras permanecieran en el mar, rodeados del agua azul, las cosas no cambiarían. Ella y Caleb estarían juntos. Cuando divisó la primera señal de que se acercaban a la costa, supo que la vida comenzaría a cambiar inexorablemente. En cuanto llegaran a tierra, el corazón de Boston los atraería como un imán para conducirlos por el Camino de la Libertad. Ella sabía que ésa sería la última parada de su viaje. Lo presentía y le aterraba.

Caleb parecía nervioso. Caitlin lo observó y notó que él también se aferraba a la barandilla mientras miraba al frente. La preocupación se dibujaba en su rostro. Ella había comenzado a reconocer sus expresiones faciales y sabía que la que tenía ahora no era normal: Aquel temor no era producto de su temor al agua; era algo más. ¿Tendría miedo del futuro?, ¿de lo que sucedería cuando encontraran la espada?

Ambos intuían que cuando el arma apareciera, Caitlin ya no podría estar con Caleb. Él trataría de participar en la guerra de los vampiros, sirviendo a su cofradía, y Caitlin sabía que ya no habría lugar para ella. En el fondo, ni siquiera se imaginaba cómo sería la vida sin él.

La relación entre ellos era muy distinta en esos momentos. Caleb deslizó su brazo alrededor de la cintura de Caitlin y la estrechó; ella se dio cuenta de que nunca se había sentido tan cercana a alguien. Era como si fueran una sola mente contemplando el agua del mar. Caitlin era una mujer distinta y creía que, de alguna manera, aunque fuera leve, él también había cambiado después de la noche que pasaron juntos.

Ambos guardaron silencio en el trayecto de regreso. Ninguno de los dos estaba preocupado por la pista que acababan de encontrar; tampoco trataron de descifrar el acertijo ni de especular sobre el lugar donde podría estar la espada. Sólo disfrutaban de estar juntos. No había necesidad de hablar; era la calma antes de la tormenta y ambos querían gozar de ella.

De repente Caleb hizo una mueca. Apretó la mandíbula, gesto que Caitlin le había visto hacer cuando se disponía a pelear.

-¿Qué sucede? -le preguntó.

Él permaneció mirando al horizonte; entrecerró los ojos y apretó la mandíbula. Hubo un prolongado silencio.

-He presentido algo -contestó él.

Caitlin esperó a que le diera más información, pero no lo hizo.

-¿Qué? -inquirió ella de nuevo.

Él guardó silencio durante un rato.

-No lo sé -respondía-. Hay un gran alboroto. Siento que mi gente está sufriendo... Hay personas... buscándonos y creo que... nos dirigimos a un peligro muy grande.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora