Siete

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Kyle recorrio con emocion las calles adoquinadas de South Street; iba tan alegre que decidió acelerar el paso. Había imaginado este momento durante años.

Luego giró en la esquina y divisó el barco. Su barco.

Lo había hecho pasar por un buque de vela histórico que provenía de algún país de Europa y que estaba realizando una travesía de demostración. La embarcación permanecería una semana en el puerto. Qué estúpidos eran los humanos: capaces de creer casi cualquier cosa. Habían sido lo suficientemente ingenuos para examinar el casco de esa pieza histórica y no descubrir que era el portador de sus propias muertes. Un caballo de Troya.

Para sumarle aún más estupidez a la consabida, varios grupos de turistas se arremolinaron frente al buque para deleitarse con la joya que tenían frente a sus narices. Si ellos supieran...

Kyle tuvo que abrirse pasa a codazos entre la multitud y luego caminar por el callejón. Cuatro individuos corpulentos montaban guardia, pero cuando lo vieron llegar, lo reconocieron y se hicieron a un lado con diligencia. Todos eran de su raza: vestían de negro y eran de la misma altura que el. Kyle percibió la furia que emanaba de ellos y eso lo relajó. Siempre era mejor estar rodeado de su propia gente.

Se despidieron con respeto y, cuando Kyle llegó hasta la mitad del callejón los guardias cerraron el acceso de nuevo.

El vampiro se acercó a la parte trasera del barco la cual estaba oculta al público. La protegían varios vampiros más que se pusieron a trabajar en cuanto lo vieron acercarse. Hicieron descender una enorme rampa que flanqueaba el casco y empezaron a bajar un inmenso contenedor envuelto en una caja de madera aglomerada. Diez hombres lo deslizaron por la rampa y luego lo colocaron en la acera adoquinada. Kyle se acercó.

-Mi señor -le dijo un vampiro calvo y de poca altura que había corrido hasta el para presentarle sus respetos. El hombre sudaba chorros y parecía muy nervioso. No dejaba de mirar en todas direcciones. Seguramente esperaba que la policía apareciera en cualquier momento, y, por su semblante se notaba que había esperado mucho tiempo. Qué bien a Kyle le gustaba hacer esperar a la gente. -Aquí está todo -le informó con premura-. Lo hemos revisado varias veces y se encuentran en excelente condiciones mi señor.

-Quiero verlo -ordenó Kyle.

El hombre chasqueó los dedos y cuatro individuos corrieron hacia él. Con varias palancas levantaron una de las placas de madera. Luego arrancaron capa tras capa del plástico industrial.

Cuando terminaron, Kyle dio un paso al frente y extendió el brazo. Cuando sintió el frío recipiente de vidrio lo sacó del contenedor.

Los sostuvo contra la luz de una farola para examinarlo.

Tal como lo recordaba. Intactos, los microbios de la peste bubónica pululaban en su mano.

Sonrió con toda su malignidad.

Ahora podría dar inicio a su guerra.

Kyle no desperdició ni un minuto. Unas horas después ya estaba en Penn Station listo para trabajar. Su ánimo mejoro cuando atravesó la estación caminando en contra de la corriente. Se enfrentó a las hordas de gente, que justo a la hora punta, se apresuraban para llegar a casa, a sus patéticos hogares, con sus familias, esposas, esposos... El odio que Kyle sentía por ellos se incrementó.

Si había algo que odiaba más que a los humanos, era a las multitudes moviéndose en todas direcciones como si sus vidas importaran aunque fuera un poco, como si sus menos de cien años en esta tierra tuvieran algún impacto. Kyle había sobrevivido y durado más que cualquiera de ellos, generación tras generación, durante miles de años. Hasta los humanos más valiosos como César, Stalin y Hitler, su favorito, habían sido olvidados con el paso de los años. Fueron algo importante en su tiempo, pero eso se acabó pronto. Los movimientos frenéticos de los humanos y los sentimientos como el egoísmo lo perturbaban hasta lo más hondo. Quería matar a todos y cada uno de ellos. Y lo haría.

Pero no en ese momento.

Tenía una misión importante de verdadera relevancia. Lo flanqueaba una comitiva de ocho matones con la que pasó pavoneándose entre la multitud, lo más rápido posible. Cada uno de ellos llevaba una mochila con trescientos frascos de la peste. Se dividirían en cuatro equipos, y cada equipo, como los cuatro Jinetes del Apocalipsis, propagaría la muerte en un rincón de la tierra. Un equipo cubriría la estación, otro, de Path a Grand Central; el siguiente grupo se haría cargo de las líneas A, C o E del metro, y uno más de las líneas 1 o 9. Kyle reservó para si mismo el mejor lugar: Amtrak, la red interestatal de trenes. Sonrió la pensar que su porción de la peste se propagaría hasta mucho más lejos y tendría un alcance mayor que la de cualquiera de los otros. Así tal vez también podría encargarse de otras ciudades.

Kyle tenía más secuaces trabajando con ahínco en las estaciones del metro de toda la ciudad: en Grand Central y en Times Square.

Dio la orden y lo equipos se prepararon de inmediato. El caminó solo hasta la entrada en la Octava Avenida. Bajó por la escalera mecánica, caminó hasta donde terminaba el andén y siguió avanzando hasta cruzar el punto a partir del cual nadie más lo vería. Saltó con agilidad a las vías y las ratas salieron espantadas cuando aterrizó en el suelo. Percibieron su presencia. «Que ironía -pensó Kyle- las ratas fueron las culpables de la peste en el pasado y ahora huyen de ella»

Caminó en la oscuridad por el túnel, pero se mantuvo a un lado de las vías. Siguió avanzando y, después de un rato, llegó a una ramificación donde se unían todas las vías. Metió la mano en el bolsillo y sacó un frasco que observó ayudándose con la luz de emergencia. Le era muy difícil controlar su exaltación. Dejó el paquete en el suelo, estiró los brazos y se puso a trabajar.

Después de tantos siglos de espera ahora era solo cuestión de horas.

Amores (Libro #2 de Diario de un Vampiro)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora