Quince

1.8K 50 6


Sam se desperto en una habitacion muy peculiar y miro a su alrededor. Trató de recordar dónde se encontraba. La cama era cómoda, más que cualquiera sobre las que había dormido en mucho tiempo. Sin embargo, no sabía de quién era ni qué hacía él allí.

Pero luego lo recordó: Samantha.

Se volvió para buscarla, pero ella se había ido. ¿En realidad había sucedido lo que recordaba?, ¿no habría sido sólo un sueño?

El joven se sentó, se restregó los ojos y descubrió que estaba desnudo sobre un colchón sin sábanas. Su ropa estaba tirada por el suelo. Se sentía demasiado cansado, pero era un agotamiento muy agradable. Era un hombre nuevo. La palabra clave era «hombre». Por primera vez en su vida, se despertó sintiendo que era un hombre de verdad. Jamás había vivido una noche así y algo le decía que nunca más volvería a sucederle. Ella era increíble.

Sam se puso en pie de un salto, se vistió y recorrió la casa vacía. Se asomó por las puertas de vidrio y vio que comenzaba a amanecer. Eso también era una locura. No sabía cuándo había sido la última vez que se había visto salir el sol. De hecho, era muy raro que se levantara antes del mediodía.

Tenía hambre y sed, pero más que nada, estaba extenuado.

—¿Samantha? —llamó mientras daba vueltas buscándola por toda la casa.

Fue de habitación en habitación, pero no pudo encontrarla. Comenzó a preguntarse si no habría sido sólo producto de su imaginación.

Se dirigió al salón y se asomó por el gran ventanal. Allí estaba su camioneta en la entrada; y detrás, un flamante BMW. ¿Sería suyo?, ¿por qué no lo habría visto antes? Esa chica estaba llena de sorpresas.

Pero en realidad, nada de aquello le interesaba. Ni siquiera le emocionaba tener un lugar donde quedarse. Se dio cuenta de que solamente le gustaba estar con ella. Su aroma, el sonido de su voz, la forma en que se movía... Y, por supuesto, la noche anterior. Había sido algo asombroso.

Tal vez lo que más le complacía era tener alguien con quien hablar. Alguien que lo escuchara, que se preocupara por él y que lo entendiera de verdad. Se estaba enamorando de ella. No podía creerlo, pero así era. Y ahora, después de todo eso, ¿se habría marchado?

Abrió la puerta de la entrada y la encontró allí. Era Samantha.

—Hola —dijo Sam, tratando de sonar informal a pesar de que estaba emocionadísimo. El solo hecho de verla otra vez hizo que el corazón le palpitara a toda velocidad. Estaba más hermosa que la noche anterior. Su largo cabello rojo caía sobre su rostro, y lo miraba sorprendida con sus brillantes ojos verdes. Era tan pálida... Él también, pero ella tenía la piel más blanca que jamás había visto.

—Eh —le contestó, también en un tono informal. Estaba algo agitada, como si la hubiera sorprendido en medio de algo.

Pasó con rapidez junto a él y entró en la casa.

Él se dio la vuelta y caminó intrigado tras ella. Se preguntó si habría hecho algo que la molestara. O tal vez no era lo suficientemente bueno; tal vez ella quería que se marchara.

Se sentía incómodo.

Oyó el sonido del agua. Samantha estaba en el lavabo lavándose las manos y echándose agua en la cara. Quizá acababa de despertarse y había salido a dar un paseo.

—Te has despertado temprano —dijo Sam con una sonrisa mientras la veía enjuagarse el rostro una vez más.

Ella se tomó su tiempo, luego se estiró y tomó una toalla para secarse. Se retiró el cabello de la cara y respiró hondo.

—Ajá —exclamó, al mismo tiempo que exhalaba—; he ido a dar un paseo. Siempre me levanto temprano.

—¿Sin zapatos? —preguntó Sam.

Ella miró hacia abajo y se dio cuenta de que estaba descalza. Se ruborizó; era un chico perspicaz.

—Sí, es mejor para los pies —dijo, y luego se dio la vuelta y se dirigió a la otra habitación.

A Sam le sorprendió lo abrupto de su partida. Se preguntó si lo estaría evitando. Tal vez había cambiado de opinión o quizá él había echado a perder la oportunidad. Sí, eso era. Siempre que encontraba algo que valía la pena, lo echaba a perder.

La siguió hasta la sala. Pensó que tendría que aligerar el ambiente un poco y hablar con ella.

Cuando entró, la vio peinarse el largo cabello rojo en una coleta. Estaba ruborizada, aún más que antes; justo frente a él. «Habrá sido un paseo demasiado intenso», pensó Sam.

—Samantha —habló con vacilación—: lo de anoche fue asombroso.

Ella se volvió y lo miró. Su semblante se suavizó un poco. Caminó hasta donde estaba él, le acarició la mejilla y lo besó con suavidad.

El corazón de Sam volvió a hincharse. No estaba harta de él, no había metido la pata. El optimismo lo invadió de nuevo. La deseaba.

Pero antes de poder abrazarla, ella retrocedió, fue hasta el sofá y se puso su chaqueta negra de piel.

—Me siento muy inquieta. Salgamos de aquí —propuso y luego lo miró—. ¿Quieres ir a dar un paseo? —preguntó.

—¿Un paseo? —preguntó Sam al mismo tiempo que miraba su reloj—, ¿tan temprano?

—Me pone de mal humor quedarme sin hacer nada —le explicó ella—. Quiero salir de aquí y tomar un poco de aire fresco. ¿Qué me dices? — inquirió mirándolo fijamente.

Cuando sus miradas se encontraron, Sam comenzó a cambiar de opinión. Fue casi como si estuviera bajo un hechizo. De repente le agradó el plan, era lógico a todas luces. Ella tenía razón. ¿Para qué quedarse en la casa? Qué aburrimiento. De pronto le entraron ganas de salir; de hecho, ya no soportaba ni un instante más estar encerrado.

—Sí, me encanta la idea —se oyó decir—, pero ¿adónde vamos?

—Envíale un mensaje a tu padre —contestó ella—, dile que iremos a visitarlo.

Sam hizo un gesto de sorpresa.

—¿A mi padre?, o sea... ¿ahora mismo?

—¿Por qué no? Queríais reuniros, ¿no? Es un momento tan bueno como cualquier otro. Está en Connecticut, ¿verdad? Creo que sería un paseo muy agradable.

Sam se esforzaba en pensar; le parecía que todo era demasiado apresurado.

—Pues, bueno, no sé si él estará listo. Vaya, sería con tan poco tiempo de anticipación, me refiero...

—Sam —dijo ella con firmeza—, tu padre te envía muchos mensajes. Se muere por verte, sólo ponte en contacto con él y pregúntale. En cualquier caso, vayámonos. Si él no está disponible, al menos habremos hecho una bonita excursión.

Lo estaba pensando y, de pronto, cambió otra vez de opinión porque se dio cuenta de que ella estaba en lo cierto. Claro. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Un largo trayecto. A Connecticut. Le enviaría un mensaje a su padre; sí, era perfecto.

Sacó el móvil, entró en Facebook y empezó a escribir: «Papá, tengo ganas de visitarte; de hecho, acabo de salir de casa. Estoy solamente a un par de horas. Por favor, dame tu dirección. Espero que no te pille demasiado de improviso. Con cariño, Sam.»

El chico volvió a meter el teléfono en su bolsillo, cogió las llaves y se dirigió a la puerta de salida. Ella ya lo esperaba afuera.

Mientras iban caminando por el jardín hacia el BMW, Sam le dijo:

—Me gusta tu coche.

Ella sonrió y le mostró las llaves.

—Gracias —respondió—. Me ha costado muchos años de ahorro.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora