Nueve

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Mientras, Caitlin volaba abrazada a Caleb; en contacto con su fabuloso cuerpo, iba pensando en lo afortunada que era. Justo el día anterior le preocupaba que la dejara, y ahora, por primera vez en la vida, había cambiado su suerte.

«Gracias al colgante, a la cruz», pensó.

Ya era algo tarde cuando llegaron a Salem. Caleb descendió con discreción sobre un campo vacío a las afueras del pueblo para que nadie los viera.

Caminaron algunas manzanas y llegaron hasta la calle principal.

Caitlin estaba sorprendida; esperaba algo más. Toda su vida había sabido, sobre todo gracias a los libros escolares, que Salem estaba vinculado a las brujas. Pero verlo como un lugar real, como un pueblo normal y corriente, le resultaba bastante inverosímil. En su mente había ideado la imagen de un lugar histórico preservado con esmero, casi como si fuera una escenografía y, por eso, no estaba preparada para encontrar un entorno cotidiano en el que viviera gente normal y moderna, conduciendo automóviles y yendo de un lado a otro incesantemente.

Salem se parecía a cualquier otra localidad suburbana de Nueva Inglaterra. Había las mismas cadenas de supermercados, las típicas farmacias y todos los elementos de la modernidad. Casi no había indicios de que fuera un pueblo con un importante pasado histórico. También era mucho más grande de lo que ella había imaginado. No tenía ni idea de por dónde comenzar a buscar a su padre.

Seguramente Caleb estaba pensando lo mismo en ese instante porque se volvió a mirarla con una expresión de «¿y ahora qué?».

—Bien —dijo ella—, pues supongo que no podíamos esperar que mi padre estuviera en la calle principal esperándonos con los brazos abiertos.

Caleb sonrió.

—Yo también supuse que no sería tan sencillo.

—Entonces ¿qué hacemos?

Caleb la miró.

—No lo sé —admitió por fin.

Ella se quedó pensando y, mientras tanto, varias personas que pasaron cerca de ellos los observaron con extrañeza. En el reflejo que les ofrecía el escaparate de una tienda, Caitlin notó que eran una pareja bastante peculiar y sobresaliente. Él era altísimo e iba elegantemente vestido de negro. Parecía una estrella de cine que había surgido de la nada y aparecido en medio de la calle. Estando junto a él, se sentía más vulgar que nunca.

—Tal vez deberíamos comenzar por lo más obvio —sugirió Caitlin—. Mi apellido es Paine. Si mi padre vive aquí, tal vez aparezca en la guía telefónica.

Caleb sonrió.

—¿Tú crees que permitiría que su número fuera público?

—Lo dudo, pero a veces las soluciones más simples son las mejores. Además, no perdemos nada con intentarlo. ¿O tienes otra idea?

Caleb se quedó mirándola y, finalmente, negó con la cabeza.

—Entonces, hagámoslo —agregó ella.

Por millonésima vez, deseó no haber perdido su móvil. Miró alrededor y vio un cibercafé al otro lado de la calle.

Caitlin tecleó todas las variaciones de «Paine» que se le ocurrieron, pero no obtuvo resultados. Vaya fastidio; ya habían revisado todos los listados de números de casas particulares y de negocios en Salem. También habían buscado Payne, Pain y Paiyne. Y nada, no aparecía nadie.

Caleb tenía razón, había sido una idea tonta: era lógico que si su padre se había ocultado allí, no hiciera público su número. Además, dadas las misteriosas pistas que habían encontrado hasta ese momento, imaginó que no dejaría que dieran con él con tanta facilidad.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora